Seymour Hersh y la ‘otra’ muerte de Bin Landen: el pulitzer contra todos

“No retiro nada de lo que he dicho”, ha declarado Seymour Hersh a la revista Slate. A sus 78 años,  “Sy” Hersh ha vuelto a rocanrolear, aunque de manera ...

No retiro nada de lo que he dicho”, ha declarado Seymour Hersh a la revista Slate. A sus 78 años,  “Sy” Hersh ha vuelto a rocanrolear, aunque de manera extraña, ese mundo de alta costura que es el periodismo de investigación en Estados Unidos, la élite del sagrado “cuarto poder”.

Este reportero adusto ya era leyenda cuando Bob Woodward aún no se dedicaba al periodismo. Logró su primera exclusiva en 1969, al documentar la matanza de civiles vietnamitas a manos del ejército estadounidense en My Lai y ganando por ello un premio Pulitzer. En 2004, detalló para The New Yorker las torturas a prisioneros en la cárcel militar americana de Abu Ghraib, en Iraq.

En las casi cuatro décadas que median, Seymour Hersh publicó numerosas primicias internacionales, no todas igual de exitosas, que le valieron cinco premios Polk, dos National Magazine y un George Orwell. Su última bomba, publicada en London Review of Books, ha causado un fuerte oleaje en el mundillo del periodismo y la política. Por otros motivos.

El artículo desmonta la versión oficial del hallazgo y muerte de Osama bin Laden en Pakistán hace cuatro años. Según Hersh, la Casa Blanca no dio con el exlíder de Al Qaeda gracias al seguimiento de sus correos, sino por un soplón que se presentó en la Embajada de Islamabad para cobrar los 25 millones de dólares de recompensa.

Bin Laden habría estado bajo custodia de Pakistán, con financiación saudí, desde 2006, usado como rehén para mantener a raya a los talibanes. Cuando Washington se enteró, amenazó a Pakistán con cortar la ayuda externa si no entregaban al líder terrorista. Al final, los tres países acordaron que Estados Unidos lo mataría en una operación que el presidente Barack Obama, según Hersh, contó públicamente y con muchas mentiras para colgarse una medalla que le ayudase en las elecciones.

El texto fue despedazado por diversos medios debido a su escasa coherencia, la falta de pruebas físicas y, sobre todo, el uso de las fuentes. El “artista de la exclusiva” recurre 55 veces a la misma voz anónima, un funcionario de inteligencia retirado que conocía las primeras fases de la operación.

Hersh habla en el Fórum Al Jazeera, en Doha, en abril de 2007 (Reuters).Hersh habla en el Fórum Al Jazeera, en Doha, en abril de 2007 (Reuters).

El caso de la violación en el campus

Hersh hace alegaciones muy serias en este artículo”, explica por teléfono a El Confidencial Robert Dreschel, director del Centro de Ética Periodística de la Universidad de Wisconsin. “Propone un relato totalmente nuevo sobre lo que ocurrió dependiendo de un número pequeñísimo de fuentes. Y de la principal fuente no sabemos virtualmente nada”.

El profesor Drechsel recuerda el reciente caso de “A Rape in Campus”, el reportaje donde Rolling Stone narraba la violación en grupo de una joven estudiante de la Universidad de Virginia. La víctima, de la que habrían abusado seis miembros de una fraternidad durante una fiesta, sufría luego un frío aislamiento por parte de sus compañeros y del propio centro.

El artículo cosechó 2,7 millones de visitas. Cuando los medios nacionales y la policía indagaron en ello, no pudieron confirmar el relato. Rolling Stone se retractó, pidió disculpas y la pieza fue desacreditada por un comité de la Universidad de Columbia. Su autora, Sabrina Erdely, se había basado únicamente en el testimonio de la víctima, que aparecía con el nombre ficticio de “Jackie”.

“Las fuentes anónimas son valiosas para recibir pistas; pero hay que tener mucho cuidado si se llevan más allá”, dice a El Confidencial Fred Brown, profesor de ética periodística en la Universidad de Denver y covicepresidente de Society of Professional Journalists. “El anonimato es muy sensible y necesita la aprobación del editor”.

Un votante de Barack Obama con una camiseta sobre la muerte de Bin Laden, en Las Vegas, Nevada (Reuters).Un votante de Barack Obama con una camiseta sobre la muerte de Bin Laden, en Las Vegas, Nevada (Reuters).

Reputación de arisco

Otro factor es el propio carácter de Hersh, cuya fama de arisco ha vuelto a aflorar en las entrevistas concedidas esta semana. “Llevo muchos años en esto, ¿sabes?”, le dijo a un presentador de la CNN. “Y entiendo las consecuencias de decir lo que estoy diciendo”. A un reportero de The Washington Post le respondió “I don’t care” (“Me da igual”) cuando este le pidió un comentario sobre el artículo.

El editor de The New Yorker, David Remnick, otra vaca sagrada con un Pulitzer en el bolsillo, rechazó varias veces la historia por la fragilidad de las fuentes, lo cual le habría generado “mala sangre” con Hersh (los escritores del semanal, algunos de los cuales, como Gay Talese, rechazan por principio el uso de fuentes anónimas, tienen fama de lucir un ego bastante marcado).

Max Fisher, editor de Vox, identifica una deriva en la carrera de Hersh, un patrón de conspiraciones y exceso de anonimato en su trabajo reciente: “Sus historias, a menudo vastas conspiraciones en la sombra, han hecho acusaciones sorprendentes (y a menudo internamente inconsistentes), basadas en poca o ninguna prueba más allá de un puñado de ‘responsables gubernamentales’ anónimos”.

La leyenda del periodismo ya había suscitado perplejidad en otras ocasiones Durante una conferencia en el campus de la Universidad George Washington en Qatar, Hersh declaró que la Administración Bush, y ahora el ejército, dirigido en la sombra por un grupo radical conservador infiltrado por el Opus Dei y la Orden de Malta, planeaba extender el cristianismo en Oriente Medio.

Un cartel del FBI con el rostro de Osama bin Laden en el museo del 11 de septiembre (Reuters).Un cartel del FBI con el rostro de Osama bin Laden en el museo del 11 de septiembre (Reuters).

Visos de realidad en la historia

La Casa Blanca ha dicho que el texto “no tiene fundamento” y está lleno de “falsedades”. El Navy Seal Bob O’Neill, que presumió de haber matado él mismo a Bin Laden, también se pronunció. “Cuando me enviaron el artículo, creí que era una broma”, declaró en Fox News. “Estoy seguro de que mis amigos, a quienes dispararon y que casi recibieron balazos en la cara a través de las puertas, estarían en desacuerdo”.

No obstante, a medida que se desarrolla el debate, surgen voces que dan a Hersh el beneficio de la duda y corroboran parte de su investigación. La reportera de The New York Times Carlotta Gall, que cubrió Afganistán y Pakistán durante más de una década, otorga credibilidad a la parte del informante; ella misma, dice, supo de él, pero prefirió guardárselo por la dificultad de verificarlo.

Gall recuerda que desde que Barack Obama anunció la muerte de Bin Laden, las versiones oficiales de Estados Unidos y Pakistán han sido contradictorias en aspectos importantes que siguen sin aclarar. Washington asegura que Bin Laden estaba armado; Islamabad lo niega. Y varios periodistas siguen asombrados por localización de la guarida, a pocos minutos en coche de una academia militar, un cuartel y una base del servicio secreto; por la facilidad con que los helicópteros se adentraron en territorio paquistaní y lo mucho que tardaron las autoridades en llegar al lugar.

“Algo que ocurre cuando los periodistas escriben sobre alguien que ha publicado una exclusiva es que se da cierta envidia profesional”, dice el profesor Fred Brown. “Aquí puede haber algo de eso. Creo que los periodistas que le critican deberían tomar el asunto con un poco más de gravedad”. 

Fuente: ElConfidencial.com