“Sabemos que en Europa no es fácil, pero la preferimos a un país árabe”

La tatlafat, la tatlafat, warak mizafat. No mires atrás, no mires atrás, pues todo es oscuridad.  (Expresión que utilizan los sirios) ...

La tatlafat, la tatlafat, warak mizafat.

No mires atrás, no mires atrás, pues todo es oscuridad. 

(Expresión que utilizan los sirios)

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El hijo mayor de Abu Mohamed murió por el disparo de un francotirador en la provincia siria de Quneitra en marzo de 2013. Tenía 24 años. Sus padres, destrozados y temerosos de semejante desenlace para sus otros dos hijos, un joven de 23 y una chica de 18, decidieron volar a El Cairo y dejar atrás la miseria de la vida bajo las bombas. Así, se asentaron en un suburbio de Alejandría y pasaron a engrosar las estadísticas de refugiados. Ahora quieren dar un nuevo paso, cruzar el mar y llegar a Europa para comenzar, por fin, una nueva vida.

Según datos de ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), en Egipto hay unos 140.000 sirios, para un total de 270.000 personas refugiadas o en busca de asilo político. Sus mayores riesgos, según la misma ACNUR, son la detención arbitraria, el hostigamiento y la posibilidad de deportación, además de la dificultad de obtener permisos de residencia legal o el acceso a la educación y a tratamientos médicos avanzados. “Es probable que Egipto –prosigue la agencia– vea incrementado el número de personas que se arriesguen a llegar a Europa por mar, a través de redes de traficantes”.

El problema para Abu Mohamed es que no tienen dinero para embarcarse, ya que les piden entre ocho y diez mil dólares. Su familia de cuatro miembros sobrevive con las 600 libras (70 euros) que les da ACNUR, las 600 que gana el hijo trabajando en una fábrica cuatro días a la semana y los cuatro cupones de 120 libras que recibe cada miembro mensualmente para cambiar por comida. De las 1.200 libras que ganan en efectivo, 800 van a pagar el alquiler.

“Mi mujer, mi hija y yo podemos quedarnos aquí porque mi hija tiene visado de estudiante, pero a mi hijo se le acaba el suyo en dos meses y no sabemos qué pasará”, dice Abu Mohamed, preocupado. Ningún miembro de la familia tiene la residencia y el Gobierno egipcio no concede visados de trabajo a los sirios, con lo que la situación del hijo mayor quedará supeditada a las autoridades. Podrían deportarle a Siria, Líbano o Turquía. Además, no pueden traer a su otra hija, que estudia en Damasco, porque Egipto tampoco da ya visas a sirios en el aeropuerto.

Sabemos que el mar es peligroso, pero no podemos quedarnos aquí”, concluye Abu Mohamed, quien a sus 55 años pasa el día en casa viendo las noticias en un canal de la oposición siria. “¿Puedes ir a tu embajada y ayudarnos?”, apostilla.

Refugiados sirios y subsaharianos en una ceremonia por los inmigrantes muertos en el Mediterráneo, en Malta (Reuters).Refugiados sirios y subsaharianos en una ceremonia por los inmigrantes muertos en el Mediterráneo, en Malta (Reuters).

Sola en Alejandría

Noha, graduada en Traducción Inglesa, se quedó sin trabajo al poco de empezar el conflicto sirio. La empresa, que importaba material desde Europa, dejó de hacerlo y la joven, de 29 años, se vio en su casa de Damasco sin nada que hacer. “Discutí con mis padres cada día durante ocho meses en el desayuno, la comida y la cena para que me dejasen salir, hasta que cedieron”, cuenta. Noha ha ido trabajando aquí y allá, primero en una escuela, que tuvo que dejar porque “la directora era un monstruo”, luego haciendo traducciones y, más tarde, de voluntaria en una ONG.

“De algún modo, me arrepiento de haber venido”, reconoce Noha, quien, pese a no saber nadar y tenerle miedo al agua, también está decidida a embarcarse. “Me quiero ir porque no puedo traer a mi familia, no tengo la residencia y no puedo conseguir permiso de trabajo. Si tuviera la residencia, podría viajar y visitar a mi familia. La residencia es lo más importante”, asegura. Actualmente, Noha colabora en una pequeña asociación que intenta acercar a egipcios y sirios y proporciona a estos últimos, sobre todo a las mujeres, un lugar donde relacionarse.

Una joven refugiada siria preparar te en su tienda del campamento de Al Zaatari, Jordania (Reuters).Una joven refugiada siria preparar te en su tienda del campamento de Al Zaatari, Jordania (Reuters).

El bróker

Abu Baraa, al igual que Abu Mohamed, Noha y la gran mayoría de sirios que hoy viven en Egipto, llegó con su mujer y cinco hijos en tiempos de la presidencia de Mohamed Morsi, de los Hermanos Musulmanes. Tras el golpe de Estado del entonces general de las fuerzas armadas y hoy presidente del país, Abdelfatah al Sisi, en julio de 2013, la situación cambió radicalmente para ellos. Hasta entonces, recibían visado de turista en el aeropuerto y eran bienvenidos, incluso trabajaban, aunque no legalmente, sin que nadie les acosara. “Tras la masacre de Rabaa, los medios nos empezaron a acusar de apoyar a los Hermanos Musulmanes y nuestra situación cambió al 100%. Teníamos la culpa del incremento del precio de la vida, de los alquileres y de robar trabajo a los egipcios. ¡Incluso cuando llovía acusaban a los sirios!”, recuerda Abu Baraa.

Según un acuerdo con los traficantes, quien consigue a diez personas logra una plaza gratis en la patera

Fue precisamente tras el golpe y la masacre de Rabaa cuando los sirios empezaron a emigrar por el mar, al ver que el calor inicial de los egipcios se tornaba en odio. Abu Baraa envió a su mujer y a sus cinco hijos y ahora espera a que estos obtengan la residencia en Alemania, donde se encuentran, para intentar la reagrupación familiar legalmente. Abu Baraa cuenta que pagó por el viaje de su mujer, pero que para el de sus hijos de 13 y 14 años reclutó a diez personas más. Según un acuerdo con los traficantes, quien atrae a diez personas consigue una plaza gratis en la patera. Igualmente, si los niños son menores de once años, no tienen que pagar, asegura.

La familia de Abu Baraa intentó el viaje once veces hasta que al final consiguió llegar a Italia. Primero, una barcaza les trasladó a aguas internacionales, donde había un barco mayor esperando; después, bordeando la costa, llegaron hasta Libia, donde volvieron a cambiar de barco. En total, diez días de viaje, “incluidos dos días sin agua ni alimentos, donde el pequeño se puso enfermo”, cuenta.

“No pondré mi vida en manos de traficantes”

En su periplo egipcio, Mahmud tuvo que dormir dos días en la calle. También pasó una semana detenido cuando acudió al aeropuerto internacional de El Cairo a buscar su pasaporte, que había mandado a Turquía para extenderlo a través de la Coalición Nacional Siria, grupo político opositor al régimen de Bachar al Assad. Hoy su pasaporte está confiscado y las autoridades podrían deportarle en cualquier momento, pero, pese a todo, él no quiere cruzar el mar. “Quiero irme de aquí desesperadamente y estoy dispuesto a arriesgar mi vida, pero no estoy dispuesto a poner mi vida en manos de los traficantes”, cuenta el joven de 28 años.

Los ojos de Mahmud están cansados, rojizos y húmedos, pues pasa todo el día frente al ordenador. Se le nota ansioso, desesperado. Como Noha, también está solo en Alejandría. “No esperaba estar aquí tanto tiempo. Esperaba que las cosas mejorasen en Siria para poder volver. Ahora siento que tengo que tener paciencia”, dice con la mirada perdida. Al menos ha podido encontrar un trabajo relacionado con la informática (no en vano, estudió ingeniería informática, aunque no pudo acabar) y puede sobrevivir y pagar un alquiler, más allá del vale de 120 libras que le da ACNUR para comida.

“Seamos honestos, la sociedad egipcia tiene muchos problemas económicos, sociales y políticos. Todo lo que Egipto podría hacer es igualar los derechos de los sirios a los de los egipcios…. y ser egipcio, hoy en día, quiere decir sufrir”, reflexiona Mohamed Kashif, miembro de la Iniciativa Egipcia para los Derechos de las Personas (EIPR según sus siglas en inglés), una ONG local que trata de asistir legalmente a los refugiados en el país. 

Y es que Egipto, al contrario que Jordania, Turquía o el Líbano, no ha permitido que se alcen en su territorio campos de refugiados. Estos se mezclan con la población y deben pagar alquileres, por ejemplo, dificultando la tarea de las organizaciones humanitarias. Y el problema, como documentan EIPR, ACNUR y todas las organizaciones humanitarias, va en aumento. Cada vez llegan al país más refugiados a través de la frontera sur, procedentes de países como Eritrea, Sudán o Somalia, con intenciones de embarcarse hacia Europa. “Sé que en Europa no es fácil y que muchos países no nos ayudarían, pero lo sigo prefiriendo a un país árabe”, reflexiona Abu Mohamed mientras espera a que cambie su suerte y alguien le deje el dinero necesario para poder cruzar el mar.

*Los nombres de Abu Mohamed, Noha y Mahmud son ficticios, pues querían preservar su anonimato por temor a represalias.

Fuente: ElConfidencial.com