“Los centuriones nunca se irán de Roma”

25.12.2015 – 05:00 H. Entre Piazza Venezia y el Coliseo, a ambos lados de la milenaria Via dei Fori Imperiali, no hay más militares romanos que los ...

25.12.201505:00 H.

Entre Piazza Venezia y el Coliseo, a ambos lados de la milenaria Via dei Fori Imperiali, no hay más militares romanos que los inmortalizados en las ilustres estatuas que retratan a los emperadores más célebres de la Historia de Occidente. No siempre fue así. Pero los conocidos hombres vestidos de ‘centurioni’ para divertir a los turistas, que hasta hace poco pululaban por la zona, han abandonado los alrededores del Anfiteatro Flavio, su lugar de trabajo habitual, para desplazarse a otros rincones más discretos de la Ciudad Eterna.

Los centuriones eran militares de la Roma clásica, oficiales del ejército al mando de una centuria de la legión. Sus imitadores contemporáneos se dedican a posar para las fotografías de los turistas que lo deseen, a cambio de una propina. Una forma más de ganarse la vida. Pero desde hace unas semanas, el Ayuntamiento de Roma ha prohibido la presencia de estos últimos frente a los monumentos históricos de la capital italiana, sobre todo en los aledaños del Coliseo.

Si estas figuras llevan existiendo desde hace más o menos 20 años, ¿por qué vetarlas precisamente ahora? Supuestamente, por una cuestión de “decoro”. Leyendo entre líneas, es inevitable pensar en una razón estética: según las estimaciones, el Jubileo traerá a Roma más de 30 millones de peregrinos hasta noviembre del año que viene. “Dan una mala imagen”.

El diario romano ‘Il Messaggero’, hace pocas semanas, titulaba: “Roma, los centuriones invaden el barrio de Monti [cercano al Coliseo]”. En un artículo del periódico local ‘Il Tempo’, se leía recientemente: “Los nuevos poderes atribuidos a los policías locales devolverán un poco de legalidad al actual zoco”.

¿Dónde radica el problema? En que no todos los ‘militares’ romanos han sido igual de corteses años atrás. Ocurrió algo parecido con algunos taxistas sinvergüenzas que, aparcados en el aeropuerto de Fiumicino, llegaban a pedir centenares de euros a los turistas -especialmente a los asiáticos- por un trayecto que hoy está fijado en 48 euros, que permite alcanzar el centro de la capital romana. En su momento, también se señalaron casos en que unos’centurioni’ deshonestos discutían con aquellos turistas que no les concedían importantes propinas, hasta el punto de amenazarles y negarles la vuelta. Lo cual alimenta la visión sesgada de determinada prensa italiana, sensacionalista, que nunca renuncia a tachar a todos los centuriones de abusivos, como si alguno de ellos sí estuviera amparado por un contrato. Así pues, con la correspondiente actuación del ayuntamiento romano, pagan justos por pecadores.

Media mañana, centro de Roma. Piazza Navona está soleada y tranquila, no hay muchos turistas: no hay comparación con el reciente puente de la Inmaculada. Mientras tanto, ya está en marcha el montaje de las casetas navideñas que decorarán la plaza hasta la Epifanía, algo muy tradicional en esta época del año.

“Los centuriones no los han prohibido, sino que han prohibido su permanencia delante de los monumentos históricos de la Roma antigua, sobre todo el Coliseo”, explica Maria, policía local de la urbe que patrulla la plaza. Los periódicos itálicos, en numerosas ocasiones, han hecho una distinción entre los centuriones regulares y los abusivos. Su compañera, Angela, aclara: “¡Esta diferenciación nunca ha existido, se la han inventado ellos [los centuriones]!”. Según cuentan los propios protagonistas, hay unos 25-30 chicos disfrazados repartidos por las calles céntricas romanas, cerca de los monumentos. Pero por el momento, ninguno a la vista.

Una turista se toma un 'selfie' con un centurión en el centro de Roma. (Reuters)Una turista se toma un ‘selfie’ con un centurión en el centro de Roma. (Reuters)

Trajes de centurión comprados en Cinecittà

Aprovechando para tomar algunas fotografías de la fuente al norte de la monumental plaza, se oyen voces a lo lejos: “¡Buongiorno ragazzi!”, dice alguien con un acento romanísimo. Mirando hacia donde proceden los saludos, por la colindante Via Agonale, aparecen, finalmente, dos de los esperados militares imperiales.

Por el momento prefiero observarles desde lejos, para fijarme en las reacciones de la gente. Lo cierto es que, en una hora aproximadamente, nadie se ha hecho fotos con ellos. Pero ambos romanos, con paciencia, permanecen a la espera sin comportamientos desagradables: al contrario, responden con sonrisas a todos aquellos que ‘solamente’ les saludan. Es más, uno de ellos se muestra particularmente tierno acariciando las cabezas de los niños, embobados al mirar, desde abajo, a un hombre tan grande con vestimenta histórica. A esas edades, además, todo parece aún más gigantesco.

Me acerco y le pregunto a uno de ellos, Massimo, si puedo hacerle algunas preguntas acerca de su día a día. “¿Cuánto me das?”, me pregunta medio en broma, medio en serio, y suelta una carcajada. Ante la obviedad de la respuesta, empieza a enfurecerse soltando barbaridades –muchas de ellas ciertas- sobre las injusticias que cometen algunos periodistas italianos contra los centuriones, con fines claramente sensacionalistas. Pero tras un rato, parece que se fía de mis intenciones.

Massimo tiene 43 años y cuatro hijos. Vive en un barrio popular de la capital italiana, y su número más problemático, en su día a día, es el 550: son los euros de alquiler que paga todos los meses desde hace años para alojar a su familia. “Hace 18 años que me visto de centurión romano. No pude estudiar y, cuando vi la oportunidad de este trabajo, te soy sincero, fui enseguida a comprarme el traje en Cinecittà”, explica.

Se acercan los primeros turistas tras el comienzo de la conversación: “¡Willkommen!”, grita Massimo, al entender enseguida que son alemanes. “¡Deutschland, Deutschland!”, pronuncia entre abrazos y sonrisas. Tras unas cuantas fotos con los ‘smartphones’, Massimo y el colega les hacen entender que tal diversión es un trabajo para ellos. La joven pareja de alemanes se queda extrañada y, tras buscar el monedero, les dan un euro. Y se van.

“A mí tampoco me agrada tener que decirles, antes de la foto, que deben pagarla. Por eso se lo digo después”, admite el centurión. “Pero me parece algo lógico: aunque un euro sea ciertamente muy poco, no pretendemos que todos nos paguen cinco euros. Pero es que muchísimos ni siquiera nos dan algo, nos piden la foto y, explicándoles cómo funciona, se van tan tranquilos”, comenta decepcionado el padre de familia. Le pido que, siempre y cuando no se sienta ofendido, me enseñe la recaudación del día: una hora antes de marcharse, llevaba en mano unas cuantas monedas de un euro y unos tres o cuatro billetes de cinco euros. Algo es algo. Y hay días peores.

A veces, al hablar de turismo de masas, en Roma, se tiene un concepto generoso de las propinas. “Ya no es como en otras épocas”, apunta Massimo. “Hace 20 años recuerdo que los más generosos eran, sin duda, los americanos. Hoy, el turismo ha cambiado, no hay mejores o peores turistas en base al país del que vienen”.

Frente a donde ambos romanos están trabajando, hay una heladería. “Los centuriones apenas se hacen notar. Están ahí, pero no son molestos”, explica uno de los dependientes del establecimiento. Maria, vecina del barrio, que está pasando cerca de ellos, no tiene la misma opinión: “Los veo un poco ridículos, pero probablemente porque no tenga interés en fotografiarme con ellos. Ciertos artistas callejeros no me gusta que estén, eso es cierto, dañan un poco la imagen de la ciudad. Ahora bien, una de dos: o todos o ninguno. Llegados a este punto, el ayuntamiento también podría regularizarlos”, explica.

Vista nocturna del Coliseo de Roma. (EFE)Vista nocturna del Coliseo de Roma. (EFE)

“He aprendido más idiomas que en el colegio”

¿No hay acaso una posibilidad de proteger este oficio? “Hace algunos años, cuando estaba el alcalde Gianni Alemanno (2008-2013), pedimos una regularización de nuestra situación, para que estuviéramos más protegidos y no hubiera más intrusismo y por tanto litigios”, explica el centurión. Y añade: “Recuerdo perfectamente que fue aprobado un nuevo reglamento un jueves, y el mismo viernes nos lo anularon”.

Sin embargo, el actual alcalde en funciones, Francesco Paolo Tronca, ha prohibido “cualquier actividad que prevea la predisposición a ser fotografiado o grabado como sujeto con vestimentas históricas con una recompensa económica”. Hace tres semanas, Franco Magni, vendedor ambulante de paquetes turísticos -un colectivo afectado también por la nueva normativa municipal- amenazó con tirarse del Coliseo como forma de protesta en contra de la reciente medida.

Es interesante escuchar qué opinan del Jubileo. Cualquier romano contemporáneo tiene un cariño especial prácticamente hacia cualquier Papa, y Francisco no podía ser menos. Sin embargo, son los séquitos vaticanos los que suelen despertar menos simpatías entre la gente de a pie de la Ciudad Eterna. “El Jubileo lo han organizado por una cuestión económica, y podían haberlo pospuesto”, sostiene Massimo. “Es un evento del que nos excluyen. Con todas las alertas terroristas que hay, por un lado, incluso agradezco que nos aparten de los monumentos históricos, no lo voy a negar. Pero también tendremos que comer, y el no estar delante del Coliseo nos perjudica”. Por eso mismo, Massimo y su amigo están en Via Agonale, una calle que da hacia pero no está en Piazza Navona.

Habrá algo positivo que sea reseñable: “Lo más bonito de mi trabajo, ciertamente, ¡es que he aprendido más idiomas que en el colegio!”, dice entre risas amargas. Más seriamente, comenta: “Cuando llevas tantas horas de pie y sin que nadie te haga caso, la cara de felicidad de los niños te da la vida”, admite quien ya tiene cuatro esperándole en casa.

Mientras la ciudad de Roma vive los primeros días de un Jubileo Extraordinario de la Misericordia (sic), que abarcará gran parte de 2016, centuriones romanos como Massimo y su compañero seguirán paseando, con paciencia, por las calles -cada vez más frías, por estas fechas- de la Ciudad Eterna para ganarse la vida y, sobre todo, pagar el atormentador alquiler de 550 euros. Y lo harán entre miradas sonrientes, pero también altivas, como si a ellos les gustara estar ahí. Y a nadie le gustaría estar ahí. Sin embargo, esto es lo que hacen a diario -salvo algún día suelto que se reservan para estar con sus niños-, para ganarse las propinas necesarias para sobrevivir: hoy, 27 euros. Entre dos.

Tres y media de la tarde. Italianos y turistas, a estas horas, por norma, ya han almorzado tras pasar toda la mañana en la oficina o en los museos. El sol se marchará pronto y, al no ser fin de semana, Massimo y su amigo -que no han comido nada desde las nueve de la mañana-, camino de la avenida Corso Vittorio Emanuele II, prefieren retirarse con sus familias: “Hoy la cosa no ha sido para tirar cohetes, pero aquí estamos”, dice el romano con un macuto deportivo en mano y algo de cansancio en los ojos. Atravesando la avenida Corso del Rinascimento, pegada a Piazza Navona, una joven pareja de turistas están pensando si comprarse o no, en una tienda de recuerdos, una estatuilla de centurión romano. Precio: 9,50 euros. 

Fuente: ElConfidencial.com