Ocho bulos sobre las coaliciones que desmiente la realidad europea

22.12.2015 – 16:49 H. Europa es un continente acostumbrado a las coaliciones. La vida política no se entiende en gran parte del continente sin estos pactos ...

22.12.201516:49 H.

Europa es un continente acostumbrado a las coaliciones. La vida política no se entiende en gran parte del continente sin estos pactos entre formaciones políticas. Los acuerdos, estables o puntuales, bicolores o arcoiris, ideológicos o tácticos, dominantes o minoritarios, florecen en sistemas tan dispares como Suecia y Alemania, Bélgica e Irlanda, Grecia y Dinamarca. De sus décadas de práctica se pueden extraer algunas conclusiones, algunas de aplicación para la actual situación de España. Así como una visión mucho más poliédrica, compleja y viva de lo que es y puede ser la política parlamentaria.

Estas son ocho afirmaciones clásicas sobre los gobiernos de coalición que no son ciertas. O no totalmente:

Fragmentación es sinónimo de inestabilidad

Un gobierno de coalición no tiene por qué ser inestable. En su solidez influyen muchos factores, de cuestiones generales como el tipo de sistema político o los valores nacionales, a elementos tan concretos como el número de partidos implicados, el reparto de escaños o la personalidad de los líderes implicados.

Así, desde que los italianos eligieron en un referéndum en 1945 ser una república parlamentaria, su país ha tenido 27 primeros ministros y 63 gobiernos, la mayoría breves coaliciones con múltiples partidos. Las estadísticas apuntan que, pese a la duración de algunos gobiernos de Silvio Berlusconi, Giulio Andreotti, Bettino Craxi o Romano Prodi, Italia ha vivido de media un cambio de gobierno cada trece meses. Sin embargo, otros países acostumbrados a la coaliciones, como Alemania, se caracterizan por legislaturas que tienden a agotar los cuatro años de mandato. En Finlandia, por ejemplo, los gobiernos más estables han resultado los del socialdemócrata Paavo Lipponen, entre 1995 y 2003, y fueron las llamadas coaliciones arcoiris, que sumaban a cinco partidos cada una.

Los sistemas políticos maduros son bipartidistas

No. Los países nórdicos son el más claro ejemplo. Décadas después de implantarse la democracia, muchos de ellos presentan en la actualidad vibrantes parlamentos con múltiples formaciones -algunos más que las iniciales- y sus gobiernos suelen combinar tres o más fuerzas políticas. Dinamarca sienta en la actualidad en su legislativo a once fuerzas, que en muchos casos se solapan en propuestas y nichos electorales. Por su parte, desde su independencia en 1917, Finlandia nunca ha disfrutado de un partido con mayoría absoluta y lo habitual han sido las coaliciones multipartidistas. En Bélgica son habituales los gobiernos de hasta seis formaciones.

La coalición la conforma y la lidera el más votado

Habitualmente, sí. Así, por ejemplo, desde 1977 Irlanda solo ha visto coaliciones de dos o más partidos, de los cuales uno era siempre el más votado, el Fianna Fáil o el Fine Gael, y el otro u otros eran minoritarios. En la actualidad, por ejemplo, el Ejecutivo irlandés lo conforman el Fine Gael y el Partido Laborista.

Pero no siempre la fuerza con más votos está en condiciones de conformar un sistema de apoyos. A veces el más capacitado para amalgamar primero y liderar después una coalición es el partido más céntrico de entre los coaligados. El actual gobierno danés, por ejemplo, que llegó al poder tras las elecciones del pasado junio, es el tercero más votado. Logró el 19,5% de los votos, un total de 34 de los 179 escaños del parlamento. Ni el primero -socialdemócrata- ni el segundo -conservador populista- quisieron saltar al Ejecutivo.

La Gran Plaza de Bruselas, en el centro de la ciudad, iluminada para celebrar la Navidad (Reuters).La Gran Plaza de Bruselas, en el centro de la ciudad, iluminada para celebrar la Navidad (Reuters).

El pacto persigue asegurar una mayoría absoluta

Normalmente sí. Así, la canciller alemana, Angela Merkel, se quedó a apenas tres escaños de la mayoría absoluta tras las últimas elecciones, en septiembre de 2013, y en ningún momento se planteó formar un gobierno en minoría y buscar apoyos puntuales. Ni siquiera teniendo en cuenta que los parlamentarios alemanes tienen libertad de voto.

No obstante, también en esto hay excepciones. Dinamarca tiene un sistema político que, frente el habitual parlamentarismo positivo -esto es, que el Ejecutivo tenga el apoyo explicito del Legislativo-, promueve el denominado parlamentarismo negativo. Esto hace que mientras el parlamento no esté explícitamente en contra, un gobierno pueda ejercer el poder en minoría. Ejemplo: la anterior coalición danesa, formada por los socialdemócratas, el Partido Social-Liberal y el Partido Socialista Popular, era un gobierno en minoría, pero legisló sin problemas gracias a los apoyos externos, pero estables, de la Alianza roji-verde y un puñado de parlamentarios independientes.

Las coaliciones son un mal menor

En el centro y norte de Europa las coaliciones forman parte de la normalidad parlamentaria. La búsqueda del consenso es un valor en sí mismo y está tan arraigada que a veces se busca el pacto incluso cuando no es estrictamente necesario. El caso más extremo de esta conducta lo protagonizó Konrad Adenauer, historico canciller conservador alemán, que tras dos legislaturas al frente de la república federal formó un gobierno de coalición en 1957 con un pequeño partido pese a haber logrado la única mayoría absoluta que se ha registrado en democracia en Alemania, tras lograr un 50,2% de los votos.

Los socios minoritarios acaban en la irrelevancia

La realidad nórdica demuestra que eso no tiene por qué suceder. Los partidos en Suecia, Finlandia y Dinamarca sufren altibajos a lo largo de su trayectoria, pero no se debe a su ranking dentro de la coalición gubernamental, sino a su cuota de satisfacción de las expectativas creadas. Cierto es, sin embargo, que los socialdemócratas alemanes se resintieron electoralmente tras su segunda gran coalición (2005-2009) con el bloque conservador de Merkel, una recaída de la que aún no se han recuperado totalmente.

El líder de Syriza, Alexis Tsipras, junto a Pablo Iglesias durante un mitin en el centro de Atenas (Reuters).El líder de Syriza, Alexis Tsipras, junto a Pablo Iglesias durante un mitin en el centro de Atenas (Reuters).

Las coaliciones no pueden ser contra natura

Falso. En los 70 años de democracia en Austria, tan solo trece no han sido de grandes coaliciones entre conservadores y socialdemócratas. Otro ejemplo que niega la mayor son las tres grandes coaliciones que se han dado en Alemania, dos de ellas con Merkel. Conservadores y socialdemócratas en Berlín han sabido aparcar sus diferencias ideológicas y sentarse a acordar un pacto de legislatura con una combinación de elementos de ambos programas que luego se han implementado (en gran medida).

Pero los germanohablantes no son casos únicos. En Suecia gobierna en minoría desde octubre de 2014 el socialdemócrata Stefan Löfven, con los verdes en el Ejecutivo y el apoyo externo de la Alianza, un conglomerado de centroderecha. Este bloque ha salido a socorrer al gobierno para tender un cordón sanitario que anule en la práctica al tercer partido más votado, el ultraderechista Demócratas de Suecia. Y en Grecia, el primer ministro izquierdista Alexis Tsipras ha decidido, en las dos elecciones que ha ganado en este 2015, aliarse con el nacionalismo de derechas cuando tenía varias opciones numéricamente viables a menos distancia en el arco parlamentario.

Los pactos requieren penosas negociaciones

No siempre. En países como Italia y Grecia los partidos suelen adentrarse en una coalición tras una primera exploración en la que se abordan más intenciones y voluntades que puntos programáticos concretos.

En Alemania, por el contrario, las negociaciones para llegar a un detallado pacto de legislatura pueden prolongarse durante meses tras las elecciones, pese al consiguiente vacío de poder. En un primer sondeo, se exploran las posibilidades y luego se entra en un sesudo debate en el que se cierra un detallado contrato para los cuatro años de mandato que delimita las posiciones concretas que defenderá el nuevo gobierno y muchas de las leyes que sacará adelante. El último acuerdo entre conservadores y socialdemócratas costó tres meses de intensos diálogos y se reflejó en un documento de 185 páginas.

Fuente: ElConfidencial.com