¿Qué hace un tanque en un templo budista?

El Wat Lak Muang, el principal templo budista de la provincia tailandesa de Pattani, apenas recibe ya fieles. Entre sus tranquilos jardines y sus blancos ...

El Wat Lak Muang, el principal templo budista de la provincia tailandesa de Pattani, apenas recibe ya fieles. Entre sus tranquilos jardines y sus blancos edificios, las ofrendas han sido sustituidas por fusiles de asalto y tanques de combate; y el color naranja de las túnicas de los monjes se ha teñido con el ocre y verde de los uniformes militares.

La puerta principal no está franqueada por el tradicional arco de entrada, sino por una garita de seguridad decorada con las fotografías de los terroristas más buscados. El Lak Muang no es una excepción en el sur de Tailandia, donde los wats (pagodas en tailandés) han sido tomados como bases militares por los soldados que luchan contra la insurgencia que resurgió hace 11 años.

La religión ha sido uno de los principales elementos de fricción en Pattani, Yala y Narathiwat, las tres provincias del sur de Tailandia fronterizas con Malasia donde la población es de mayoría musulmana frente a la religión budista que profesa el resto del país.

Sin embargo, la religión no es el único factor en la lucha por la identidad cultural del sur, donde la población ha visto amenazadas sus tradiciones musulmanas o el dialecto del malayo que se habla en la zona por las políticas centralizadoras de Bangkok que han intentado extender el budismo, practicado por el 95% de los tailandeses, y el idioma tailandés en la región.

En esta región, algunos niños acuden al colegio con escolta militar (Efe).En esta región, algunos niños acuden al colegio con escolta militar (Efe).

Conflicto enraizado

Las raíces del conflicto se remontan a principios del siglo XX cuando Tailandia anexionó el sultanato de Patani en un acuerdo con los británicos que se estaban expandiendo rápidamente por los territorios fronterizos. Los movimientos independentistas nacieron en los años 50, pero se apagaron en los 80 gracias a una política que dio mayor autonomía a la región.

Con la llegada de Thaksin Shinawatra al poder en 2001, se recuperaron las políticas centralizadoras y la violencia volvió a explotar en 2004. Desde entonces, las pequeñas bombas y las ejecuciones se han cobrado más de 6.000 víctimas en un goteo constante que cuenta víctimas casi cada día.

El Venerable Somnuek, abad en funciones del templo, pasa la mayor parte del tiempo en el área de rezo principal, una de las pocas estancias que no ha sido tomada por los militares. En el resto de salas, como se llaman estos lugares de reunión en tailandés, los soldados limpian sus armas o practican sus técnicas observados por las deidades que decoran las paredes. “Los militares dicen que así nos protegen. Pero yo no me siento más seguro con los soldados aquí, ellos son el principal objetivo de la insurgencia”, dice el abad.

Los templos son emplazamientos privilegiados para los soldados. “Son áreas espaciosas y no tenemos que pagar un alquiler por ellos“, asegura Phiraphong Wallaphathit, comandante de la Pattani Special Task Force 23, la más importante de la provincia y que se aloja en el Wat Lak Muang. Los templos suelen estar además situados en zonas estratégicas y a menudo están ya protegidos por muros que hacen más sencilla su defensa.

Soldados entrenan en los jardines del templo Lak Muang (Biel Calderón)Soldados entrenan en los jardines del templo Lak Muang (Biel Calderón)

La convivencia, sin embargo, no siempre es sencilla. “Si no permitimos que los militares estén aquí, nos acusarán de ayudar a la insurgencia”, dice el Venerable Somnuek. “No tenemos elección”, se queja el monje, quien ha visto cómo los 150 soldados destacados en el templo dejaban casi sin espacio a los 8 monjes que aún viven en el wat. Los soldados acatan las órdenes, pero no todos se sienten cómodos en la pagoda. “Se supone que este es un lugar de meditación. Es extraño que un soldado viva aquí”, asegura el capitán Rewat Jiangyee.

El chedi, una gran estructura blanca en forma de pirámide, es el principal motivo de disputa. La estupa, como también se conoce a estas construcciones, era antiguamente el principal lugar de culto del recinto, pero ahora se ha convertido en un centro de operaciones militar en el que las mesas y las pizarras con mapas tácticos han sustituido a las imágenes de Buda y las velas. “Sabemos que es un tema sensible y estamos intentando buscar un lugar alternativo para mover nuestra oficina”, dice el comandante.

Monjes asesinados en el Sur

Los militares comienzan el día, al igual que los monjes, con las primeras luces. A las seis de la mañana, varios grupos de soldados están preparados a la puerta del templo, con sus uniformes y fusiles, listos para escoltar a los objetivos más frecuentes de la insurgencia: los profesores, los funcionarios del Gobierno y los propios monjes. Las primeras horas de la mañana son las más peligrosas ya que los rebeldes aprovechan los trayectos a los puestos de trabajo para atacar a objetivos aislados.

En el caso de los monjes, es la melodiosa “ronda de las almas” o de las ofrendas la que resulta peligrosa. Descalzos y con sus boles plateados entre las manos, los monjes recorren por las mañanas las calles cercanas al templo, recogiendo los donativos de comida que realizan los fieles a cambio de una bendición en forma de cántico religioso.

Durante todo el camino, las túnicas azafrán están escoltadas por los hombres uniformados y recorren las zonas más peligrosas en los jeeps y tanques del ejército. “Claro que tenemos miedo de hacerlo, pero es nuestra obligación. Tenemos que dar la bendición”, explica Mahasuriyan Khemmayani, uno de los monjes más jóvenes del templo.

Soldados acompañan a un monje a pedir ofrendas (Biel Calderón)Soldados acompañan a un monje a pedir ofrendas (Biel Calderón)

Aunque no hay datos concretos de cuántos monjes han sido asesinados desde el inicio del conflicto, han sido uno de los principales objetivos de la insurgencia durante los últimos años. En el propio Wat Lak Muang, 4 monjes y 3 novicios han sido heridos, pero nunca han tenido que lamentar la muerte de ninguno de sus compañeros.

“Cuando un monje es asesinado en el sur, se enfadan prácticamente todos los budistas de otras regiones. Es parte de la campaña de la insurgencia para remover los sentimientos (en otras partes de Tailandia)”, asegura Srisompop Jitpiromsri, director de Deep South Watch, una organización independiente que ha supervisado el conflicto desde 2004.

Los monjes respiran ahora, sin embargo, más aliviados. El Gobierno y uno de los principales grupos rebeldes, el BRN (Barisan Revolusi Nasional o Frente Revolucionario Nacional en el idioma local), abrieron negociaciones de paz en febrero de 2013 que, aunque llevan más de un año estancadas, han reducido la violencia en las tres provincias sureñas.

El cambio de Gobierno hace un año tras un golpe de Estado del ejército tailandés lanzó dudas sobre el proceso de paz, pero el actual primer ministro y líder de la asonada militar, el general Prayuth Chan-ocha, ha asegurado que quiere reabrir las negociaciones con el BRN y que empezarán a retirarse tropas del sur tras once años de ley marcial.

Pero la paz puede llegar demasiado tarde para los monjes, en una región en la que cada vez quedan menos fieles budistas. “Temo el día en que no haya nadie que venga al templo“, asegura el venerable Somnuek. “Antes vivíamos todos en paz. Pero ahora la gente tiene miedo, ya nadie quiere vivir aquí”.

Fuente: ElConfidencial.com