Sólo el 'Podemos kurdo' puede evitar que Turquía se convierta hoy en 'Erdoguistán'

“Por la estabilidad”. “La Nueva Turquía está en camino”. “Comienza la segunda parte”. “En la unidad, más ...

“Por la estabilidad”. “La Nueva Turquía está en camino”. “Comienza la segunda parte”. “En la unidad, más poder”. Son los eslóganes que el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Recep Tayyip Erdogan exhibe estos días de campaña, todos ellos poniendo el énfasis en lo mismo: la necesidad de mantener el gobierno por el bien de una “Turquía fuerte”.

En los últimos meses, Erdogan ha violado repetidamente el juramento de imparcialidad que pronunció al acceder al cargo presidencial, haciendo campaña de forma más o menos descarada por el AKP en eventos electorales camuflados como inauguraciones de infraestructuras –que a menudo ya estaban inauguradas-, conmemoraciones históricas, o simples encuentros populares. También ha recurrido a la religión, y ha jugado la carta del populismo.

Y es que, por primera vez desde su llegada al poder hace más de una década, los islamistas del AKP se lo juegan todo en las elecciones de este domingo. Si consiguen más de 367 de los 500 escaños en el Parlamento, el partido podrá poner manos a la obra en la redacción de una nueva constitución que sustituya a la actual, que no es sino la impuesta por las autoridades militares tras el golpe de estado de 1980. Según el AKP, la sustitución de la Carta Magna concluiría la transferencia de poderes desde el ejército a las autoridades civiles.

Pero el cambio constitucional también tendría otras implicaciones: Erdogan, convertido en maestro de ceremonias absoluto del AKP, no oculta que su intención es modificar el sistema político para imponer un modelo presidencialista “fuerte”, en el que el Presidente de la República (él) dispondría de poderes casi absolutos.

“El cambio es inevitable. La construcción de una ‘Nueva Turquía’ es inevitable. Una nueva constitución y el sistema presidencialista son inevitables”, declaró recientemente el mandatario turco durante un mitin. Para muchos críticos, esto supondría la culminación de la transición hacia la dictadura.

Seguidores del partido de Erdogán (Reuters).Seguidores del partido de Erdogán (Reuters).

¿Dictadura?

Sin embargo, debido a la complicada matemática electoral turca, el resultado de estas elecciones podría ser el contrario. El partido kurdo HDP aspira a convertirse en la cuarta fuerza política dentro del Parlamento, para lo que tiene que superar una barrera electoral del 10 %, la más alta del mundo (impuesta por las mismas autoridades militares, precisamente para mantener a los nacionalistas kurdos fuera del Hemiciclo).

Si lo logra, el sistema político le otorgaría automáticamente un mínimo de 50 diputados, lo que no solo daría al traste con el proyecto presidencialista de Erdogan, sino que el AKP podría tener problemas incluso para formar gobierno en solitario.

Tampoco hay una coalición fácil a la vista: los líderes de los tres principales partidos de oposición (el Partido Republicano Popular, o CHP, de orientación secularista; el ultranacionalista Partido de Acción Nacional, o MHP; y el HDP) han jurado que no pactarán con el AKP ni apoyarán la iniciativa de Erdogan para la “superpresidencia”.

Tanto este como su primer ministro, Ahmet Davutoglu, han arremetido duramente contra el CHP y el HDP en los mítines, acusándoles de ser parte de una misma conspiración contra el gobierno en connivencia con “organizaciones terroristas”. No así contra el MHP, hacia el que han mantenido una retórica mucho más suave, probablemente con la esperanza de forjar una alianza con este partido si los resultados electorales le son más adversos de la cuenta.

Fuerzas de la policía anti-terrorista vigilan un mitin político en Estambul (Reuters).Fuerzas de la policía anti-terrorista vigilan un mitin político en Estambul (Reuters).

El efecto de la corrupción

¿Podría realizarse semejante pacto? Parece difícil, cuando el MHP ha basado parte de su campaña en la presunta corrupción gubernamental, que podría convertirse en el talón de Aquiles del AKP. Cuando este partido llegó al poder en 2002, lo hizo en parte ayudado por la idea generalizada de que los islamistas eran menos corruptos que sus oponentes.

Y en las anteriores elecciones de 2011, el enriquecimiento ilícito no se encontraba entre el rosario de críticas enarboladas por la oposición. Pero las operaciones anticorrupción de diciembre de 2013, que implicaron a decenas de personas del entorno cercano de Erdogan e hicieron tambalearse al gobierno, acabaron con esta percepción.

La reacción del ejecutivo fue fulminante: denunció las iniciativas policiales como una “intentona golpista”, apartó de sus cargos a miles de policías y fiscales, e incluso ha llevado a juicio a los principales responsables de la investigación. Además, las autoridades turcas han tomado la costumbre de abrir juicios contra aquellos que se atrevan a mencionar el tema, bajo la acusación de “insultar al presidente” o a otros funcionarios públicos.

Más de un centenar de personas han sido procesadas desde agosto por este motivo, y se enfrentan a penas de entre dos y seis años de cárcel. Los miembros y simpatizantes del partido insisten ahora en que se utilice la denominación oficial, “AK Parti”, con la esperanza de dejar un poso en las mentes del electorado (“Ak” significa “blanco”, “puro”, en turco), pero sin demasiado éxito. La cuestión de la corrupción ha entrado de lleno en el debate público.

El 67 % de los turcos cree que el nivel de corrupción se ha incrementado en los últimos dos años

Según un sondeo de la sección turca de Transparencia Internacional, un 67 % de los encuestados cree que el nivel de corrupción se ha incrementado en los últimos dos años, y un 54 % de ellos cree que seguirá aumentado en los dos siguientes.

Además, muchos basaron sus encuestas en su experiencia personal: el 28 % de ellos aseguró que se les había exigido pagar un soborno en los últimos 24 meses. “Aquellos que pagan sobornos mientras lidian con funcionarios en áreas de servicios básicos como salud, educación, seguridad y la judicatura entienden el proceso como parte de un procedimiento ordinario”, explica Oya Özarslan, directora de esta organización.

“La rapidez del gobierno a la hora de detener la investigación anticorrupción ha sembrado serias dudas en la sociedad sobre el que los sospechosos vayan a ser nunca llevados ante la justicia. La investigación, de una forma u otra, fue detenida, y los fiscales que la dirigían fueron apartados de sus cargos. La postura de las autoridades políticas podría alimentar la corrupción y el soborno. Está claro que el mensaje enviado por el gobierno al pueblo en este asunto es muy preocupante”, afirma Özarslan.

Durante la campaña, el MHP desplegó enormes carteles electorales que representaban el “AK Saray”, el gigantesco palacio presidencial construido por Erdogan, junto a la cifra de su astronómico coste: 1.370 millones de liras turcas (más de 460 millones de euros), y una leyenda: “No es un palacio blanco, es un palacio oscuro”.

El líder del partido, Devlet Bahçeli, ha prometido convertir el edificio en un museo si gana las elecciones. Los carteles fueron retirados dos semanas antes de las elecciones, ante la alegación, una vez más, de que suponían un “insulto al presidente”. Pero el mensaje puede calar en un electorado que comienza a ser consciente de que la situación económica no es ni mucho menos tan boyante como la presenta el gobierno.

El primer ministro, Davutoglu, visita una fábrica de helados (Reuters).El primer ministro, Davutoglu, visita una fábrica de helados (Reuters).

Los inversores, inquietos

“La confianza y el entorno para las inversiones está empeorando. La gente desconfía debido al comportamiento de los políticos. No hay un sector económico independiente, porque el gobierno interviene constantemente, y tampoco se desarrollan políticas a largo plazo para aumentar el crecimiento”, explica el doctor Ensar Yilmaz, profesor del Departamento de Economía de la Universidad Técnica de Estambul.

Los líderes políticos de Turquía están enfocados en políticas cortoplacistas, básicamente en el sector de la construcción, que es de donde viene el crecimiento, pero no de otros. Ahora, los líderes quieren cambiar las estructuras políticas, así que los inversores no saben qué va a pasar”, dice a El Confidencial.

En 2014, la economía turca creció a un discreto 2,9 por ciento, considerado insuficiente para absorber a las nuevas generaciones que se integran en el mercado laboral, y el país comienza a sufrir los efectos de su propia burbuja inmobiliaria.

El paro ronda el 11 por ciento, una cifra que, aunque positiva para los estándares regionales, es la más elevada en mucho tiempo, y supone un potente indicador de que la economía ha iniciado una “desaceleración acelerada”, como se vio forzado a admitir recientemente incluso el propio Erdogan, que calificó la situación de “crisis temporal que será superada”.

El paro ronda el 11 por ciento, una cifra que, aunque positiva para los estándares regionales, es la más elevada en mucho tiempo

Tampoco ayudan las salidas de tono del presidente, quien recientemente sostuvo un enfrentamiento con el gobernador del Banco Central, a quien acusó de “actitud traicionera” por negarse a bajar los tipos de interés, tal y como aquel le exigía. Durante semanas, con cada comentario de Erdogan al respecto, aumentaba la preocupación de los mercados por el intervencionismo del gobierno, y la lira se hundía un poco más.

“Otro problema es la incertidumbre sobre las tasas de cambio, expuestas a una gran volatilidad. Es importante para muchas cosas, como la inflación. Los comerciantes están muy preocupados con la situación actual, y hay muchas preocupaciones sobre el comportamiento de los políticos, básicamente del presidente. Las actitudes políticas son muy importantes para la inversión, así como el estado de derecho”, añade Yilmaz. Dos puntos en los que la “Nueva Turquía” suspende.

¿Se plasmarán estas preocupaciones en el voto? “En mi opinión, lo que va a afectar básicamente va a ser el desempleo, que aunque ha sido un problema desde hace bastante tiempo, es la primera vez que alcanza estos niveles. También el estancamiento va a tener un efecto. Eso va a ser determinante en el comportamiento político, aunque no sé hasta qué punto”, piensa Yilmaz. “Si el gobierno cambia, también aumenta la incertidumbre, así que mucha gente alega que no sabe si el que venga va a ser mejor”, indica.

Seguidores del 'Podemos kurdo' (Reuters).Seguidores del ‘Podemos kurdo’ (Reuters).

El “Podemos” kurdo, la clave de las elecciones

Pero el factor que lo determinará todo será la irrupción, o no, del Partido Democrático Popular (HDP) en el Parlamento. Su líder, Selahattin Demirtas, un carismático abogado de 45 años con un pasado como defensor de derechos humanos, ha prometido dimitir si no lo consigue.

La mayoría de las encuestas le otorgan entre un 10,5 y algo más de un 12 %, lo que le situaría dentro de la Asamblea. Pero algunos sondeos, especialmente aquellos difundidss por los medios progubernamentales, le dejan a las puertas, con poco más de un 9 %.

Hasta ahora, elección tras elección, los candidatos kurdos habían optado por concurrir como “independientes”, para los que el sistema electoral turco impone una barrera electoral mucho menor, de un 3 %. Pero los sorprendentemente buenos resultados obtenidos por Demirtas en las elecciones presidenciales del pasado agosto (un 9,3 %) ha animado a los responsables del partido a ir a por todas.

Para ello han optado por una estrategia de “frente amplio”, similar a la de otros partidos de izquierda en Europa, abriéndose a otras minorías aparte de los kurdos –incluyendo a candidatos como el armenio Garo Paylan, o la siria Aynur Özgun– y a colectivos como las feministas o los homosexuales. También han tratado de atraerse el voto de los intelectuales turcos de izquierdas descontentos con el resto de partidos, así como de los numerosos “indignados” tras la revuelta por el parque Gezi de hace dos años.

Turquía necesita normalizarse en todos los ámbitos, incluyendo el problema kurdo

Para ello, sin embargo, han tenido que superar la desconfianza que muchos de estos sienten hace los vínculos entre el HDP y la guerrilla kurda del PKK, que Turquía considera una organización terrorista. Según Demirtas, el HDP ha “superado” las políticas étnicas del pasado y se ha convertido en “un partido de toda Turquía”, para el que la cuestión kurda no es sino una entre muchas.

Turquía necesita normalizarse en todos los ámbitos, incluyendo el problema kurdo. La opinión pública en Turquía reconoce ahora la existencia de la cuestión kurda”, afirmó recientemente. “Debemos convencer a todo el mundo para que apoyen una solución sin armas”, aseguró. Como resultado, por primera vez en la historia, las banderas turcas han sido un elemento prominente en los mítines de un partido de base mayoritariamente kurda.

Una situación percibida con alarma en algunos sectores: desde el inicio de la campaña, el HDP ha sufrido más de sesenta ataques y atentados de diversa gravedad, incluyendo dos bombas simultáneas en las ciudades de Adana y Mersin, que provocaron seis heridos.

Banderas electorales en Estambul (Efe).Banderas electorales en Estambul (Efe).

Este viernes, una turba de ultranacionalistas atacó la comitiva del partido en la ciudad de Erzurum, hiriendo a cientos de personas e incendiando decenas de vehículos, uno de cuyos conductores sufrió gravísimas quemaduras. Pocas horas después, una doble explosión en un mitin en la ciudad de Diyarbakir, la capital de las regiones kurdas de Turquía, provocó al menos cuatro muertos y 184 heridos.

La diversidad geográfica de estos ataques –en una docena de ciudades diferentes en los cuatro puntos cardinales del país-, así como su intensidad creciente, apuntan a algún tipo de campaña coordinada, al menos hasta cierto punto. Los líderes del partido sostienen que se trata de un intento desesperado de provocar una reacción violenta que les acabe perjudicando en las urnas, y han hecho un llamamiento a no responder a las “provocaciones”.

Para ellos, la apuesta es también máxima: si el HDP se queda fuera del Parlamento, será muy difícil impedir los disturbios, lo que terminaría de hundir el ya agonizante proceso de paz entre el gobierno turco y el PKK. Y si regresa la violencia, el daño a la democracia será irreparable. El futuro de Turquía está en juego en las urnas.

Fuente: ElConfidencial.com