¿Por qué los argentinos están obsesionados con los dólares?

El escaparate deja ver apenas un pequeño expositor con un par de sortijas y algún colgante. El resto es opaco, adornado con una suerte de antiguo ...

El escaparate deja ver apenas un pequeño expositor con un par de sortijas y algún colgante. El resto es opaco, adornado con una suerte de antiguo mapamundi. Al acercarse el visitante a la entrada, desde dentro le abren y le indican que puede atravesar la puerta que se encuentra al fondo de la sala. Al atravesarla le atenderán: dólares por pesos, pesos por dólares, euros, reales, hasta yuanes. Estamos en una ‘cueva’, un establecimiento donde se venden y compran dólares al precio que marca el mercado negro. Aunque son ilegales, y desde hace dos años el Gobierno cierra alguna cada cierto tiempo, algunas, como esta, se hallan en una de las calles más transitadas de la capital porteña.

Es frecuente que las cuevas estén disfrazadas de joyerías, negocios de compra de oro, peluquerías e incluso puestos de flores. También están los ‘arbolitos’, como se denomina a quienes atraen clientes en plena calle, sobre todo en la concurrida Florida, en el atestado microcentro porteño. Incluso hay quien lo entrega a domicilio: en un país donde existe ‘delivery’ para casi cualquier cosa, desde un kilo de helado hasta un tarro de dulce de leche, no podía faltar el servicio a domicilio del billete verde.

El ambiente es de incertidumbre con respecto al tipo de cambio. La próxima Administración, que tomará el poder en noviembre o diciembre -en función de si es necesario ‘ballotage’- deberá decidir qué hace con el tipo de cambio: si fuerza una brusca devaluación y acaba así con la brecha cambiaria, como ha prometido el conservador Mauricio Macri, o si opta por una devaluación más pausada y menos traumática, como prefiere el oficialista Daniel Scioli. En cualquier caso, los argentinos afrontarán una devaluación de su moneda en los próximos meses, así que los pesos queman en los bolsillos. Y ya quemaban antes: con una inflación que ronda el 25% anual, no hay banco que ofrezca un interés semejante. Ahorrar en pesos implica perder dinero.

Según estima el Indec (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), los argentinos mantienen fuera del sistema financiero nacional una suma equivalente a 190.676 millones de dólares, en su mayoría no declarados en el país. Este total incluye cuentas en el exterior, en cajas de seguridad, acciones, bonos y otros activos, y dólares guardados “en el colchón”. Es nada menos que el 40% del PIB nacional.

Fue este drenaje del ahorro interno el que quiso frenar el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner cuando, en 2012, comenzó a aplicar restricciones a la compra de dólares: llegaba el llamado “cepo cambiario”, negado por la Casa Rosada pero muy presente en el día a día de los argentinos, que deben afrontar una interminable burocracia para solicitar su cupo de “dólar ahorro” al precio oficial o para pedir “dólares turista” si prueban que van a viajar al exterior.

El candidato conservador Mauricio Macri saluda a simpatizantes durante un mitin en Buenos Aires. (Reuters)El candidato conservador Mauricio Macri saluda a simpatizantes durante un mitin en Buenos Aires. (Reuters)

Una pasión argentina

En Argentina, la pasión por el dólar cruza edades y clases sociales. El común de los argentinos vive pendiente de la cotización del dólar y las clases medias ahorran en esa divisa, entre otras cosas, porque el mercado inmobiliario se mueve en dólares. Y en efectivo: para comprarse una casa en Argentina, uno va con una bolsa cargada de billetes. Y es que la obsesión por el dólar viene acompañada por la devoción por el billete. Es un objeto de deseo, casi un fetichismo, pero no es una obsesión arbitraria, sino el refugio de un pueblo que ha vivido frecuentes periodos de hiperinflación y cíclicas devaluaciones, y que tiene aún muy reciente el corralito que, hace poco más de una década, dejó a las clases medias sin sus ahorros.

La compra de dólares es cosa de las clases medias y altas: las elites dolarizan sus ganancias y las llevan al exterior; las clases medias los guardan debajo del colchónSegún el ensayo ‘Estoy verde. Dólar, una pasión argentina’, publicado por Alejandro Bercovich y Alejandro Rebossio en 2013, en plena escalada de la cotización ‘blue’, las raíces de este fenómeno datan de 1975, cuando el Gobierno de Isabel Perón decidió devaluar la moneda un 100%; la inflación se situó a ese mismo porcentaje y, hasta 1990, solo un año el incremento de los precios bajó del 100%. Fue entonces cuando los argentinos se acostumbraron a cambiar los pesos por dólares en cuanto recibían su salario; ahí surgió la figura del arbolito. En aquel momento,cuando la moneda perdía valor cada día, incluso las clases populares cambiaban su dinero a dólares. Hoy, la compra de dólares es cosa de las clases medias y altas: las élites dolarizan sus ganancias y las mandan al exterior; las clases medias guardan sus dólares debajo del colchón.

En la raíz del problema, según el economista Gustavo Busso, de la Universidad Nacional de Río Cuarto, está el carácter cíclico de la economía argentina: “Con cada proceso de crecimiento económico se aceleraban las importaciones y, como consecuencia, empezaban a escasear los dólares, y las clases dominantes argentinas empujaban una devaluación”. Esa tendencia a la devaluación obligó a la gente común a refugiarse en el dólar. En 2013 había entre 1.200 y 1.300 dólares por persona en Argentina, sostiene Busso. Con todo, ese mercado negro es marginal en comparación con la fuga de divisas a través del mercado legal de bonos y acciones. El ‘dólar blue’ es la anécdota; pero es una anécdota que afecta de lleno a la cotidianeidad de los argentinos.

Pero, ¿hay atraso cambiario? ¿Exagera ‘Clarín’ (el diario más vendido, agresivamente antikirchnerista) o miente el Gobierno? Hay medios que proponen recurrir a la prueba del Big Mac: el curioso ‘ranking’ de ‘The Economist’ que detalla el precio de la hamburguesa en diferentes países del mundo. Si bien la revista británica ha excluido a la Argentina de su índice, no faltan economistas en Argentina dispuestos a hacer el cálculo y concluyen que la sobrevaluación del peso es del 50%; es decir, que el cambio en el mercado paralelo es más real que el cambio oficial.

Cristina Fernández de Kirchner durante un homenaje a los soldados caídos en la Guerra de las Malvinas. (Reuters)Cristina Fernández de Kirchner durante un homenaje a los soldados caídos en la Guerra de las Malvinas. (Reuters)

Inversiones insólitas

El billete verde no es la única opción. Hay quien prefiere comprar oro o plata, un negocio también al alza en la ‘City’ porteña; otros escogen atesorar mercancías diversas, desde objetos de colección, como camisetas de fútbol, hasta bebidas caras. Una de las últimas modas, según ha publicado el diario ‘La Nación’, es comprar whisky del bueno: la bebida se ha convertido el el nuevo “oro líquido” al incrementar su valor por encima de inversiones tradicionales como propiedades inmobiliarias y metales preciosos.

Entre julio de 2014 y julio de 2015, el valor del whisky de importación en Argentina aumentó un 90%. Si el inversor sabe qué comprar, la rentabilidad puede ser del 130% anual y en dólares, según los analistas de ‘La Nación’: hay que invertir en ‘single malt’ con 12 años o más de añejamiento, comprar “verdaderas piezas de colección” como un Johni Walker Blue Label, que cuesta unos 10.000 pesos (957 euros al cambio oficial, unos 590 euros al ‘blue’).

Un panel con los tipos de cambio en el distrito financiero de Buenos Aires. (Reuters)Un panel con los tipos de cambio en el distrito financiero de Buenos Aires. (Reuters)

Desabastecimiento en el súper

Los más hedonistas prefieren gastárselo. Mejor disfrutarlo que perderlo. Los argentinos optan por viajar al exterior -sobre todo, a Brasil- cuando el cambio les favorece. También optan por atesorar mercancías de todo tipo: es bien sabido que la inflación incentiva el consumo; de ahí la llamada “espiral inflacionista”. Pero en Argentina se suma a esa dinámica la acción interesada de los oligopolios industriales y distribuidores: las empresas que controlan la producción y comercialización de productos básicos deciden, cíclicamente, retener cierta cantidad del ‘stock’. La consecuencia: estantes vacíos en el supermercado que generan ansiedad en el consumidor y lo incentivan a comprar masivas cantidades de aceite, azúcar o yerba mate.

Cada tanto, los supermercados limitan la adquisición de este tipo de productos a una o dos unidades por comprador. El fantasma del desabastecimiento convive en Argentina con la inflación y los arbolitos. Son diferentes caras de una misma moneda en la que siempre salen ganando los mismos: las élites que juegan y ganan y cuyas ganancias, dolarizadas, descansan tranquilamente en algún banco seguro, fuera del impredecible sistema bancario argentino. 

Fuente: ElConfidencial.com

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