Las siete mayores frustraciones de Obama

“Más respeto, está en mi casa. Puede callarse y quedarse o la sacaremos fuera”. Así despachaba el presidente de Estados Unidos a una agitadora ...

Más respeto, está en mi casa. Puede callarse y quedarse o la sacaremos fuera”. Así despachaba el presidente de Estados Unidos a una agitadora recientemente. Un líder mandón, confiado, lejos del melancólico pensador que se quejaba amargamente en 2014. Nada que ver con el lame duck que vaticinó la prensa el pasado otoño, cuando los republicanos obtuvieron el control completo del Congreso. “¡O-ba-ma, O-ba-ma! ¡Te queremos!”, gritó el público. “Y yo a vosotros”.

Obama cerró junio con la que posiblemente haya sido su mejor semana desde que llegó a la Casa Blanca en 2009, una sucesión de éxitos que, si bien no han dependido directamente de él, llevan su sello y definirán su legado.

Primero, el Congreso le otorgó poderes para negociar tratados comerciales, una batalla de ingeniería legislativa que ganó con el apoyo republicano frente a la rebelión de buena parte de su propio partido. Después, el Tribunal Supremo legitimó, de nuevo, la reforma sanitaria, la mayor ambición social del presidente. Una ley que ha sobrevivido a dos sentencias del alto tribunal y a cincuenta maniobras republicanas para deshacerla, y cuyo impacto es cada vez más palpable. Y, como broche final, el Supremo legalizó el matrimonio gay en todo el país, algo por lo que aboga Obama desde 2012.

Mientras, la bandera confederada, símbolo de un pasado racista que late aún en la desigualdad, la violencia policial y los crímenes extremistas, abandona poco a poco los mástiles de varios estados del Sur. Añadamos una economía que despega, el posible pacto nuclear con Irán y el deshielo con Cuba, y podremos imaginar el perfil señorial del presidente Obama en los libros de historia.

Sin embargo, aún queda una buena lista de tareas pendientes; áreas donde el presidente sigue embarrancado años después. ¿Cuáles pueden ser las mayores frustraciones del comandante en jefe?

El control de armas

“He tenido que hacer declaraciones como estas demasiadas veces”, declaró el presidente tras la matanza en la iglesia afroamericana de Charleston, en Carolina del Sur. En concreto, 14 veces desde que asumió el poder. “Una vez más, gente inocente fue asesinada en parte porque alguien que quería hacer daño no tuvo problema en conseguir un arma (…). En algún momento, como país, tendremos que lidiar con el hecho de que esta violencia masiva no ocurre en otros países avanzados”.

Poco después, el portavoz de la Casa Blanca, Eric Schultz, reconocía que las “realidades políticas” del Congreso impedirían un mayor control sobre las armas. El Gobierno ya lo había intentado.

Barack Obama se remangó poco después de la matanza de Newtown, en 2012: aprobó 23 leyes destinadas al control de armas y pidió el apoyo del Congreso. Buscaba aplicar la verificación de antecedentes a la venta de cualquier arma de fuego, prohibir las armas militares de asalto y endurecer las penas a quienes vendiesen armas a aquellos no pueden utilizarlas. Se quedó en nada.

El mandatario se quejó: “La mayoría de los miembros del Congreso -y tengo que decir que, en cierto modo, en los dos partidos- están aterrorizados por la NRA (Asociación Nacional del Rifle)”. Según una encuesta de Pew Research, los norteamericanos están ligeramente más inclinados (52%) a defender el derecho de portar un arma que a reforzar su control.

Kendrell Heriot de Gresham, Carolina del Sur, antes del funeral del reverendo Clementa Pinckney, asesinado en un tiroteo (Reuters). Kendrell Heriot de Gresham, Carolina del Sur, antes del funeral del reverendo Clementa Pinckney, asesinado en un tiroteo (Reuters).

El cambio climático y la inmigración

“Las áreas más frustrantes para el presidente Obama son el cambio climático y la inmigración”, dice por email el profesor asistente de Ciencias Políticas en la Universidad de CUNY, Brian Arbour. “Y el alivio presupuestario a largo plazo: estuvo a punto de cerrar un trato con John Boehner (líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes) en 2011, pero nadie acabó el trabajo”.

El presidente ha dicho que el cambio climático es el mayor desafío para las generaciones futuras, mucho más que el Estado Islámico o la amenaza terrorista. Pero cualquier tratado sobre el cambio climático requiere dos tercios de apoyo en el Senado. Por eso, sus eco-planes funcionan a espaldas del Congreso: con leyes ejecutivas, muchas de ellas construidas en el aire.

Este lunes, el Tribunal Supremo invalidó las limitaciones de contaminación a las plantas energéticas aprobadas por la Casa Blanca en 2012, alegando que no tenían en cuenta el “coste económico”. Los demandantes, la industria carbonífera, denunciaron que la modernización costaría miles de millones de dólares y los conservadores acusaron a Obama de librar una “guerra contra el carbón”.

Su política de inmigración, que pretende otorgar el derecho de residencia a más de 4 millones de inmigrantes indocumentados, va también a contrapelo del Congreso y está siendo acorralada en los juzgados. La activista a la que Obama ordenó callar la semana pasada le pedía que parase las deportaciones.

William Bello, de 16 años, en una manifestación a favor de la regularización de inmigrantes, en California (Reuters).William Bello, de 16 años, en una manifestación a favor de la regularización de inmigrantes, en California (Reuters).

Iraq y Afganistán

Este ha sido el primer año desde 2001 que Estados Unidos celebró el Memorial Day, el día de los veteranos, “sin estar implicado en una gran guerra sobre el terreno”. O así lo recalcó, ufano, el presidente. Obviando la letra pequeña.

A principios de junio, Barack Obama ordenó el envío de 450 soldados más a Iraq para ayudar al ejército local en su lucha contra el autodenominado Estado Islámico. En total, 3.500 soldados norteamericanos permanecen en el país, una cantidad que Bagdad juzga insuficiente. El avance de los extremistas ha puesto de relieve, una vez más, la escasa confiabilidad de las tropas iraquíes, e hizo que la frase boots on the ground resonase de nuevo en los pasillos del Pentágono el pasado otoño. EEUU sigue hoy liderando la coalición internacional para bombardear al ISIS en Iraq y Siria.

Según la ONU, más de mil personas murieron violentamente en Iraq sólo en mayo y más de tres millones han sido desplazadas desde comienzos del año pasado. 2014 fue el año más violento desde 2006, con más de 12.000 muertos y 23.000 heridos.

La violencia también sigue creciendo en Afganistán, donde, 14 años después de la invasión aliada, los talibanes continúan en plena ofensiva. Las víctimas mortales ya rebasan el millar este año junto a 2.000 heridos, un 50% que los registrados en 2014. La guerra más larga de la historia de Estados Unidos ha costado por ahora un billón de dólares, el 80% de los cuales han sido gastados por la actual Administración. El presidente acordó ralentizar la retirada de tropas americanas, que serán 9.800 a finales de este año.

Marines estadounidenses evacuan a un compañero herido en un ataque contra una base en Bagdad, en noviembre de 2004 (Reuters) Marines estadounidenses evacuan a un compañero herido en un ataque contra una base en Bagdad, en noviembre de 2004 (Reuters)

Guantánamo

El 23 de enero de 2009, tres días después de ser investido presidente, Obama ordenó el cierre de la prisión ilegal de Guantánamo en el plazo de un año. Firmaba así una de sus mayores promesas de campaña. Seis años y medio después, Gitmo sigue activo con 116 prisioneros en sus entrañas, una quinta parte de los 779 que llegó a acumular durante el apogeo de las guerras en Iraq y Afganistán.

La gran mayoría, sin embargo, abandonaron la prisión en tiempos de Bush: 580. Desde que gobierna Obama, no ha entrado ninguno, pero sólo han salido 127. El presidente acusa al Congreso de no permitirle recolocar a los prisioneros, que no han sido acusados, en territorio estadounidense, donde habría que juzgarlos y posiblemente encerrarlos a largo plazo dada su peligrosidad.

Como consecuencia, la Casa Blanca negocia a cuenta gotas con terceros países para que acepten reos; Uruguay, Omán, Estonia, Georgia, Eslovaquia o Kazajistán han aceptado prisioneros. El secretario de Defensa, Ashton Carter, ha reconocido no saber si Obama será capaz de cerrar la cárcel ilegal antes de que termine su mandato a principios de 2017.

Un prisionero no identificado lee en una zona comunal de Camp VI, en la base de Guantánamo (Reuters).Un prisionero no identificado lee en una zona comunal de Camp VI, en la base de Guantánamo (Reuters).

Washington

“¡El oso está suelto!”. Con esta frase, Obama solía marcharse de improviso a tomar un café o a comer una hamburguesa. Corría el año 2014 y el comandante en jefe se mostraba taciturno, amargo y filosófico. Sus iniciativas no prosperaban, su popularidad estaba en mínimos y las elecciones legislativas, cuando casi ningún compañero contaba con él en campaña, parecieron rematarle.

La frustración genérica de Obama en Washington siempre ha sido un factor de su presidencia. De vez en cuando incluso tiene un desliz freudiano, como hace dos semanas: “Debemos reformar nuestro sistema penal de manera que no estemos encarcelando a transgresores no violentos, lo que les incapacita para encontrar trabajo una vez dejen la oficina (la presidencia)…”.

“En suma, su mayor frustración es el Congreso republicano”, declara el profesor Arbour. “No ha detenido su agenda política, pero se ha resistido a los intentos de alcanzar compromisos. Él nunca ha sido una criatura de Washington. Pero ciertamente parece más cómodo en últimos seis meses porque ha entendido mejor su trabajo y sus poderes”.

Su aprobación, según una encuesta de CNN/ORC revelada este martes, acaba de tocar el 50% por primera vez en dos años.

Fuente: ElConfidencial.com