La Liga que el Madrid perdió en el avión: “No iba a jugar Mendoza de extremo…”

12.05.2016 – 05:00 H. Llegados a este punto todo es posible y los detalles cuentan. Las ligas se disputan en 38 jornadas y lo habitual es que haya un ...

12.05.201605:00 H.

Llegados a este punto todo es posible y los detalles cuentan. Las ligas se disputan en 38 jornadas y lo habitual es que haya un equipo que, cuando toca la campana final, ya tenga el premio guardado en la vitrina. Son muchos meses de competición como para que se determine todo en un último suspiro. Pero a veces las circunstancias son caprichosas y todo se decide en 90 minutos. Tardes de transistor y experiencia bilocada, un poco en el propio partido, otro poco en el del rival que tiene que pinchar. Ahí entran en juego los nervios, la ilusiones, la suerte, los maletines, la épica, los estados de forma, los accidentes… también el fútbol, claro. Incluso los aviones que se averían y se convierten en un hierro incandescente, como le pasó al Real Madrid en el recordado final de la temporada 92-93.

Madrid y Barcelona saben lo que es ganar y perder el campeonato el último día, sin ir muy lejos, un empate del Atlético hace dos años en el Camp Nou privó al Barça de ser campeón y los blancos ganaron la liga de Capello, la del clavo ardiendo, gracias a una victoria en el último encuentro contra el Mallorca. La historia de los últimos partidos decisivos es amplia, pero pocas se recuerdan tanto como aquellas dos veces consecutivas en el que el Madrid dejó ir el título en Tenerife. Son dos de las ligas Cruyff, una leyenda con cuatro campeonatos en España y tres victorias en el último suspiro. Los mitos también se forjan con un poco de fortuna. 

“Estábamos mucho más cansados que después de un partido, lo pasamos muy mal y casi todos habíamos perdido seis o siete kilos del sudor”, cuenta Buyo

Las ligas de Tenerife son dos historias con un millar de subtramas. Esta semana está de moda una, conocida desde hace años pero que no gozaba de una amplia difusión. La recordaba esta semana Manolo Sanchis en la Cope, capitán de aquel equipo derrotado por los isleños. Cuenta el central que Ramón Mendoza, el presidente, decidió contratar dos vuelos privados que llevasen a la expedición a Tenerife con más tranquilidad. El año anterior hubo tumulto a la llegada de los blancos a Santa Cruza, mal negocio para quien quiere estar descansado antes de la batalla. La jugada no pudo salir peor. La primera aeronave no tuvo problemas, la segunda se encontró con un infierno alado.

[El Madrid sueña con que Granada sea el Tenerife del Barça] 

Un problema técnico hizo que la temperatura de la cabina se disparase. 60 grados centígrados, contaba Sanchís; 70, amplía la cifra Paco Buyo, portero de aquel equipo, que también iba en ese vuelo. En realidad, la mayor parte de los futbolistas iban en ese trayecto. En el primero había, fundamentalmente, directivos y otra gente de la expedición. “Tuvimos que estar casi 30 ó 40 minutos hasta que el avión soltó suficiente combustible como para poder volver a aterrizar en Barajas“, decía Sanchís. La odisea no termina allí, pues todo aquello solo sirvió para dar la vuelta y estar en el mismo sitio. Tuvo que dejar su jet Mario Conde para que pudiesen hacer el trayecto. Llegaron de madrugada, cansados y con taras físicas evidentes. 

“Yo también iba en ese vuelo, ha pasado mucho tiempo desde aquello y no lo recuerdo bien. Pero sí que lo notábamos, intentamos que no fuese muy traumático. Desde el principio en el avión nos dijeron que no iba a pasar nada, pero el calor y lo incómodo de la situación era evidente”, recuerda Luis Milla.

“​Casi nos morimos”

“Estábamos mucho más cansados que después de un partido, lo habíamos pasado muy mal y casi todos habíamos perdido seis o siete kilos del sudor”, rememora Paco Buyo. En la versión de Sanchís, el portero gallego es el único que no se quitó la ropa de la expedición -le pidieron a la azafata que no entrase en la cabina- del miedo que tenía a todo aquello. El terror aún se nota en las inflexiones de su voz. “Casi nos morimos, estuvimos volando muy bajo a 60 o 70 grados, sudamos muchísimo y a eso hay que sumarle el estrés”, cuenta el gallego. 

En realidad el cansancio generado por el trauma era una ficha más en un escenario complejo. La Liga se había introducido ya en el mes de junio, llevaban muchos partidos a sus espaldas y esa semana habían tenido un encuentro que les dejó aún más cansados. “Veníamos de jugar en el  Camp Nou las semifinales de Copa, en un partido en el que nos quedamos con uno menos; llegábamos ya rotos esa parte del año”, cuenta Milla. 

Nando persigue a Dertycia en el partido final de la temporada 92/93.Nando persigue a Dertycia en el partido final de la temporada 92/93.

El mismo día del partido, que se jugaba a las cuatro de la tarde hora insular, la expedición de jugadores del Madrid llegaba a la isla con una experiencia traumática en el zurrón. ¿Por qué no jugaron los que iban en la primera nave? pues, según recuerda Buyo, porque la mayor parte de los jugadores iban en la segunda. “No iba a jugar Ramón Mendoza de extremo derecho”, dice con sorna Buyo. “De todos modos, tampoco iba el entrenador a cambiar a los que estaban jugando, hacer siete y ocho cambios no hubiese sido normal”, dice. 

“Yo recuerdo que el míster [Benito Floro] iba en nuestro avión y pasó todo lo que pasamos nosotros. Supongo que él valoraría lo que pasó e hizo lo que entendía que teníamos que hacer lo que hicimos”, rememora Milla.

El calor, la tensión y el estrés tenían, además, un problema añadido: el partido se iba a disputar en un clima de calor extremo. Llegar exhausto es malo, pero aún más lo es si hay que jugar en condiciones extremas.  “Imagínate Tenerife en el mes de junio, con el calor y la humedad que hacía…”, cuenta Milla. “Hacía mucho calor, pero fue un partido que lo llevábamos bastante bien hasta que se empezó a torcer”, recuerda el guardameta.

Buyo, como le pasa a buena parte de los miembros de aquel equipo, y sin duda a un gran número de aficionados, no quiere culpar solo al calor, la humedad y la experiencia extrema del avión. También señalan a Celino Gracia Redondo, árbitro de la contienda, enemigo público número 1 de una generación entera de madridistas. Milla no le exonera de culpa: “La intención era hacerlo bien, pero la semana había sido muy difícil, no me acuerdo del partido mucho, aunque hubo decisiones del árbitro que nos perjudicaron”.

La historia es la que es. La del avión lleno de jugadores que despega y se convierte en un horno, la ruta de 40 minutos, el avión de Mario Conde, el extremo calor, la humedad canaria, el árbitro… hay también un universo entero de condicionales, los “y si…” que dan una realidad paralela más amable para el Madrid. Quedarían por ver las posibles responsabilidades de todo aquello, pero los jugadores que lo sufrieron no hacen sangre. Buyo no culpa a la decisión novedosa de los charters. “Nadie está exento de tener una avería en el avión, las cosas se hicieron perfectamente”, cuenta sin maldad, sin resentimiento alguno. 

“Luis Enrique sabe que en un partido se juega la temporada, que el trabajo de todo un año depende de 90 minutos y lo tendrá muy hablado”, cree MillaUna cosa más resulta curiosa de todo aquello. Si se va a la hemeroteca del día siguiente de aquel fatídico partido se ven las explicaciones de los jugadores blancos a la derrota. Nadie habla del viaje fantasma, de esa cafetera que estuvo dando vueltas por Madrid hasta poder aterrizar en Barajas. Sí hablaron del árbitro, aunque Ramón Mendoza, el presidente, se limitó a decir que sus fallos no les habían quitado el campeonato, que la culpa era suya y solo suya. El silencio de esos días, no utilizar la excusa más clara para una derrota tan dolorosa. 

Hay una circunstancia añadida de aquella plantillla blanca. Entre los que jugaron aquel extremo partido estaba de titular un barcelonista de pro, aunque por aquel tiempo ni él mismo sabía que lo era. Luis Enrique era un joven gijonés que había fichado ese mismo año por los blancos. Su biografía posterior estaba por escribir. Él sintió el mismo calor que sus compañeros y llegó a la isla tan exhausto como el resto. Poco o nada pudo hacer por cambiar el desenlace de aquella temporada. Ahora, muchos años después, es el entrenador del Barcelona. Irá a Granada con la vitola de favorito, sabedor de que la victoria es el título, por más ilusión que haya en el Madrid de arrebatar el entorchado al máximo rival. Una vez allí, y como la historia ha demostrado, todo es posible en el fútbol. 

“Luis Enrique sabe que en un partido se juega la temporada, que el trabajo de todo un año depende de 90 minutos y lo tendrá muy hablado con el equipo. A partir de ahí ya se sabe, depende de sí mismo pero tiene mucha responsabilidad, el Granada ya no se juega nada, y eso nunca sabes si es bueno o malo“, explica Milla. 

Nunca sabes si es bueno o malo, porque los desenlaces de las ligas cuando llegan en un nudo son impredicibles. El fútbol, la suerte, los accidentes, la codicia, los maletines, los árbitros… todo se convierte en un factor a tener en cuenta. El sábado a las cinco, el último capítulo. 

Fuente: ElConfidencial – Deportes