Los puertos del horror: un millón de maneras de sufrir en Libia

Cuando a Rahma le pueden los nervios, apenas se deja entender. Dos nigerianas y un par de chavales eritreos chapurrean árabe e inglés, inglés y árabe ...

Cuando a Rahma le pueden los nervios, apenas se deja entender. Dos nigerianas y un par de chavales eritreos chapurrean árabe e inglés, inglés y árabe afanándose en averiguar dónde ha pasado la somalí el último año. Dice que en Libia. ¿En casa? “No, no, en problemas”, contesta. ¿Detenida? “No, es que no tenía dinero”. “En Ajdabiya”, aclara, y la comitiva asiente al unísono. “Me encerraron”, remata. Se hace el silencio.

La inmigrante, que lleva una semana arrestada en las instalaciones para sin papeles de Surman conocidas como las antiguas caballerizas del mayor parque en la localidad occidental, empieza a juntar piezas de su relato. Llegó a Libia cruzando a Etiopía desde Mogadiscio, después Sudán y el desierto que borra la frontera con el país norafricano.

Allí, entre dunas, dejó enterrado el cadáver de su hijo nonato tras un aborto provocado por empujones porque “había mucha gente en el coche”. Cuando al fin creía haber acabado su periplo, justo a tiempo para embarcarse en patera hacia Italia, los mismos traficantes que la introdujeron en el país la metieron en un sótano por no tener dinero.

“Utilizaban una barra para pegarme”, dice golpeándose las piernas e imitando el sonido de los disparos al aire con que le amenazaban, “decían siempre que saldría mañana, mañana”. Luego se levanta la chilaba para mostrar en el vientre y la entrepierna marcas de porrazos y cortes. Se escaqueó un día que la puerta estaba abierta y fue a parar con otra veintena de mujeres de Nigeria, Mali, Etiopía y Eritrea, todas detenidas, dicen sus guardias, como sospechosas de intentar viajar a Europa.

Inmigrantes subsaharianos en una base policial en Trípoli (Reuters).Inmigrantes subsaharianos en una base policial en Trípoli (Reuters).

La localidad oriental de Ajdabiya, en la entrada del Golfo de Bengasi, es sólo la primera parada para quienes llegan a través de la frontera con Sudán. Son mayoritariamente etíopes, eritreos y somalíes como Rahma, que pagan entre 1.500 y 7.000 dólares por embarcarse. Nigerianos, gambianos, y otros inmigrantes de África occidental llegan a través de Argelia o Níger, una ruta más directa al destino final.

En Libia, que se ha convertido en la puerta a la Europa prometida, el camino se puede recorrer de tantas maneras como se puede truncar. Se puede hacer como Labil (nombre ficticio), adolescente de 17 años, que llegó para trabajar, ganar unos 300 dinares al mes (unos 150 euros al cambio de noviembre de 2014) limpiando suelos en una tienda de ropa y enviarlos a la familia que se quedó en Gambia: dos hermanas y un hermano. “Yo soy el mayor”, dice.

O puede ocurrir al modo de Abdulrahman, que sonríe tras más de una semana detenido en Misrata cuando el guardia del presidio administrativo le trae de vuelta el pasaporte con una visa legal expedida en Egipto. Cuando le arrestaron no llevaba encima sus papeles, con los que finalmente sale tan campante sin siquiera echar un vistazo de despedida a los 17 compañeros eritreos, ghaneses, malienses y egipcios que deja atrás.

Ni Labil ni Abdulrahman se habían propuesto meterse en un bote camino a Italia, como Rahma. Tampoco llegaron de la misma forma. Y, aun así, todos han acabado en agujeros similares por los mismos motivos: inmigrar a un país que constituye, más que el terreno del propio continente, la frontera sur de Europa.

Libia es el país más afectado (de la región) por la inmigración ilegal, más que los vecinos, y la UE no está haciendo todo lo que puede para ayudarnos a lidiar con esto, que es un fenómeno global”, protesta a finales de 2014 en Trípoli Masud Saalem, entonces jefe del Departamento de Inmigración Ilegal. Su unidad, dice, ha conseguido independizarse del Ministerio de Interior del “Gobierno de Salvación Nacional”, uno de los dos ejecutivos que se disputan el poder en Libia y que no ha sido reconocido por la comunidad internacional.

Dos bandos llevan enzarzados en una nueva guerra civil desde las elecciones del pasado verano. El conflicto, que ya ha costado la vida a más de 4.000 libios en nueve meses, ha puesto el país patas arriba, pese a la pátina de normalidad de la que se las dan ambas Administraciones tres años y medio después de la muerte de Muamar Gadafi.

Y, entre dimes y diretes, más de 60.000 personas detenidas entre enero de 2013 y julio de 2014 y otras 250.00 que, según el primer ministro italiano, Mateo Renzi, esperan navegar los 300 kilómetros de Mediterráneo hasta Malta o Lampedusa, se han quedado atrapadas en el fuego cruzado.

Es lo que le ocurrió, tal cual, a Ali, también gambiano de 17 años que perdió a su padrino (un compatriota que hace de enlace para dar trabajo a los recién llegados) y dos de los compañeros con los que vivía cuando un proyectil derribó la casa que todos compartían en Trípoli. Fue en agosto, cuando estallaron los enfrentamientos en torno al aeródromo internacional. Tres meses después acabó en Milita, arrestado por vagabundear sin pasaporte.

“Hay algunos inmigrantes que vienen a los campos (sic.) por su propio pie”, asegura Saalem, en referencia a los que huyen de la violencia, “en el campo (de internamiento) se les da comida, refugio y recursos”. La afirmación contrasta con el testimonio de Ali: “Nadie sabe si estoy vivo o muerto, tienen que liberarnos, que nos dejen trabajar o que nos devuelvan a nuestros países”.

La que ya ha sido calificada como la peor tragedia ocurrida en el Mediterráneo, y que puede haber dejado al menos 700 ahogados, ha evidenciado las consecuencias catastróficas derivadas del imperio del caos. En su último informe de febrero de 2015, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) alertaba de que el nivel de violencia obligaba a muchos africanos trabajadores en Libia a tomar la decisión de dejar el país.

Refugiados desembarcan en Lampedusa (Efe).Refugiados desembarcan en Lampedusa (Efe).

Sin opción a regresar a casa con las manos vacías, el mar es la única alternativa. “Las consecuencias han exacerbado el flujo de migrantes intentando abandonar Libia y alcanzar Italia por el mar Mediterráneo”, concluye la OIM. A ello se suma la anarquía en la que las mafias campan a sus anchas, cargando las barcazas y lanzando a los inmigrantes al mar con tal de aumentar su margen de beneficio, según han relatado varios supervivientes en tierra firme a entidades como el Acnur.

“Van a Zwara u otros sitios al oeste y desde allí se marchan”, explica Ali, médico voluntario de la Media Luna Roja en Misrata, “trabajan especialmente para eso, salen muchos barcos desde Zwara a Italia”. La geografía es la clave, según el doctor, que niega que desde su ciudad se fleten barcazas. “Quizá alguna pasa por aquí”, dice, “pero es difícil por la seguridad y la gente que vigila la playa y el mar, si los pillan, pueden tener problemas”.

Misrata, situada en la costa central libia, a unos 200 kilómetros de Trípoli, cuenta con su propio ejército de milicias, el mayor de Libia. Su estatus como columna vertebral de las fuerzas de Fayer Libia, la alianza militar que apoya al bando tripolitano, les obliga a mantener una imagen impecable. A 115 kilómetros al oeste, en la infame Zwara, nadie patrulla las aguas y las mafias aprovechan la vasta extensión de dunas para embarcar a los polizones ansiosos por alcanzar la otra orilla de un cementerio de olas y sal.

“La policía costera no tiene de nada, ni lanchas, ni botes, literalmente”, explica Yunes, vecino de la localidad de mayoría bereber, históricamente abandonada por el régimen de Gadafi. Según Yunes, la ciudad es uno de los puntos clave en el mapa de la inmigración africana a Europa, ya que se puede viajar en línea recta hasta Malta o Lampedusa. “Y, por si ocurre algo, está cerca de Túnez”, añade. Ese “algo” es morir, por ejemplo, una preocupación que hombres como Daniel, eritreo, zanjan con un “no está en mi mano”: “Es peligroso, lo sé, pero hay riesgo en todo lo que hacemos”.

Fuente: ElConfidencial.com