¿Trump o Drumpf? Tras los pasos del abuelo proxeneta del candidato

28.02.2016 – 17:25 H. Kallstadt es un pueblo anodinamente alemán. Con sus calles empedradas, sus casas blancas de vigas de madera al descubierto y su ...

28.02.201617:25 H.

Kallstadt es un pueblo anodinamente alemán. Con sus calles empedradas, sus casas blancas de vigas de madera al descubierto y su iglesia gótica con torreón oscuro. Situado a unos 60 kilómetros de la frontera con Francia, entre Heidelberg y Kaiserlautern, y con poco más de 1.200 habitantes, nada había logrado sacarlo hasta ahora de su somnoliento anonimato rural.

A los escasos turistas despistados, en la bodega Henninger o en el hotel Zum Weissen Ross (“del caballo blanco”), se les contaba, buscando logros, que la especialidad gastronómica local, una especie de callos, era el plato favorito del excanciller Helmut Kohl. O que Kallstadt producía el ‘riesling’ seco que se sirvió en la coronación de la reina Isabel II. Algún oriundo, incluso, tiraba de historia y añadía que aquel discreto pueblo fue la cuna del padre de Henry John Heinz, el inventor del ketchup. Pero ahora todo ha cambiado. Porque allí nació en 1869 Frederick Trump (originariamente, Friedrich Drumpf), abuelo de Donald Trump.

“De alguna forma esto ha elevado nuestra categoría”, asegura con una amplia sonrisa Adolf Sauer, un vecino sexagenario, en un documental de Spiegel TV sobre las raíces alemanas de Trump, el aspirante a candidato republicano a la Casa Blanca que está arrasando en las primeras primarias y caucus.

'Kings of Kallstadt', el documental sobre las celebridades de la localidad alemana‘Kings of Kallstadt’, el documental sobre las celebridades de la localidad alemana

Frederick Trump fue el cuarto de seis hermanos en el seno de una estirpe de agricultores con viñas de Kallstadt. Consciente de que nunca heredaría una porción de terreno suficiente para prosperar, abandonó muy pronto el negocio familiar y se formó como barbero. En 1885, con apenas 16 años, se embarcó hacia Nueva York, algo que hacían por entonces muchos alemanes -y hasta algunos parientes del joven-, huyendo de las turbulencias de la época en Europa. La leyenda local asegura que Frederick se fue sin avisar; que dejó una nota en la mesa de la cocina diciendo que se marchaba a América.

“Mi abuelo Frederick Trump vino a Estados Unidos en 1885″, asegura el propio Donald Trump en el documental “Los reyes de Kallstadt”, realizado por Simone Wendel, vecina del pueblo. “Se unió a la gran fiebre del oro, le fue genial. Amaba a este país”, añade el magnate inmobiliario reconvertido en político. La historia, sin embargo, tiene bastantes más matices y claroscuros, según el libro de 2001 “Los Trump: Tres generaciones que construyeron un imperio”, de Gwenda Blair, profesora de Periodismo en la Universidad de Columbia.

Atentiendo las necesidades de los mineros

Esta obra asegura que el joven Frederick pasó un tiempo en Manhattan, pero que pronto se trasladó hasta la ciudad de Seattle, en la costa oeste, donde abrió un restaurante. El instinto le llevó a seguir la entonces emergente fiebre del oro. Marchó hacia el norte y probó fortuna en varios asentamientos de buscadores de oro en Klondike, en el extremo occidental de Canadá. Su constitución no era especialmente robusta, así que descartó desde el principio el trabajo físico. A cambio se centró en atender las necesidades de los mineros.

Frederick Trump (Fuente: Wikimedia Commons)Frederick Trump (Fuente: Wikimedia Commons)

“Siguió a los buscadores de oro a Seattle y luego a Klondike. No buscó directamente oro sino que ganó dinero con los buscadores de oro. Abrió una posada en los que ofrecía alcohol y comida… y acceso a mujeres“, explica Blair en una reciente entrevista al Süddeutsche Zeitung. El comedor tenía unos habitáculos anexos separados mediante espesas cortinas, una especie de reservados relativamente privados, donde las prostitutas se encontraban con los clientes, describe la autora. Al parecer no fue el único hostelero que hizo caja con el sexo durante la fiebre del oro, pero sí uno de los pocos de los que se tiene constancia.

Desde el primer momento, Frederick no dudó en aceptar también que los clientes le pagasen con pepitas de oro si no tenían monedas. Así fue ahorrando y juntando una pequeña fortuna. Algunos vecinos de Kallstadt han contado a medios locales que el joven podía permitirse enviar regularmente dinero a sus hermanas, que para entonces ya habían emigrado a Nueva York, y que ellas ya empezaron a invertir en inmuebles.

Pasados unos años y con los bolsillos bien surtidos, Frederick regresó a Kallstadt para buscar esposa. La elegida, vecina de sus padres, fue Elisabeth Christ, a la que poco después de la boda se llevó de vuelta a Estados Unidos. Según algunas fuentes, incluido el libro de Blair, fue ella la que comenzó a invertir entonces en pisos y terrenos las remesas que le mandaba su marido desde el oeste, cabalgando de nuevo a lomos de la fiebre del oro.

Pero Elisabeth nunca encontró su lugar en Nueva York. Añoraba Kallstadt. Y tras muchas discusiones, la pareja regresó de nuevo a Alemania con la idea de establecerse definitivamente en su tierra natal. Pero la burocracia del entonces Kaiser Guillermo II se lo impidió. A pesar del dinero con el que llegaban, las autoridades acusaron a Frederick Trump de haber emigrado a América solamente para evitar el servicio militar obligatorio. Le denegaron la residencia, forzándole en la práctica a regresar a Estados Unidos, ya que el abuelo Trump había obtenido la nacionalidad durante su primer periplo por Norteamérica. En 1905, la pareja volvió a Nueva York, donde al año siguiente nacería su primer hijo, Fred, padre del futuro Donald.

Ser alemán en territorio enemigo

En la Gran Manzana les alcanzó la I Guerra Mundial. Y no fue fácil para una familia alemana. El odio contra todo lo germano era evidente y violento, especialmente desde que Estados Unidos entrase en la contienda en 1917. Se quemaron libros alemanes, las salchichas fráncfort empezaron a llamarse “hot dogs” y las hamburguesas pasaron a ser “Wilsonburguers” en honor del entonces presidente, Woodrow Wilson. A los varones alemanes en Estados Unidos se les prohibió subirse a aviones y barcos, y hasta 600.000 personas de esta nacionalidad fueron identificados por la policía.

Durante aquellos duros años, los Trump “se agazaparon para evitar sospechas”, explica Blair. No cambiaron de apellido, al contrario que muchos de sus compatriotas, y siguieron hablando alemán en casa. No renunciaron a su cultura, pero acallaron sus orígenes durante la tempestad. No obstante, “la amarga experiencia” dejó “cicatrices” duraderas en los hijos y nietos de Frederick y Elisabeth, asegura la autora. “Para cuando comenzó la II Guerra Mundial, Fred Trump ya contaba que tenía ancestros suecos“, añade.

El propio Donald, en su libro ‘El arte de negociar’ insiste en ese punto, asegurando que la familia de su padre provenía de Suecia. Sin embargo en 1990, al ser cuestionado a ese respecto, le aseguró a la revista Vanity Fair: “Mi padre no era alemán. Los padres de mi padre eran alemanes, suecos,… y un poco de toda Europa“. Más tarde le llegaría a decir a la cámara de Wendel: “Amo Kallstadt. Ich bin Kallstädter”. Trump en estado puro.

Donald Trump en 2005, en una rueda de prensa en la que propuso reconstruir las Torres Gemelas (Reuters)Donald Trump en 2005, en una rueda de prensa en la que propuso reconstruir las Torres Gemelas (Reuters)

En 1918, la oleada más mortífera de la gripe española se llevó por delante a Frederick Trump cuando sólo tenía 49 años. A cambio, dejo una bonita suma en herencia a su mujer, que de inmediato se propuso sacar buen provecho de aquel dinero. Elisabeth estableció una empresa, E. Trump e Hijos, dedicada en exclusiva a invertir en el sector inmobiliario. Los cimientos del imperio estaban establecidos.

Fred, ya el mayor de tres hermanos, siempre se sintió cómodo en este mundillo. Nada más graduarse entró en el sector de la construcción y para antes de que estallase la II Guerra Mundial estaba construyendo casas subvencionadas por el estado en los barrios neoyorquinos de Queens y Brooklyn. Tras la contienda, cuando se acabaron las ayudas públicas, Fred saltó a trabajar para los sectores más pudientes, pues ahí es donde entonces estaba el dinero. El negocio no paraba de crecer y crecer.

De tal abuelo, tal nieto

Además de acertar dándole a cada público lo que quería, el padre de Donald Trump supo dar varios pelotazos, como relata el libro “The Trumps”. Durante los años en los que construyó casas subvencionadas, Fred creó varias empresas pantalla con las que se alquilaba a sí mismo, y por precios desorbitados, las excavadoras y camiones que necesitaba, embolsándose la diferencia. Donald, su primogénito de cinco y favorito, no tardó en seguir los pasos de Fred en el negocio familiar. “Fred le enseñó a Donald muchas cosas y él era un muy buen estudiante”, considera Blair.

La autora de “Los Trump” ve semejanzas entre el abuelo alemán y el candidato republicano. En una entrevista con el canal Deutsche Welle señalaba que ambos son del tipo de personas “que harían cualquier cosa para seguir adelante y vencer“, que son “enormemente tenaces” y ” nunca abandonan”, pero que también están decididos a “hacer llegar el sobre (con el dinero) para esquivar las normas y encontrar los agujeros legales”.

Tumba del bisabuelo de Donald Trump en Kallstadt (EFE)Tumba del bisabuelo de Donald Trump en Kallstadt (EFE)
A su juicio, los mensajes xenófobos y racistas del nieto de Frederick tienen más que ver con lo que espera su audiencia que con una negación expresa de sus ancestros. Donald es “muy bueno en marketing”, asegura Blair, para señalar poco después: “No creo que las contradicciones le hayan afectado nunca. Se mueve para atrás y para adelante de forma muy fluida. Creo que es lo que menos le preocupa”.

No obstante, varios observadores han considerado extraño que pretenda levantar un muro entre Estados Unidos y México e impedir la entrada a todos los musulmanes en su país, conocedor de las idas y venidas de su abuelo. “Si a finales del siglo XIX y principios del XX hubiese habido en Estados Unidos una política de inmigración tan restrictiva como la que propone Trump, su propio abuelo no podría haber entrado la primera vez. O hubiese sido devuelto cuando Alemania lo expulsó”, argumentaba recientemente el columnista Leonid Bershidsky. Esto, sin embargo, no parece preocupar lo más mínimo a sus seguidores.

En Kallstadt, mientras tanto, apenas quedan vestigios de los Trump. En el cementerio local una discreta lápida de mármol gris recuerda al bisabuelo de Donald, el último de la estirpe que murió en suelo europeo. Luego está la pequeña casa donde Frederick vivió de niño, una vivienda individual de dos plantas y tejados inclinados, que ocupan ahora inquilinos que nada tienen que ver con el magnate estadounidense.

En Donald Trump tampoco se puede encontrar ningún signo de este anodino pueblo alemán de apenas 1.200 habitantes. ¿O quizá sí? No en vano a los vecinos de Kallstadt se les conoce en los alrededores como los “Brulljesmacher”, que en el dialecto local significa “fanfarrón”.

Fuente: ElConfidencial.com

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