¿Qué fue de la “escoria” de Francia?

El 27 de octubre de 2005, unas zapatillas ‘Converse’ negras y grises y otras ‘Nike’, de chico, aparecieron carbonizadas en un transformador eléctrico, en ...
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El 27 de octubre de 2005, unas zapatillas ‘Converse’ negras y grises y otras ‘Nike’, de chico, aparecieron carbonizadas en un transformador eléctrico, en la comuna francesa de Clichy-sous-Bois, al nordeste de París. Los cuerpos de dos críos, de 17 y 15 años, yacían a su lado, sin vida. Se llamaban Ziad Benna y Bouna Traoré.

Era un jueves de las vacaciones de otoño en Francia y hacía buen tiempo. Los dos chicos habían estado jugando al fútbol. Volvían a casa cuando vieron a la policía, que había sido alertada de un robo en la zona. Los dos adolescentes, de origen malí y tunecino, y otro amigo, Muhittin Altun, turco-kurdo, salieron corriendo, instintivamente. Los agentes les persiguieron y los chicos se refugiaron en un transformador eléctrico. Ziad y Bouna murieron electrocutados, en el acto. Muhittin perdió el conocimiento, pero sobrevivió. Diez años después, lleva manga larga hasta en la piscina, “para no asustar” con sus cicatrices, puntualizó tras el juicio, a la prensa. El litigio se alargó una década. Los dos policías, acusados de omisión del “deber de auxilio”, fueron absueltos el pasado mayo.

Estas dos muertes absurdas fueron el preludio de los disturbios que asolaron Francia en noviembre de 2005. Las causas subyacentes son más complejas. A ellas se sumaron las palabras del entonces Ministro del Interior de Francia, Nicolas Sarkozy, durante una visita a un suburbio, al noreste de París.

Sarkozy reiteró sus palabras unos días después, el 10 de noviembre, en la cadena France 2: “Son matones, escoria, insisto y lo ratifico”, porfió

Fueron solo tres frases ante las cámaras. El vídeo en ‘Youtube’ dura solo siete segundos. Los suficientes para encender una mecha que llevaba bastante tiempo prendida:“Vous en avez asses, hein?” (“Estáis hartos, ¿eh?”), vociferó Sarkozy, a unos vecinos que observan el revuelo de periodistas, en una terraza, durante su visita al barrio Val d’argent, en Argenteuil. “Vous (en) avez assez de cette bande de racaille” (“Estáis hartos de esa panda de escoria), continúo, exacerbado, elevando el tono. “Ben, on va vous on débarasser” (“Bien, os los vamos a quitar de encima”), resolvió.

Sarkozy reiteró sus palabras unos días después, el 10 de noviembre, en la cadena France 2: “Son matones, escoria, insisto y lo ratifico”, porfió, pero puntualizó que solo se refería a “una parte ínfima” de los jóvenes. En las afueras de París, muchos se dieron por aludidos.

Durante noviembre de 2015, en solo tres semanas, se incendiaron intencionadamente casi 9.000 vehículos en 274 ciudades francesas. El Gobierno declaró el estado de emergencia el 8 de noviembre de ese año. Hubo cerca de 3.000 arrestos. Los daños costaron unos 200 millones de euros, según el Ejecutivo. Cuando se cumplen 10 años de los disturbios de Francia de 2005, regresamos a las afueras de París para conocer la opinión de los jóvenes. ¿Qué ha cambiado y qué no, en una década?

Bomberos franceses trabajan en Cronenbourg, un suburbio de Estrasburgo, el 7 de noviembre de 2005 (Reuters). Bomberos franceses trabajan en Cronenbourg, un suburbio de Estrasburgo, el 7 de noviembre de 2005 (Reuters).

“Esperanza Periferia”

El centro de animación Curial, en el barrio de Crimée, está pintado en colores chillones: rojo, naranja y amarillo. Destaca entre los bloques de edificios del barrio, grises, uniformes. Goundo Diawara espera en un despacho. Su hermano es el director del centro. A sus 27 años, esta graduada en Ciencias Humanas y Sociales tiene un Máster en Ciencias de la Educación y trabaja como orientadora en un colegio de Garges-lès-Gonesse, una zona en el listado de lo que el Gobierno denomina “Zona de educación prioritaria” (ZEP). Viste una rebeca gris larga sobre unos pantalones negros de cuero, gafas de pasta y unos pendientes esféricos plateados que asoman bajo las largas trenzas.

Nacida en Francia, Diawara es hija de malíes (“de distinta etnia”, señala). Se siente afortunada: “Puede sonar un poco ingenua pero yo lo veo como una riqueza; Francia no”, dispara.

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​Para esta educadora, los disturbios de 2005 hicieron que algunos se diesen cuenta -“y yo lo lamento”, puntualiza- de que en los denominados ‘quartiers populaires’ (barrios populares) o despectivamente ‘banlieues’ (periferia), donde nació, creció y trabaja, “la situación tenía que explotar”. Dice que entonces “fue cuando el Estado se movió”. Reconoce que durante estos 10 años “ha habido cambios”, pero crítica que “han sido estéticos”. En su opinión, “ahora los suburbios están menos aislados, son menos feos”.

Diawara menciona el Plan ‘Espoir banlieues’ (Esperanza Periferia), “que inyectó dinero en los barrios” porque “algunos estaban abandonados desde los años 80, 90, y se habían convertido en guetos”. Pero para ella “no se ha formulado bien”, porque “otra vez, estigmatizamos a esa población y hablamos de las afueras como si todos los barrios fuesen lo mismo”, cuestiona. Dice que en cada sitio hay realidades distintas y que se debe hacer un diagnóstico antes de actuar. Tampoco cree que la mentalidad de la gente sobre estos barrios haya cambiado: “Hay muchísima confusión, ‘árabe’ es igual a ‘musulmán’, es una pesadez, es ignorancia”. “Para mí, ha sido como poner una capa de pintura”, critica.

Solo en 2014, se invirtieron en renovación urbana unos 500 millones de euros, cifraba “Le Monde Diplomatique” el pasado marzo. Pero el diario puntualizaba: “Unos 100 euros por cabeza de las 4.400.000 personas confinadas en los suburbios” que “no influyen apenas en sus trayectorias profesionales”. Hoy, en los suburbios franceses, la pobreza (36,5%) triplica a la del resto del país, y el desempleo (24,2%, en 2012) es el doble, según el Observatorio Nacional de Zonas Urbanas Sensibles.

La orientadora habla de la necesidad de comprender el contexto antes de actuar: “Yo misma no puedo estar molesta con las familias por no asistir a una reunión, porque sé que esa madre se levanta a las 5 de la mañana para limpiar un colegio”. “Los padres en estos barrios pertenecen a los oficios invisibles y eso hay que tenerlo en cuenta”, agrega. Anima a no dar nada por hecho: “Los padres tienen miedo de entrar a la escuela porque temen ser juzgados”, exclama, “porque la institución lo hace, la institución juzga”. Y sale a relucir el controvertido tema de la identidad: “En Francia, la escuela se pensó como una fábrica para producir franceses”, dice sin tapujos. “Y antes de meter esos valores en la cabezas de la gente, a la fuerza, hay que hacer que los vivan”.

Vecinos de Aulnay-sous-Bois, un suburbio del noreste de París, se manifiestan contra la violencia, en noviembre de 2005 (Reuters).Vecinos de Aulnay-sous-Bois, un suburbio del noreste de París, se manifiestan contra la violencia, en noviembre de 2005 (Reuters).

A vueltas con la identidad

Kouassi Faisca, de 34 años, vive a 10 minutos a pie de donde creció: Porte de Vincennes, un barrio popular de París, y asegura que ha visto “muchas obras de urbanismo” en la última década. Estaba en la capital durante los disturbios y cree que “fueron menos graves de lo que los medios hicieron creer”. Se define como un joven francés, soltero, que trabaja en la principal aseguradora del país, al que le gusta el rap, el pop y el reggae americano y no se decide entre el “Thiéboudienne” (un arroz rojizo con pescado) que prepara su madre, de Senegal, o la Boloñesa, como platos preferidos.

El joven está convencido que todas las personas que viven en Francia¡se sienten franceses!, aunque sea de manera inconsciente” pero que “la gente tiene un sentido de pertenencia a sus barrios, a sus ciudades, a sus departamentos y por lo consiguiente a Francia”. Y para él, “este debate de ser francés o de la identidad nacional no tiene sentido y es inútil”.

Nicolas Sarkozy, ya como Presidente de la República (2007-2012) creó el Ministerio de Inmigración, Integración, Identidad Nacional y Desarrollo

El debate sobre la identidad en Francia viene de lejos. Ya Kapuscinski, en su famoso libro ‘Ébano’, cuando habla de los combatientes africanos de la Segunda Guerra Mundial que al volver de Europa a África hicieron algunas demandas a las colonias francesas, aún sin solicitar la independencia, narra que “París rechaza la demanda. Con matices: será ciudadano francés solo aquel que sea educado en el marco de la cultura francesa, que se eleve hasta el nivel de la misma, el llamado ‘évolué’ (evolucionado)”.

Más recientemente, Nicolas Sarkozy, ya como Presidente de la República (2007-2012) creó el Ministerio de Inmigración, Integración, Identidad Nacional y Desarrollo, en 2007, con el objetivo, entre otras cosas, de promover la identidad nacional, y en noviembre de 2009 lanzó el Gran Debate Nacional para codificar “qué significa ser francés”.

Pero, ¿qué es ser francés, en una Francia laica con cinco millones de musulmanes? Jean-François Bayart, autor de ‘L’Illusion identitaire’ (Fayard, 1996), argumentaba en una entrevista en Le Monde’, en 2009, que el debate sobre la identidad nacional “no es bien recibido porque tiende a apoyar esta ilusión de que existen identidades naturales” y, al contrario, para él, “las identidades se tratan de lo que hacemos social, política y empíricamente, día a día”.

Jóvenes caminan sobre vehículos quemados en el suburbio parisino de Sevran, en noviembre de 2005 (Reuters)Jóvenes caminan sobre vehículos quemados en el suburbio parisino de Sevran, en noviembre de 2005 (Reuters)

Los que no son ‘Charlie’

El pasado enero, tras los atentados en el semanario satírico ‘Charlie Hebdo’, “millones de ciudadanos se sintieron ‘Charlie’, afortunadamente. Pero millones no. No son una mayoría ni musulmanes ni ‘descendientes de la inmigración’. Y casi todos ellos no tienen simpatía o indulgencia hacia los terroristas”, explica Patrice Cohen-Séat, en el diario ‘Humanité’ . Lo que, para él, “significa que lo que separa a unos de otros no tiene mucho que ver con el Islam, sino con la République”.

Cohen-Séat sugiere que “permitir que todo el pueblo, en su diversidad, se reconozca en la República requiere una reconstrucción”. “El mundo y la sociedad han cambiado”, explica. “Es una cuestión de proyecto político”.

“Creo que la historia de Francia es una historia de la migración y eso es lo que la hace rica”, conviene Clémence Cornac, una productora de efectos especiales digitales parisina. Durante los disturbios de 2005, ella vivía en los suburbios, concretamente en Orly, al sureste de París y rememora que durante unas semanas hubo toques de queda en Choisy y Orly y cortes de luz. Por entonces, trabajaba todo el día y dice que cuando llegaba a casa, en bicicleta, de noche, “todo estaba en total oscuridad durante kilómetros” y “extrañamente tranquilo”.

Lo que separa a unos de otros no tiene mucho que ver con el Islam, sino con la ‘République’ francesa

Cornac también cree que los medios de comunicación franceses y extranjeros “exageraron mucho la situación”. En diciembre de ese año viajó a Tailandia y recuerda que, una noche, en una pequeña ciudad turística, un estadounidense se le acercó y le preguntó “si estábamos en guerra en Francia. En su barrio, asegura que solo vio un contenedor ardiendo en una ocasión.

¿Qué cambios os gustaría ver en Francia en los próximos años?“, pregunto.

Para Diawara, la solución pasa indiscutiblemente por “la justicia”, “si algo tiene éxito es el reconocimiento de los jóvenes; necesitan que les tratemos bien, de manera justa” y eso, dice, supone desde el respeto en el aula al trato de la policía, o cómo se enseña Historia en el temario: “Francia no asume su historia, es suficiente con leer los nuevos programas”, exclama. Menciona que, hace unos años, se trataba de abordar en el programa los aspectos positivos de la colonización. Para ella, “todos somos los herederos de esa Historia” y eso debe quedar reflejado en los libros. “Por definición, la historia no puede ser lineal”.

A Kouassi Faisca le gustaría ver “más apertura” y “la inteligencia de que Francia acepta a todos sus franceses”. Y a Cornac, “ver igualdad de oportunidades reales de escolarización”. “No quito responsabilidad a los que cometen actos deplorables, pero estos jóvenes son también el producto de la sociedad francesa”, concluye.

Fuente: ElConfidencial.com