Marcelo, la anarquía y la alegría celebran diez años de blanco

05.01.2017 – 05:00 H. – Actualizado: 6 H. Marcelo corre con la cabeza atrás y los rizos se desgarban al viento. Dicen que es lateral izquierdo, ...
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05.01.201705:00 H. – Actualizado: 6 H.

Marcelo corre con la cabeza atrás y los rizos se desgarban al viento. Dicen que es lateral izquierdo, aunque esto, como tantas otras cosas en él, no es más que un acto de fe. Buscar en un repositorio de fotografías una en la que no aparezca sonriendo es una labor casi imposible. Es feliz o, por lo menos, lo disimula muy bien. Su fútbol también es feliz, pues en su caso esto sigue siendo el juego que le entretenía cuando era un niño. Son ya diez años en el Real Madrid y es, consecuentemente, uno de los hombres que forma parte de la historia del club de las once Copas de Europa.

Nadie parece criticarle hoy en día, pero eso es una tendencia reciente. En estos diez años ha tenido que verse escrutado mil veces por los rigoristas, que son legión en las gradas y los bares en los que el Real Madrid es el tema sagrado de conversación. Porque no defendía, que esa siempre fue su lacra, como antes era también el motivo por el que Roberto Carlos recibía críticas. Cuando llegó al club blanco, con 18 años, tenía más de malabarista que de jugador de fútbol. Venía en un paquete de fichajes de un invierno en el que el Real Madrid necesitaba tirar la casa por la ventana. El otoño había sido duro y Ramón Calderón se fue al mercado sudamericano con la cartera reventona: Gago, Higuaín y Marcelo.

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Y casi por ese orden, aunque la realidad haya torcido aquella percepción inicial. Hoy se sabe que el más barato, el lateral de siete millones del Fluminese, fue quien terminó haciendo más carrera con la camiseta blanca. Las crónicas de la época recuerdan que hubo pelea por el joven brasileño. Le quería el Madrid, también el Sevilla, que por aquel entonces ya empezaba a ser el club que mejor operaba con el mercado de lo desconocido. El pez gordo se comió al chico y Marcelo, aún sin rizos, llegó a pasar frío a Chamartín.

En estos años ha visto cosas curiosas, como esos tiempos en los que nunca empezaba los partidos importantes a favor de otros, como Coentrao, que rara vez tenían más talento. Porque en esto no hay medidas, pero sí percepciones, y lo de Marcelo es un torrente de creatividad. Lo saben bien sus rivales, que han visto como un partido se puede desorganizar completamente desde una banda. En la final de Lisboa, por ejemplo, no fue titular. Entró en la segunda parte y, como le ha pasado otras veces, Simeone no pudo leer lo que de sus pies salía. No puedes vigilar a quien parece desafiar todas las normas del fútbol. Cuando terminó el partido se plantó, con otros compañeros, gritando y golpeando mesas en la sala de prensa. Había marcado un gol y quería rendirle tributo a su entrenador, Ancelotti, que es otro de los que disfruta de la vida.

La lucha con el entrenador

Antes hubo, y después habrá, otros laterales ofensivos. Largos en la banda, profundos, que llegan hasta la línea de fondo y centran buscando al delantero. Lo de Marcelo es otra cosa, porque la banda es solo uno más de los muchos lugares en los que le gusta estar. Tiene algo de aventurero, tan fácil es verle en el extremo como en la media punta o metido en el área pidiendo el remate. Es un hijo de la anarquía, un contestatario al poder establecido, por más extraño que sea eso en un equipo que representa como ninguno el concepto de ‘establishment’ en el fútbol. Por eso también no siempre ha sido fácil ser Marcelo.

De hecho, es uno de esos extraños casos de jugador que ha visto como la selección no le llamaba a pesar del clamor de muchos y su indudable rendimiento en un club muy competitivo. Su problema se llamaba Dunga, que no es precisamente un amante de la fantasía. Otro de los rigoristas que siempre sospechará del jugador al que no entiende, y pocos son más difíciles de entender que este. No le quería ni como recurso para dinamitar partidos, la fiesta estaba vetada en su Brasil, por más extraño que eso pueda parecer. No ha sido el único entrenador que ha fruncido el ceño con él. Capello le pidió que no subiese la banda, que es como pedirle al agua que no sea húmeda, Juande Ramos le soñó como interior más que como lateral, algo que repetiría más tarde a Pellegrini. Mourinho, por supuesto, tampoco le tenía entre sus favoritos.

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Ahora, cuando las dudas parecen haberse disipado, no hay día en el que no deje un gesto para sorprender al personal. Contra el Sevilla fue uno más, apareciendo por todos lados, dinamitando la banda y lo que no es la banda. Haciendo siempre lo que le pide el cuerpo.

Para ser lateral, para encontrar el sitio que le corresponde, el brasileño ha tenido que madurar. Sigue sin ser un defensor genial, pero con el tiempo ha aprendido a sacrificarse un poco más. La táctica, que nunca fue su fuerte, empieza a formar parte de su repertorio. Nunca será un defensor total, siempre habrá alguno desesperado por sus descuidos, pero el Marcelo de hoy, el de los rizos, es mucho mejor en esa faceta que aquel que tenía el pelo cortado al uno.

Cumple diez años de blanco, e igual lo que más asusta es que en el DNI solo le cuentan 28 años. Es decir, queda tiempo para rato. Es desde hace tiempo capitán del equipo, y aunque por las formas no lo parece, ejerce. Forma parte de la camarilla de los que mandan, sale a hablar con la prensa con mayor frecuencia que casi cualquier compañero y es de los que arengan a la tropa en los momentos duros. Lo hace entre risas y carantoñas, porque tampoco sabe ser de otra manera. Si todo es normal terminará siendo uno de los extranjeros más importantes de la historia del Madrid, lleva más de 30.000 minutos y 300 partidos de blanco. Marcelo, a pesar de todo.

Fuente: ElConfidencial – Deportes

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