Merkel, Putin, Irak y la Agenda 2010: vida y milagros del excanciller Gerhard Schröder

31.12.2015 – 05:00 H. Egocéntrico pero simpático. Animal político aunque cercano. Pragmático y populista. Audaz, polémico y mediático. Gerhard Schröder, el ...

31.12.201505:00 H.

Egocéntrico pero simpático. Animal político aunque cercano. Pragmático y populista. Audaz, polémico y mediático. Gerhard Schröder, el canciller socialdemócrata que gobernó Alemania con el apoyo de Los Verdes entre 1998 y 2005, es sin duda un personaje único en la política alemana. Con mil requiebros.

Como socialdemócrata, impulsó la Agenda 2010 de recortes y reformas, que relanzó su país pero le costó el cargo. Dijo ‘no’ a los planes de Bush para invadir Irak, poniendo en cuestión la tradición atlantista de Berlín, deudora de la II Guerra Mundial. Aliado de Los Verdes, rompió con el antimilitarismo alemán y se implicó activamente en la guerra de Kosovo. Cercano a Putin, accedió al poco de dejar la cancillería a un jugoso puesto directivo en una empresa controlada por la gasista estatal rusa Gazprom. Él, que despreció y subestimó a Merkel abiertamente, le dejó un pastel en la mesa del despacho el día del traspaso de poderes.

La complejidad de esta figura -y de la política alemana- quedó de manifiesto recientemente, durante la presentación de una biografía de más de 1.000 páginas que acaba de ver la luz recientemente en Alemania, que disecciona como nunca antes la vida de Schröder. La propia canciller, Angela Merkel, la rival cristianodemócrata que consiguió desbancarle, su antítesis humana y némesis política, fue la encargada de presentar la obra. Pocas capitales podrían haber acogido un acto así. Pocos personajes se hubiesen atrevido a dar la palabra a su rival.

La biografía, escrita por el historiador Gregor Schöllgen, explora por primera vez documentos personales de Schröder y las actas de sus años en cancillería, además de hablar con los principales protagonistas de la trama política y humana del excanciller y revisar los medios de comunicación, trazando una visión poliédrica -y más exhaustiva que radicalmente novedosa- del mandato del líder socialdemócrata, de su legado como único canciller de un Gobierno rojiverde en Alemania, y de la persona que se esconde detrás del político.

A principios del siglo XXI, Alemania era el hombre enfermo de Europa. Estancamiento económico, desempleo rampante y déficit por encima de los límites de Maastricht. Schröder decide entonces, pese a poner en peligro su supervivencia política, sacar adelante la mayor reforma del sistema del bienestar alemán desde la II Guerra Mundial. Menos beneficios para los desempleados, menos prestaciones en la seguridad social, menos pensiones. Y reforma fiscal. La bomba no cae bien a nadie. Las bases de su partido le tachan de traidor a los ideales de la izquierda europea. En la derecha lamentan la timidez de sus medidas.

Schröder con Putin (Reuters)Schröder con Putin (Reuters)

Las consecuencias de la Agenda 2010

“Aquí comienza lo que llegará a los libros de Historia como (su) gran obra: sabiendo que su puesta en marcha podía costarle el cargo, el hombre lo apuesta todo, convencido de que no hay alternativa para el país al que sirve”, escribe Schöllgen. Consciente del desgaste, pero convencido de que la Agenda 2010 es lo que la economía alemana necesita, Schröder llega a ceder la presidencia de su partido en 2004 para centrarse en la cancillería, algo inusual en Alemania.

A la larga, la economía repuntó (hoy, otras y otros recogen los frutos) y Schröder perdió su cargo. Los socialdemócratas aún no han digerido la Agenda 2010. Ocho años más tarde, el Partido Socialdemócrata (SPD) y el impulsor de la denominada “tercera vía” siguen distanciados. La biografía recoge alguna muestra, dolorosa para todos. “Las heridas en ambos lados no han sanado aún lo suficiente”, le escribe en 2013 Schröder al actual presidente del partido, Sigmar Gabriel, para justificar por qué rechaza intervenir en un congreso federal de la formación. “Independientemente de esto, puedes dar por descontada mi solidaridad. También el partido, claro”. El excanciller, por su parte, sigue llevando la Agenda 2010como una piedra que pende de su alma“, asegura al biógrafo el filósofo Oskar Negt, mentor y amigo de Schröder.

Schröder y Putin se llevaron bien “política y personalmente” desde el primer momento, asegura Schöllgen en la biografía. Compartían audacia, dinamismo y determinación. Una perspectiva muy masculina de lo que significa el poder. En la opinión pública alemana, esta amistad no encajó bien. De principio a fin.

Durante sus dos mandatos, Schröder se preocupa detrás de las cámaras por la democratización de Rusia, que vive momentos de inestabilidad. Pero a la pregunta, disparada de manera improvisada por un periodista alemán, de si Vladimir Putin era un “demócrata sin tacha”, el socialdemócrata no duda en decir que sí. Por diplomacia o por amistad. Y le llueven de nuevo las críticas.

La situación no mejora cuando poco después de abandonar la cancillería, Schröder accede a la presidencia del consejo de vigilancia de Nord Stream, la empresa del gaseoducto del mar Báltico que conecta directamente Rusia y Alemania, controlada por Gazprom. ¿Un regalo del presidente ruso? La realidad es más compleja, según la biografía. De hecho, Schröder se había mostrado en contra en un primer momento sobre la infraestructura. Las actas demuestran que le convencieron los finlandeses para que la aceptara. No obstante, asume su nuevo cargo en el sector privado y empieza a percibir unos buenos honorarios. Lo que es claro, indica el biógrafo, es que el canciller no se había planteado esa posibilidad durante la campaña que acabó en su derrota frente a Merkel.

Schröder, visitando a las tropas alemanas en Prizren, Kosovo, en 1999. (Reuters)Schröder, visitando a las tropas alemanas en Prizren, Kosovo, en 1999. (Reuters)

Una infancia difícil

El excanciller crece sin un padre a su lado. Su progenitor, de nombre de pila Fritz, muere en 1944, en el frente en Rumanía. Schröder no visitará su tumba por primera vez hasta 40 años después. El hombre arrastra varios encontronazos con la justicia y, tras varias condenas por robo, acaba pasando nueve meses en la cárcel en 1938.

Su madre, llamada Erika Vosseler, que tras la guerra trabaja limpiando 16 horas al día, vuelve a casarse a los dos años de enviudar. El padrastro de Schröder es el segundo marido de su suegra, Klara Schröder, que sin embargo sigue ejerciendo de abuela del futuro canciller. Una “constelación arriesgada”, califica Schöllgen en el libro. La madre, que fallece en el año 2012, es uno de los referentes familiares clave para el líder político.

Schröder no duda en sumarse a la coalición que invade Afganistán poco después de los ataques del 11 de septiembre en Nueva York y Washington. Alemania mantendrá allí durante más de 10 años una importante misión militar. Pero un año después, el excanciller socialdemócrata se niega rotundamente -junto a Francia- a participar en la intervención internacional en Irak que auspician Estados Unidos y Reino Unido. Berlín y París forman lo que se conocerá como la “vieja Europa”. Su postura le granjea un importante respaldo social en Alemania, pero le distancia de George W. Bush. Es la primera vez tras la II Guerra Mundial que Alemania no respalda una actuación de Washington.

La fractura entre los dos se produce, narra esta nueva obra, a raíz de un doble encuentro de ambos líderes en enero de 2002 en Washington. De aquellas conversaciones sale el estadounidense convencido de que Alemania se sumará a la coalición internacional que quiere derrocar a Sadam Husein. El alemán, por su parte, tan solo “toma nota” de los “planes teóricos” de Bush.

Pese a su decisión de no involucrarse militarmente en esta ofensiva, el excanciller alemán llega a pensar por aquel entonces, según revela el libro, que si Bush acaba encontrando armas de destrucción masiva en Irak, él se verá forzado a dimitir en su país. Al final, sin embargo, la mayor razón para invadir el país árabe se esfuma sin rastro ni consecuencias para los invasores.

Oskar Lafontaine, ministro de Finanzas con Schröder y posterior líder del partido Die Linke (La izquierda) (Reuters)Oskar Lafontaine, ministro de Finanzas con Schröder y posterior líder del partido Die Linke (La izquierda) (Reuters)

Ruptura con Lafontaine

Schröder protagoniza dentro del SPD un claro movimiento en diagonal de abajo a la izquierda a arriba a la derecha. Eso le cuesta más de un disgusto, más de una apuesta personal y más de un enfrentamiento. Una de las rupturas más sonadas es la que se produce entre él y Oskar Lafontaine. Seis meses después de llegar a la cancillería, Schröder recibe una carta en la que este referente de la izquierda alemana le anuncia su dimisión como presidente del SPD y como ministro de Finanzas.

Lafontaine se marcha de la socialdemocracia con un puñado de fieles y funda el partido La Izquierda, agrupando también a varios poscomunistas de la extinta República Democrática Alemana (RDA). Tras la contienda electoral de 2005, en la que ambos participan como candidatos a la cancillería, no se vuelven a hablar.

Uno de los momentos por los que Schröder, el canciller más mediático, es recordado, es por su desastrosa participación en la noche electoral de 2005, la que le acaba echando del poder. Tras haber perdido por un punto porcentual frente a Merkel, entonces una estrella conservadora con enemigos internos y sin mucha experiencia, el socialdemócrata se muestra extraordinariamente arrogante en el habitual debate televisivo entre todos los candidatos, la llamada “ronda de los elefantes”.

Merkel calla y, de vez en cuando, sonríe tímidamente. Schröder, borracho de poder, desbarra. “Nadie, excepto yo, está en condiciones de formar un Gobierno estable”, dice en un momento. Y poco después: “Ella no va a lograr formar una coalición bajo su liderazgo con mi Partido Socialdemócrata. Eso es claro”. La escena es digna de estudiarse en las escuelas de Periodismo y Ciencia Política. O de inspirar un guión de ‘Borgen’ o ‘El ala oeste de la Casa Blanca’. Pocos días después, la realidad de las cifras y la lógica de las negociaciones se va imponiendo y Merkel emerge como la nueva canciller. Con el apoyo del SPD de Schröder. El ya excanciller, claro, asegura que no formará parte del nuevo Gobierno. Abandona la política activa.

Schröder actúa más bien frío en la ceremonia oficial de traspaso de poderes, recuerda Merkel 10 años más tarde. Pero una vez que se marchan las cámaras, el socialdemócrata la lleva hasta el despacho de la cancillería y la política conservadora descubre un pastel encima de la mesa donde se decide el presente y futuro de Alemania. Así es Gerhard.

Fuente: ElConfidencial.com