Las pesadillas estratégicas de China

Si China mira al Este, lo primero que se encuentra es a dos vecinos técnicamente en guerra. Uno afirma haber completado su primer ensayo de una bomba de hidrógeno y está dirigido por una impenetrable dinastía comunista; el otro busca protegerse bajo el paraguas militar de Estados Unidos. Un poco más allá, otro vecino, con el que China tiene profundas rencillas históricas, le disputa un minúsculo archipiélago. Si mira al Sur: un endemoniado lío territorial con seis países implicados, uno de ellos considerado por Pekín una provincia rebelde. Por si fuera poco, en este último país, el pasado enero, ganó las elecciones un partido independentista y partidario de distanciarse de China.

A medida que busca una mayor influencia en Asia y en el mundo, China se encuentra con un número creciente de incendios diplomáticos, especialmente en el flanco del Pacífico, donde Estados Unidos quiere, de manera indisimulada, aumentar su hegemonía, y muchos países vecinos ven con desconfianza el ascenso económico y político del gigante asiático.

El pasado día 17, Taiwán y Estados Unidos acusaron a China de desplegar misiles antiaéreos HQ-9 en la isla Woody, basándose en imágenes obtenidas por satélite. Esta isla, controlada por Pekín, pertenece al archipiélago Paracelso, uno de los focos de conflicto por la soberanía marítima del Mar Meridional de China, y cuya titularidad disputan Taiwán y Vietnam. Un día después, en una conferencia sobre asuntos navales celebrada en San Diego, el almirante Scott Swift, comandante de la flota estadounidense del Pacífico, señaló que era la tercera vez que la isla Woody acogía este tipo de misiles. “El contexto es importante”, subrayó, “esto no es exactamente algo nuevo”. Sin embargo, Swift reconoció que sí era la primera vez que se llevaba a cabo una iniciativa de este tipo sin que hubiera maniobras de por medio: “Tenemos que preguntarnos cuáles son las intenciones de China, cuánto tiempo van a estar esos misiles ahí y si se trata de un despliegue permanente de este sistema”.

‘Lo que está en juego para China y EEUU es mucho más que la titularidad de un puñado de arrecifes o puntos técnicos de derecho marítimo’La lucha por la supremacía en el Mar Meridional de China es uno de los quebraderos de cabeza más complicados para los diplomáticos chinos, con el telón de fondo de la cada vez más evidente carrera por la hegemonía en el Pacífico entre Pekín y Washington. Muchos países vecinos de China sienten que no tienen los medios o la capacidad para imponerse en este conflicto, así que se han acercado progresivamente a Estados Unidos.

Hugh White, profesor de Estudios Estratégicos en la Universidad Nacional de Australia, señala a El Confidencial que “para ambas partes, la cuestión se ha convertido en un campo de pruebas para sus respectivos puntos de vista sobre el orden asiático”. White cree que “China quiere usar la situación para minar el liderazgo estadounidense en Asia, y Estados Unidos quiere aprovecharlo para reunir apoyo regional con objeto de fortalecer ese liderazgo. Eso significa que lo que está en juego para ambas partes es mucho más que la titularidad de un puñado de arrecifes o puntos técnicos de derecho marítimo”.

Soldados chinos patrullan la isla Woody, en el archipiélago Paracelso, el 24 de febrero de 2016 (Reuters).Soldados chinos patrullan la isla Woody, en el archipiélago Paracelso, el 24 de febrero de 2016 (Reuters).

China mantiene que en sus operaciones en el Mar Meridional no hay ningún ánimo belicista; que la construcción de instalaciones civiles y militares se inscribe dentro de sus derechos territoriales legítimos, y que ésta responde a la voluntad de garantizar la libertad de navegación en la zona. EEUU y sus socios del Pacífico lo ven de otra manera muy distinta. Hace unas semanas, otro almirante estadounidense, Harry Harris, jefe del Comando Pacífico de la Armada, dijo ante un comité del Senado que confiar en las intenciones pacifistas de China equivale a “creer que la Tierra es plana”.

Zhu Feng, un académico de la Universidad de Nanjing especializado en seguridad regional, apunta que “las disputas en el Mar Meridional de China están en su momento histórico más complicado”. En su opinión, “el despliegue de misiles en la isla Woody es una herramienta limitada que China usa para mejorar su defensa ante la presencia de buques de guerra y aviones estadounidenses. Incrementará la tensión, pero no acabará con la paz en la zona. No hay que exagerar”.

Con todo, esta primavera el problema podría cobrar un nuevo cariz. En algún momento entre abril y junio se espera la primera sentencia del Tribunal de La Haya sobre este conflicto territorial. En concreto, fallará sobre una denuncia presentada por Filipinas en 2013 en torno al otro archipiélago del Mar Meridional en el que hay problemas de soberanía: las Spratley (además de Filipinas y China, también son partes interesadas Vietnam, Malasia y Brunei). Pekín lleva meses embarcado en un ambicioso proyecto de construcción de instalaciones civiles y militares en las Spratley, y según un reciente informe del Centro para Estudios Estratégicos Internacionales, con base en Washington, habría instalado allí un sistema de radar de alta frecuencia. El Gobierno chino ya ha dejado claro que no quiere saber nada del arbitraje del Tribunal, y en su día calificó el proceso como una “provocación política disfrazada de legalidad para denegar a China su soberanía nacional en el Mar Meridional”.

El conflicto estuvo encima de la mesa durante la reciente cumbre entre Estados Unidos y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ANSEA), que se celebraba en California precisamente, y puede que no por casualidad, cuando saltaron las alarmas por el despliegue de los misiles chinos. Durante los dos días de reuniones hubo fuertes rumores de que la cumbre se saldaría con una declaración de condena explícita a China, pero finalmente los participantes, entre los que había algunos ajenos a lo que ocurre en el Mar Meridional, optaron por templar los ánimos y se limitaron a una vaga alusión al “respeto mutuo por la soberanía, la integridad territorial, la igualdad y la independencia políticas de todas las naciones”. La declaración concluía con un “compromiso de resolver pacíficamente las disputas”.

Armas nucleares y pesadillas con refugiados

El Mar Meridional no es la única fuente de preocupaciones para la diplomacia china en el Pacífico, y estos días puede que ni siquiera la más urgente. La última prueba nuclear de Corea del Norte, en enero, y la puesta en órbita de un satélite a inicios de febrero (que muchos países consideran una prueba encubierta de un misil balístico), han vuelto a poner de manifiesto la delicada posición de Pekín respecto a su vecino del noreste. China es el único país del mundo con algo parecido a una posición amistosa hacia Corea del Norte, tanto por motivos históricos (su intervención en la Guerra de Corea fue clave para crear el ‘statu quo’ que todavía rige) como estratégicos (el Gobierno chino ve con pavor la posibilidad de un derrumbe del régimen norcoreano y la consiguiente avalancha de refugiados a través de la frontera).

Sin embargo, China también ha dejado claro en repetidas ocasiones que el programa nuclear de Corea del Norte no le hace ninguna gracia. Los ecosistemas políticos de Pekín y Pyongyang son, probablemente, los más opacos del mundo, así que es difícil saber con seguridad en qué estado exacto se encuentran las relaciones. Andrei Lankov, un reputado académico ruso sobre asuntos norcoreanos, publicó el 25 de enero un artículo en su página web NK News en el que argumentaba que en los últimos meses ha habido un cierto deshielo tras años en punto muerto: “En algún momento del pasado verano, los líderes chinos llegaron a la conclusión de que una Corea del Norte errática y nuclear pero domésticamente estable es un mal menor comparado con una Corea del Norte en estado de derrumbe”.

Un hombre grita durante una protesta contra Corea de Norte en el centro de Seúl, el 11 de febrero de 2016 (Reuters).Un hombre grita durante una protesta contra Corea de Norte en el centro de Seúl, el 11 de febrero de 2016 (Reuters).

Parece que algo de eso hay. A pesar de que es ‘vox populi’ que el presidente chino, Xi Jinping, mira con recelo al líder norcoreano, Kim Jong Un, en octubre envió a Liu Yunshan, número cinco del Partido Comunista Chino, a las celebraciones por el 70º aniversario del Partido de los Trabajadores de Corea, en Pyongyang.

Sin embargo, cada vez que Corea del Norte ‘enciende’ a la comunidad internacional, todos vuelven su mirada hacia China; le piden que contenga a Kim Jong Un, que retire la ayuda económica que presta al país. Recientemente, Washington y Pekín acordaron presentar una nueva resolución al Consejo de Seguridad de la ONU, que según John Kerry será “la más dura hasta ahora”. Su homólogo chino, Wang Yi, fue un poco más cauto y matizó que “una resolución del Consejo de Seguridad no puede dar una solución fundamental a este problema”. 

Zhu Feng señala a El Confidencial que es momento de subir la presión: “China ha actuado con dudas a la hora de responder a las ambiciones nucleares de Corea del Norte, pero la comunidad internacional debe dejar claro que estas actitudes son intolerables. China tiene que mostrarse más dura con Corea del Norte tras las últimas pruebas nucleares y de misiles”.

El sistema de misiles de EEUU

En la confrontación entre las dos Coreas hay otro efecto colateral que preocupa enormemente a Pekín. Corea del Sur, con miedos justificados a un vecino con armas nucleares, considera desde hace años instalar un sistema de misiles estadounidense conocido como THAAD (Defensa Aérea Terminal de Gran Altitud, por sus siglas en inglés). Sobre el papel, se trataría de una iniciativa para evitar un posible ataque norcoreano, pero China cree que hay algo más. EEUU, que tiene casi 25.000 soldados en Corea del Sur, dispondría con el sistema THAAD de un elemento muy valioso en un hipotético conflicto con China, ya que podría minar su capacidad de emplear armas nucleares. 

El Gobierno chino se ha manifestado constantemente contra el despliegue del sistema, y aunque sus relaciones con Seúl pasan por un buen momento, el clima podría enrarecerse rápidamente. Lo ha dejado claro el embajador chino en Corea del Sur, Qiu Guohong, para quien “se han hecho muchos esfuerzos para llevar los lazos bilaterales a donde están hoy, pero todo podría quedar destruido en un instante con un solo problema”. 

EEUU dispondría con el sistema THAAD de un elemento muy valioso en un hipotético conflicto con China, ya que podría minar su capacidad de emplear armas nucleares

Según el académico Zhu Feng, “las preocupaciones de China son legítimas, y de momento la oposición del Gobierno está funcionando”. Feng cree que “Pekín y Seúl pueden encontrar una manera de satisfacer las preocupaciones chinas al tiempo que se refuerzan las capacidades de misiles defensivos en Corea del Sur”.

China tiene otros desafíos no tan urgentes pero que podrían darle problemas a largo plazo. Uno se encuentra en Taiwán, país al que Pekín sigue considerando una provincia rebelde con la que aspira a reunificarse a largo plazo. El pasado mes de enero, tras ocho años de mandato del Kuomintang (el partido que luchó contra los comunistas en la Guerra Civil china), el Partido Democrático Progresista ganó las elecciones legislativas y Tsai Ing-wen asumirá en mayo la presidencia de la isla. Se esperaba, pero no fue el resultado que Pekín quería. A pesar del antagonismo histórico entre el Partido Comunista y el Kuomintang, éste último respeta el llamado Consenso de 1992, un extraño acuerdo que reconoce un solo Estado soberano chino, en el que ambas partes se arrogan la legitimidad para gobernar. Con esta fórmula, al menos en teoría no se traspasa una de las líneas rojas fundamentales del Gobierno de Pekín: insinuar que China y Taiwán son dos países diferentes.

El PDP tiene otra postura, y siempre ha apostado por reivindicar la identidad taiwanesa y el alejamiento de China. Jean-Michael Cole, un investigador del Instituto de Política China residente en Taipei, recuerda que “todas las tendencias en Taiwán desde principios de los 90 indican una creciente identificación como taiwaneses, y un apoyo cada vez menor a la reunificación, que ahora está en menos de un 10%”.

Tsai está considerada como más pragmática que su antecesor al frente del PDP y expresidente de Taiwán, Chen Shui-bian, y de momento no ha dado ningún paso que pueda irritar al Gobierno chino. Aun así, Hugh White, de la Universidad Nacional de Australia, subraya que “está considerada mucho más anti-Pekín que el Kuomintang, y en Pekín puede que los líderes estén más impacientes con el actual statu quo, por lo que hay riesgos reales de más tensión en el Estrecho de Taiwán”. Por su parte, Cole cree que el pragmatismo de Tsai contribuirá a que la tensión no se desborde: “Parece que intentará minimizar los factores que pudieran irritar al gobierno chino y llevarlo a tomar medidas punitivas. Ha dicho lo que tenía que decir, ha tendido la mano y espero que haya reciprocidad; que Pekín entienda la situación en Taiwán y que comprenda que no puede empujar demasiado al gobierno taiwanés”.

Las disputas territoriales en el Mar Meridional, la tensión en la Península de Corea y el progresivo alejamiento de Taiwán pondrán a prueba en los próximos años la diplomacia china, que deberá encontrar un equilibrio entre no proyectar debilidad (algo que obsesiona a los dirigentes chinos) y evitar una confrontación que sería desastrosa para cualquiera de los actores implicados. Sin olvidar, por supuesto, el conflicto latente con Japón por la soberanía del minúsculo archipiélago Diaoyu/Senkaku, que sigue enquistado. El semanario ‘The Economist’ se preguntaba en 2012 si las dos principales potencias asiáticas podrían ir a la guerra por un puñado de islotes. Hoy, analistas de todo el mundo observan las fricciones en Asia-Pacífico, examinan la cada vez menos disimulada competencia entre China y EEUU en la zona, y se hacen la misma pregunta.

Fuente: ElConfidencial.com