Los independentistas escoceses, a la conquista de Westminster

Nicola Sturgeon no representa a ningún partido mayoritario. El pasado mes de septiembre, tuvo que coger las riendas de una formación pequeña, cuyo líder se ...

Nicola Sturgeon no representa a ningún partido mayoritario. El pasado mes de septiembre, tuvo que coger las riendas de una formación pequeña, cuyo líder se vio obligado a dimitir, después de que el electorado rechazara la gran apuesta por la que había hecho campaña durante dos largos años. Para las elecciones generales del 7 de mayo, su partido cuenta solo con candidatos en una región que representa únicamente el 8,3% de la población del Reino Unido. Y, en caso de que se cumplan las mejores predicciones, sus diputados solo pueden aspirar a tener el 9% de los escaños de la Cámara de los Comunes. ¿Cómo es posible entonces que esta mujer se haya convertido en la protagonista indiscutible de las elecciones británicas?

Los números desde luego no cuadran. Pero la carta de presentación se puede escribir de otra manera:

Sturgeon es la líder del Partido Nacionalista Escocés (SNP). Se puso al frente de la formación después de que Alex Salmond dimitiera tras perder el referéndum de independencia. Hace siete meses, un 55% del electorado votó por la unión frente a un 45% que abogó por la separación. Pero desde entonces, el número de afiliados ha pasado de 25.000 a más de 104.000. Y, según las encuestas, los nacionalistas pueden conseguir ahora 59 asientos en Westminster. Eso es la totalidad de los escaños reservados en el Parlamento a Escocia. En 2010, tan solo consiguieron seis. Se convierten, por tanto, en la tercera fuerza política. Ni conservadores ni laboristas cuentan con posibilidades para conseguir mayoría absoluta, por lo que, por primera vez en la historia, el SNP tiene la llave para formar gobierno.

¿Cómo se explica esta auténtica revolución? Y lo que es más importante: ¿qué implicaciones tiene el auge nacionalista para el futuro inmediato del país en su conjunto? Según Robert Ford, de la Universidad de Manchester, “el SNP perdió el referéndum, pero ganó la campaña”. “Involucró al electorado como pocas veces se ha visto en la política británica. Hubo una participación de casi el 85%, mucho más alta que en cualquiera de las elecciones celebradas en la historia moderna”.

El académico señala además que los nacionalistas lograron “movilizar a un gran número de activistas, más de los suficientes para dominar ahora unas elecciones con un Westminster fragmentado”. En efecto, mientras que el voto por la secesión estaba concentrado en el SNP, el voto a favor de la unión se dividía entre laboristas, conservadores y liberal demócratas. Debido a las peculiaridades del sistema electoral británico, eso se traduce en que, con un 45% de los votos, los separatistas podrían conseguir el jueves prácticamente la totalidad de las 59 circunscripciones escocesas que componen la Cámara de los Comunes. Para Gales hay 40 escaños, para Irlanda del Norte 18 y para Inglaterra 533.

Nicola Sturgeon posa para una fotografía con simpatizantes del SNP en Glasgow (Reuters).Nicola Sturgeon posa para una fotografía con simpatizantes del SNP en Glasgow (Reuters).

Miliband y los votos escoceses

Mientras que en Inglaterra los conservadores siempre han salido ganando (en las elecciones de 2010 consiguieron un 39,6% de los votos, frente al 28,1% de los laboristas), históricamente, el norte de la frontera había sido un feudo laborista. Es más, el partido liderado ahora por Ed Miliband siempre ha contado con los votos escoceses para poder gobernar. En 2010, se hicieron con 41 escaños escoceses. Pero ahora la marea nacionalista les puede borrar completamente del mapa.

Según los últimos sondeos, candidatos políticamente inexpertos del SNP se postulan como favoritos ante diputados con carreras consolidadas. En la circunscripción de Paisley y Renfrewshire South, por ejemplo, Mhairi Blanck, con 20 años, divide su tiempo entre los exámenes finales de la universidad y la lucha contra el que es el director de la campaña nacional de los laboristas, Douglas Alexander.

“Para una parte importante del electorado escocés, el SNP se ha convertido en la mejor opción para mantener los intereses de Escocia en la agenda de Westminster”, explica James Mitchell, profesor de Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad de Edimburgo. “El referéndum permitió a muchos votantes tradicionales del laborismo apoyar la independencia, es decir, votar en contra de la política del partido. Y si ya cambiaron una vez de opción, es más que probable que ahora lo hagan de nuevo”, matiza.

Este comportamiento es completamente novedoso. En los últimos comicios regionales, el SNP ha ido incrementando popularidad hasta el punto de conseguir en 2011 una histórica mayoría absoluta. Pero a la hora de elegir representantes en Londres, el electorado volvía tradicionalmente a dar su apoyo al laborismo para evitar que los tories consiguieran las llaves de Downing Street.

Nicola Sturgeon durante uno de los debates electorales televisados (Reuters).Nicola Sturgeon durante uno de los debates electorales televisados (Reuters).

El tránsito hacia una izquierda moderada

Sin embargo, Escocia experimenta ahora un cambio social que ha socavado la hegemonía de la oposición. La base del movimiento que se creó en los trabajadores de la industria pesada y la minería de los 80 es ya casi inexistente. Aquellos que estuvieron en los astilleros de Clydebank o Scott-Lithgow tienen hijos que van a la universidad y cuentan con otras aspiraciones. Simultáneamente, el SNP ha completado con éxito su tránsito hacia una izquierda moderada consiguiendo valoraciones de “bastante bueno” para las legislaturas que vinieron con las victorias de 2007 y 2011.

Pero si los nacionalistas siempre han dicho que el sistema de Westminster no les representa, ¿con qué intenciones van ahora a la Cámara de los Comunes? Al presentar su manifiesto, Sturgeon ofreció al Reino Unido “la mano de la amistad” y prometió utilizar su influencia para conseguir cambios “progresistas” que beneficien “a todos”. Y en este sentido, se ha prestado a ayudar a los laboristas para llegar al poder. Aunque no está interesada en una coalición, sino más bien dar su apoyo puntual ley por ley.

Por otra parte, aunque ha prometido que votar por el SNP para estas generales no significará votar por la independencia, sí ha dejado la puerta abierta a la celebración de un nuevo referéndum. Para los comicios regionales de 2016, el partido quiere incluirlo de nuevo en su manifiesto.

Un votante del SNP muestra chapas del partido tras una conferencia en Perth (Reuters).Un votante del SNP muestra chapas del partido tras una conferencia en Perth (Reuters).

Un títere de los independentistas

Y esto ha sido la mejor arma que ha podido poner en manos de los tories. Cameron ha alertado al electorado que está en sus manos salvar al país: “Sturgeon quiere sólo lo mejor para Escocia, el resto del Reino Unido es para pasar el rato”. El tono recuerda demasiado al empleado en los días previos al plebiscito de septiembre. En aquella ocasión, según los expertos, el voto del miedo funcionó. En el último momento, los indecisos votaron a favor de la unión por temor a lo desconocido.

Y ahora, la táctica de mostrar a Miliband como un títere de los independentistas parece que también está dando sus frutos. Según un sondeo publicado en The Herald, un 46% de los votantes cree que una mayor influencia del SNP sería negativa comparado con el 22% que consideran que sería positivo para el Reino Unido en su conjunto. Un 32% está indeciso.

Pero, ¿y si finalmente llegan a una alianza con los laboristas? ¿Qué consecuencias tendría esto para el SNP? Neal Ascherson, columnista en The Guardian, advierte que cuando un partido pequeño mantiene a uno más grande en el poder, “puede encontrar que se ha convertido en prisionero del gran amigo, no en su amo”. Que se lo digan a los Liberal Demócratas.

Por otra parte, el periodista recalca lo que llama el “Síndrome de Québec”. “Cuando un movimiento independentista se consagra -en este caso- como “el partido de Escocia”, las personas coinciden en que nadie más puede representarles. Pero cuando ese movimiento lleva a cabo un referéndum sobre la independencia -su básica razón de ser- la misma gente retrocede: un paso demasiado grande a lo desconocido. El partido se repone de su derrota y es reelegido con más del mismo entusiasmo. Pero vuelve a perder, por poco margen, el plebiscito. Para un movimiento nacionalista, este es el comienzo de una espiral hacia la desintegración y la desesperación”.

¿Caerá Sturgeon en esta espiral? Según el columnista, el punto de vista de la política ante la independencia es instrumental. “Es el medio para conseguir la justicia y la prosperidad social, no el fin en sí mismo. Por eso muchos votantes laboristas apuestan ahora por ella. Así que con esta perspectiva, su partido podría tener éxito durante mucho tiempo permaneciendo en el Reino Unido y promocionando los intereses de Escocia en la Cámara de los Comunes. La independencia llegaría a su tiempo: no hay necesidad de correr”.

Fuente: ElConfidencial.com