Mis cinco días en la jungla con el 'niño salvaje' de Vietnam (I): regreso al Edén

10.07.2016 – 16:54 H. En 1972, durante la guerra de Vietnam, un veterano del Ejército norvietnamita huyó a la jungla con su bebé cuando su casa fue ...

10.07.201616:54 H.

En 1972, durante la guerra de Vietnam, un veterano del Ejército norvietnamita huyó a la jungla con su bebé cuando su casa fue bombardeada, en un ataque en el que perdió a su esposa y a dos de sus hijos. Hace sólo tres años, el planeta quedó asombrado al conocer la noticia de que aquel hombre –ya anciano- y su hijo habían sido ‘rescatados’ en la selva de Vietnam después de haber vivido completamente aislados del mundo durante 41 años. El hijo se llama Ho Van Lang, y creció ajeno al resto de la raza humana e ignorando por completo datos esenciales sobre el hombre. El pasado mes de noviembre, mientras me encontraba en Vietnam por motivos de trabajo, tuve la suerte de vivir unos días con este ‘niño de la jungla que se encuentra ahora en un pueblo adaptándose a la civilización. 

En mis primeras horas con él pude sentir que a Lang le entusiasmaba la idea de regresar por primera vez al lugar en la selva de donde provino. Por esto se me ocurrió el plan de ir allí juntos para vivir cinco días sobreviviendo de la naturaleza, tal y como hizo durante toda su vida. Lang, sin dudarlo un segundo, aceptó mi invitación, y junto a su hermano y mi traductor nos pusimos rumbo al corazón de la jungla.

Su primitiva forma de vida no solo nos traslada directos al Neolítico, sino que además, debido al aislamiento sufrido desde su nacimiento, nos lleva comprender mejor la verdadera esencia del ser humano. Lang abandonó la civilización cuando solo tenía un año y pocos meses de vida, por lo que no posee ningún recuerdo de aquellos momentos. Para él, su vida comenzó en la jungla.

Durante los 41 años de absoluto aislamiento, Lang llegó a divisar a otros seres humanos en contadas ocasiones –sobre todo en los últimos años- pero siempre desde grandes distancias. Durante casi medio siglo, estos dos eternos fugitivos se dejaron ver pocas veces huyendo siempre entre la maleza para no ser descubiertos. A lo largo de su vida en la jungla nunca llegó a ver una motocicleta o un automóvil, ni siquiera un camino hecho por el hombre. Tampoco conocía ninguna otra fuente de energía diferente del fuego, el sol, la luna y las estrellas.

Álvaro Cerezo adentrándose en la jungla vietnamita con Ho Van LangÁlvaro Cerezo adentrándose en la jungla vietnamita con Ho Van Lang

Padre e hijo habitaban en lugares tan lejanos y tan secretos que Lang, en cuatro décadas, nunca vio luz artificial, ni siquiera en el horizonte. Este ‘niño de la jungla’ ignoraba por completo cómo era el mundo civilizado que existía fuera, a excepción de las historias que el padre le contaba, y también de los aviones que atravesaban el cielo. Aparte de plantarle la semilla del miedo hacia el ser humano, el padre fue para su hijo una fuente esencial de información sobre el mundo civilizado. Entre muchas cosas, le explicó que en esos pájaros que volaban tan alto había personas dentro.

No obstante, su padre decidió omitirle datos que hubiesen sido una amenaza en su tarea de mantenerlo junto a él. Su estrategia le funcionó a la perfección, ya que Lang, en sus 41 años de vida, nunca tuvo la tentación de visitar aquel otro mundo del que el padre le hablaba.

Las primeras dos décadas se establecieron en cotas bajas, más cálidas y con agua abundante. Especialmente importante para ellos fue permanecer cerca del río principal que rodea su cordillera, ya que era su única fuente de pescado. Pero con el avance del ‘hombre civilizado’ -que empezaba a dejar verse por la zona-tuvieron que abandonar su hogar y establecerse en lugares más altos. Padre e hijo estaban ya rodeados y solo les quedaba huir a las zonas cimas más altas de la cordillera, aunque el frío y la falta de agua en esos lugares les impedía dar ese paso, y sobre todo por el temor a los espíritus que creían que habitaban en las cumbres.

Los monos, su alimento favorito

Por motivos de seguridad siempre construyeron sus refugios usando como apoyo principal un árbol grueso. En contra de lo que se suele creer -debido a que las fotos que circularon por los medios fueron algo engañosas-  la realidad es que la vivienda no estaba apoyada en las ramas altas del árbol, sino que se encontraba a solo unos metros del suelo y apoyada en el tronco.

A pesar de la poca altura que tenía este último refugio, Lang sufrió de lo lindo a causa del peligro que suponía para su enfermo padre: debido a su pobre estado mental, Lang vivió los últimos años con el estrés de que el anciano pudiese caer al vacío, lo que le obligaba a mantenerse alerta toda la noche. Por eso, mientras estábamos en la selva, Lang se quedaba despierto hasta altas horas de la madrugada, yéndose a dormir siempre el último.

Por razones de defensa, padre e hijo tenían montado todo un dispositivo de señuelos alrededor de la vivienda para así asustar a sus ‘enemigos’. Pero todo esto a la gente le intimidaba poco porque sabía que en el fondo eran dos ángeles inofensivos. En la vivienda, siempre mantenían un pequeño fuego para protegerlo de la lluvia y al mismo tiempo les servía para mantener alejado a los mosquitos. Además, al estar suspendidos lejos del suelo también evitaban las serpientes o los temidos ciempiés.

Mis cinco días en la jungla con el ‘niño salvaje’ de Vietnam (I): regreso al Edén

Desafortunadamente, el año pasado alguien quemó esta última casa, por lo que no pude conocerla. El autor de las llamas fue probablemente un problemático primo lejano de Lang, que es poco querido por la mayoría de la gente del pueblo.

El agua nunca fue un problema para ellos. Esta cordillera vietnamita recibe grandes precipitaciones a lo largo de la época de lluvia que mantiene el caudal de los ríos todo el año. Nunca la hervían ni la filtraban, sino que la bebían directamente de los arroyos, lo que en ocasiones les provocó problemas intestinales.

Tampoco la comida fue un problema. De hecho llegaron a disfrutar de un menú muy rico y variado. Cultivaron algunas frutas y verduras, aunque nunca llegaron a domesticar animales, que se limitaban a cazar. Incluso llegaron a disfrutar de caprichos como la miel, el tabaco o el betel, que producía el color rojizo de sus dientes cuando le conocí.

Una de las cosas que más me sorprendieron de Lang fue la facilidad que tenía para recolectar comida silvestre en la jungla. Para él la mayoría de plantas de la jungla eran comestibles. Mientras ponía su olla a hervir, Lang recolectaba diferentes plantas que se encontraban directamente a derecha o izquierda. El sabor de toda aquella menestra de hojas y ramas no era tan malo.

Comían todo ser vivo que se encontraba en la jungla, con excepción de los insectos: monos, ratas, serpientes, lagartos, ranas, pájaros, murciélagos, moluscos… También se alimentaron de pescado mientras vivieron cerca del río principal, sólo durante las primeras dos décadas. Durante mis días con Lang en la selva, le vi meterse murciélagos en la boca como si fuese una aceituna. Los monos eran su comida favorita.

Herramientas hechas con material bélico

Para hacer fuego, el único método que usaban era el de percusión de metal y cuarzo, que el padre ya conocía antes de escapar a la jungla. Los metales los sacaban de trozos de bombas de la guerra que encontraron esparcidas a lo largo de la cordillera. El cuarzo, en cambio es muy abundante en los ríos y arroyos. La yesca la obtenían de una pequeña capa algodonosa que se encuentra en el tallo de una planta específica. Durante las cuatro décadas en la jungla, intentaron mantener encendido el fuego en su casa el mayor número de días posibles. Pero a veces, por simples despistes, se les apagaba y tenían que volverlo a encender de nuevo. Algunas veces, los días eran tan húmedos que les era imposible encenderlo, por lo que tenían que resignarse y comer los alimentos crudos, pasando las noches completamente a oscuras hasta que la lluvia escampase.

El metal de las bombas también les sirvió para fabricar herramientas cortantes, incluso hachas. Los recipientes de cocina, como las ollas o los platos, fueron fabricados con trozos de aluminio de un helicóptero americano que encontraron destruido en la selva. Por la cantidad de remaches que tenían estos recipientes, probablemente se trataba de un modelo Bell UH-1, que además podría ser también el modelo de helicóptero que años atrás destruyó la casa del padre y mató a su familia.

Álvaro y Lang cocinando en un recipiente hecho de material bélicoÁlvaro y Lang cocinando en un recipiente hecho de material bélico

Paradójicamente, padre e hijo siempre llevaron cubiertas sus partes íntimas a pesar de vivir completamente solos. Según Lang, su padre le acostumbró a hacerlo desde que era pequeño. No obstante, cuando estuve conviviendo con él en la selva, nunca sentí que tuviese el más mínimo pudor a ser visto desnudo, por lo que asumo que era sólo una costumbre que su progenitor le había inculcado. Las ropas estaban hechas de fibras de corteza, que incluía una chaqueta sin mangas para las días de frío (en época de lluvia las noches pueden alcanzar los 15 grados centígrados). Además disponían de un curioso paraguas hecho con hojas y en forma de caparazón de tortuga.

Durante toda esta parte de su vida, Lang no supo cómo era realmente su cara, ya que solo podía verla vagamente a través del reflejo del agua.

Según el testimonio de Lang, en aquellos 41 años ni él ni su padre sufrieron problemas de salud destacables. El padre perdió un ojo al clavarse una rama afilada mientras caminaba una tarde por la jungla, mientras que Lang perdió parte de un dedo de la mano causado por una quemadura mientras cocinaba cuando era niño. Ambos sufrían una media de un resfriado al año y algún problema intestinal que otro. Trataron siempre sus problemas de salud con plantas medicinales. Por lo demás, se trataba de dos hombres muy sanos. La dentadura de Lang se encontraba en perfecto estado y no le faltaba ninguna pieza. Sus dientes tenían un color rojizo debido al consumo habitual de un estimulante psicoactivo y muy adictivo que mezclaba la hoja del betel, cal y con la nuez de areca.

Cuando en agosto de 2013 fueron apresados y llevados a la civilización, padre e hijo cayeron enfermos, tal como era previsible, especialmente Lang ya que nunca antes había sido expuesto a virus y bacterias. Durante los meses siguientes, siguió enfermando continuamente y necesitó de atención médica en varias ocasiones. Cuando estuve conviviendo en la jungla con Lang, temí por su salud cada vez que compartíamos comidas, bebidas y utensilios, ya que según el hermano nunca antes había interactuado con un hombre blanco.Sus horarios iban sincronizados con las horas de luz, y los dividían en cuatro lapsos de tiempo: la salida del sol, el mediodía, la puesta de sol y la noche. El padre siempre tuvo un conocimiento aproximado del año que se encontraban, ya que la selva se llenaba de mariposas en cada mes de abril.

No distingue el bien del mal

La comunicación de Lang con su padre siempre fue limitada ya que solo usó un puñado de palabras de un dialecto perteneciente a una minoría étnica de la zona llamada Cor. Hoy en día se encuentra mejorando su vocabulario para poder tener conversaciones más complejas, aunque aún no ha conseguido ni siquiera comprender el idioma vietnamita.

Las matemáticas se limitaban a los números de 0 a 10.  Lang es capaz de realizar sumas, pero siempre que el resultado final no sea superior a 10 y siempre usando los dedos de sus manos. Aunque a la gente de nuestro mundo le pueda parecer sorprendente, nunca le hizo falta saber más allá de la decena, ya que las cantidades nunca fueron esenciales para su supervivencia. Incluso cuando le pregunté cómo le explicaba a su padre si un día él había cazado 15 murciélagos, el respondió que se limitaba a decir “muchos” o “más de diez”. Lo mismo para la escritura: Lang no sabía representar en símbolos esos 10 números. La comida o el agua nunca fue un problema para ellos, por lo que la cantidad era trivial.

Ho Van Lang en la jungla, mirando al horizonte (A. Cerezo)Ho Van Lang en la jungla, mirando al horizonte (A. Cerezo)

Por razones obvias, Lang y su padre nunca usaron la rueda. Sobre la luna, Lang piensa que los hombres de la civilización la colocan allí cada día con una cuerda. Además, dice creer en Dios y que este se encuentra en cada elemento de la naturaleza (aunque curiosamente para él la luna ha sido creada por el hombre). También cree en los fantasmas, y de hecho fue la razón principal por la que no llegaron a cotas más altas al huir del avance de otros hombres. El padre siempre pensó que los espíritus habitaban en las cumbres.

El único tema sobre el que tuvo prejuicio al hablar fue sobre la muerte, ya que Lang evitaba una y otra vez mis preguntas. No obstante lo único que pude sacar en claro es que él es consciente de su propia muerte. Seguramente el padre le habló sobre este tema ya que tengo bastantes dudas de que una persona, por el simple hecho de observar a los animales, pueda llegar a la conclusión de que su vida será finita.

Las extraordinarias circunstancias a las que Lang tuvo que enfrentarse toda su vida le forjaron una personalidad muy diferente al resto de los seres humanos. Su padre –que fue su única fuente de información sobre el mundo exterior- lo tuvo sometido a un régimen de semiesclavitud mediante miedo inducido, además de provocarle un profundo síndrome de Estocolmo. Esto le ha llevado toda su vida a tener un rol de hijo obediente, e incluso aún a día de hoy no puede usar su libertad por completo.

Ho Van Lang jugando con un niño, que no parece demasiado feliz (A. Cerezo)Ho Van Lang jugando con un niño, que no parece demasiado feliz (A. Cerezo)

Lang desconoce por completo las normas sociales que tenemos en nuestro mundo, hasta tal punto de que le costaba reconocer el bien del mal. Aun siendo una persona muy pacífica e inofensiva, el cumplimiento de las órdenes de sus allegados las suele asumir con tal naturalidad que a veces se producían situaciones surrealistas como la que ocurrió hace un año en el pueblo: mientras Lang y toda la familia se encontraban viendo la televisión, un grupo de niños pequeños jugaban fuera en la calle entre gritos. Debido al ruido que generaban, el hermano le pidió bromeando a Lang que saliese fuera y les diese a todos con un palo. Un minuto más tarde un escenario apocalíptico se adueñó del vecindario, cuando todos esos niños fueron llorando en busca de sus padres: Lang los había apaleado a todos con un trozo de bambú mientras mantenía una sonrisa de oreja a oreja.

Lang es un niño pequeño en un cuerpo de un hombre. Según su hermano Tri, si un día le pidiese que matara a una persona Tri cree que su Lang lo haría al instante y sin preguntar siquiera el por qué. Su sentido del humor es semejante al de un bebe de un año de edad, imitando muecas, respondiendo al juego del escondite y quedándose fascinado ante las diferentes expresiones faciales. Todo esto hace de él un ser muy entrañable.

Álvaro Cerezo es el creador de Docastway, la primera empresa del mundo en ofrecer experiencias de náufrago por islas desiertas. Ha creado una web sobre Ho Van Lang y actualmente prepara un documental sobre su historia.

Lea el proximo martes la segunda parte de esta historia: “Choque con la civilización”

Fuente: ElConfidencial.com