Rafa Benítez, fútbol hasta en la cocina: “Vete ya de aquí, a ver si te contrata alguien”

Como cualquier técnico de élite forjado en el fútbol base, Rafa Benítez fue cocinero antes que fraile. Mucho antes de conquistar la Champions con el ...

Como cualquier técnico de élite forjado en el fútbol base, Rafa Benítez fue cocinero antes que fraile. Mucho antes de conquistar la Champions con el Liverpool, dos Ligas y una Copa UEFA con el Valencia, o el Mundial de Clubes con el Inter de Milán, el nuevo ‘jefe’ del banquillo del Real Madrid comenzó a quemar etapas camino de su sueño dorado guiando los pasos del juvenil B del Castilla en la vieja Fábrica. Han pasado 29 años y aquel sesudo e infatigable entrenador de la casa, siempre con un ordenador portátil a cuestas, ha sido capaz de cerrar ese círculo aplicando con éxito su metodología de trabajo en lugares tan dispares como el Nuevo José Zorrilla, el Francisco De La Hera, el Heliodoro Rodríguez López, Mestalla, Anfield, San Siro, Stamford Bridge, San Paolo… y el St. Bridget. Su interminable pasión por el deporte que le ganó para los restos cuando era un renacuajo le llevó a protagonizar, hace ahora cuatro años, un singular y poco conocido episodio que le devolvió durante unos meses a aquellos tiempos pretéritos en la antigua Ciudad Deportiva blanca, en los que muy a menudo desempeñaba más labores docentes que de técnico propiamente dicho. 

El largo período de inactividad que pasó entre su salida del Inter y el aterrizaje de emergencia en el Chelsea alteró notoriamente su ritmo vital, y también el de su mujer y sus hijas, que al fin pudieron disfrutar de su presencia de manera continuada durante casi dos años. Incapaz de quedarse un minuto quieto en la espectacular residencia que los Benítez poseen en Caldy, a 40 minutos en coche de Liverpool (con unas vistas de ensueño de la desembocadura del río Dee y el Mar de Irlanda), Rafa lo probó todo en busca de alguna actividad que colmara su apetito en el tiempo libre que le dejaban sus obligaciones familiares. Pero ni el curso de fotografía que realizó, ni los largos paseos con ‘Red’ (uno de sus cuatro perros), ni salir a correr cada mañana, ni las partidas de ajedrez (su otra gran pasión), de billar o de futbolín que echaba de vez en cuando con algún amigo que le visitaba, lograron paliar mínimamente los efectos de esa ‘droga’ que llega a ser para un entrenador el banquillo, por más que a veces llegue a producirle descargas eléctricas. “¡Claro que se echa de menos entrenar! Al principio te viene hasta bien parar, porque te relajas, te sacas el estrés y vas haciendo cosas que antes no podías. Pero poco a poco quieres ponerte otra vez en marcha, estar en el campo y dirigir entrenamientos”. Rafa me hizo semejante confesión cuando visité su torre de marfil inglesa en aquellas largas jornadas sumido en una sala de espera virtual, aguardando a que una escuadra de campanillas volviese a lanzarle al ruedo. 

Formaba los tenedores y cuchillos en un 4-2-3-1

Su inefable condición de técnico las 24 horas pudo más porque, como confesaba con esa simpática mueca suya de ‘uomo irriducibile’, “a veces te pasan cosas curiosas, como ponerte a organizar los cuchillos y los tenedores a tu mujer y acabar formando con ellos un 4-3-3 o un 4-2-3-1. Al final, te acaba echando de la cocina y te dice, vete ya de aquí, a ver si te contrata alguien‘”. Entonces, decidió dar un paso que difícilmente se plantearía otro entrenador de su misma condición: ofrecer sus servicios para dirigir a un equipo de niños en el colegio Saint Bridget’s, en el vecino pueblo de West Kirby, donde cursaba estudios su hija pequeña. “Venía siempre a buscar a Ágata y vi que alguna vez entrenaban por allí. Entonces pedí permiso al director de la escuela y luego a los entrenadores, que son dos padres. Y estaban encantados. Así que de vez en cuando te acercas, les ayudas en el entrenamiento, comentas con ellos algún detalle de cómo organizar la sesión o qué hacer para lograr objetivos, y luego trasladarlo a los partidos”, me contó mientras pisábamos el tupido ‘green’ sobre el que el flamante entrenador del Real Madrid volvió a ejercer de ‘cocinero’ para alimentar los sueños de su ‘manada’ de imberbes peloteros.

La espontaneidad y sencillez de sus jóvenes pupilos cautivaron de inmediato a un Benítez que esperaba como agua de mayo la llegada de cada viernes para volver a colgarse el silbato. “Lo que más me llama la atención es el respeto de estos niños, cómo te escuchan y cómo te preguntan, cosas a las que ya no estabas acostumbrado porque el fútbol profesional no tiene nada que ver. Y luego, en los partidos, la pasión con la que los viven y la inocencia con la que los afrontan, que creo aquí en Inglaterra es aún mayor”.

¿Profesional? No, padre de un alumno del colegio

Mientras hacía jueguitos con un esférico, Rafa me explicaba cuáles eran las consignas que les daba. “Depende de la edad, porque unos son de 9 años y otros de 11, y hay diferencia técnica y de capacidad para asimilar conceptos. Pero básicamente pasar y moverse, pasar y apoyar siempre, y estar a disposición del compañero para que puedan tener una cierta continuidad cuando tienen el balón”. Al preguntarle cómo les había ido en la liga, Benítez tiró de su habitual sencillez. “Bien. Se consiguieron buenos resultados, pero no le doy importancia a eso porque mi experiencia me dice que con el objetivo de ganar lo que pierdes es que el chaval progrese y mejore más de cara al futuro”. 

Una verdad a medias porque, como todo hijo de vecino, Benítez siempre quiere subir a lo más alto del podio antes que ocupar los cajones de abajo. Y sus expupilos, aunque no fueran de cuna madridista, también. La anécdota que reveló Rafa a renglón seguido no dejaba lugar a la duda. “Normalmente no iba a sus partidos, pero un sábado que estaba por casa, me pasé a verlos. Me coloqué en una esquina, para que no me vieran. Al descanso perdían 3-0 a causa de tres acciones idénticas: saque de banda largo, un chico muy alto que prolongaba hacia atrás, y gol. Uno de los padres se me acercó al descanso y me dijo que los chicos estaban llorando en el vestuario, frustrados por no saber cómo parar al grandullón, y que si no me importaba entrar al vestuario para calmarles. Les expliqué en la pizarra tres o cuatro cositas para tratar de bloquearle. Por suerte, la táctica funcionó y el partido acabó 3-4 para el Saint Bridget’s. Al acabar, todos vinieron a donde estaba para abrazarme y darme las gracias. Fue un momento mágico”. La ‘manita’ de Rafa, a todo esto, estuvo cerca de costarle cara al Saint Bridget’s. “El otro equipo se quejó al árbitro de que tenían un entrenador profesional, pero les dije que yo simplemente era el padre de un alumno del colegio”. 

Fuente: ElConfidencial – Deportes