Un camaleón en la Moncloa

16.03.2017 – 05:00 H. Era principios de marzo, pero ya se percibía una temperatura primaveral en Madrid. Despin consiguió que le prestaran un traje. Era de ...
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16.03.201705:00 H.

Era principios de marzo, pero ya se percibía una temperatura primaveral en Madrid. Despin consiguió que le prestaran un traje. Era de color oscuro, “con corbata y todo”, destaca. A la hora acordada, estaba justo delante de la puerta de la Moncloa. Le pareció inmensa. Los guardias de seguridad le miraron con curiosidad, y de pronto se sintió como un jefe de Estado. Algo nervioso, atravesó aquel umbral del siglo XVII dispuesto a hacerle llegar su proyecto al mismísimo presidente del Gobierno. Nadie sospechaba entonces que Despin llevaba más de sesenta días durmiendo en la calle. Que esa misma noche se quitaría el traje de color oscuro y se arroparía entre cartones bajo el Viaducto de Segovia.

La vida de Despin Tchoumke está llena de transiciones inesperadas. Este camerunés llegó a Europa hace diecisiete años. Su primer destino fue Francia. Había conseguido una beca para continuar sus estudios universitarios, pero al cabo del tiempo tuvo que renunciar por falta de dinero.

Lejos de rendirse, su instinto le animó a seguir intentándolo. Así que, atraído por los titulares que hablaban del milagro económico español, cogió un avión hasta Madrid. “No conocía prácticamente España, solo había leído noticias en las que decían que hacía falta mano de obra, que había oportunidades”, asegura.

Sin embargo, al salir del aeropuerto se dio cuenta de que estaba solo y no sabía ni por dónde empezar. Este fue el comienzo de una serie de vivencias que hoy Despin recoge en “Camaleón. La España del Extranjero”. Un libro en el que narra en primera persona las dificultades de empezar de cero en un país como el nuestro, de ser un camaleón. Porque -insiste- la palabra inmigrante no le gusta nada. “El camaleón es el animal que siempre toma el color del lugar donde se posa, es el animal que se adapta. La palabra inmigrante no me gusta, está cargada de significado negativo. Cambiemos ese término por el de camaleón, porque las personas que llegamos de otro país nos adaptamos a todo”.

Empezar desde la calle

Acababa de inaugurarse el año 2004 y Despin se encontraba perdido. No conocía el idioma, ni siquiera sabía dónde recurrir para pedir ayuda. Un compañero, también camerunés, le habló de un grupo de personas que dormían bajo el Viaducto de Segovia. En ningún momento se sintió decepcionado por la situación, lo vio como un paso natural. “Para construir una casa hay que empezar por los cimientos, no por el tejado. Yo traté de escuchar a la naturaleza, aceptar que tenía que empezar desde abajo”. Y así es toda su filosofía, la filosofía del camaleón que le ayudó a sobrevivir durante casi cuatro años durmiendo al raso.

Al principio eran pocos los que se refugiaban entre aquellos enormes pilares de hormigón, pero con el paso del tiempo se fueron sumando más. Hasta cien, asegura Despin, y no solo eran extranjeros. “También había españoles, gente que vivía una vida muy digna y que también acabó en la calle. Un día se me acercó un hombre español para pedirme quince céntimos. Me quedé muy sorprendido”.

Despin Tchoumke posa para una fotografía junto al Viaducto de Segovia. (Sergio González Valero)Despin Tchoumke posa para una fotografía junto al Viaducto de Segovia. (Sergio González Valero)

A escasos 400 metros del Palacio Real y bajo un puente por el que cada día cruzan cerca de 20.000 turistas, se fue configurando al ritmo de la rutina una comunidad bien organizada y sostenida sobre precarios lazos de solidaridad entre sus miembros. “Estábamos bien organizados, la gente era tranquila y limpia. Íbamos cada mañana a asearnos y lavar la ropa a la Casa de Baños. Luego trabajábamos ayudando a aparcar los coches en los alrededores del puente. Nos rotábamos para que todos pudieran ganar algo de dinero”.

Los inviernos siempre eran complicados. “Con el frio las pasábamos canutas”, recuerda. Entonces, eran los vecinos y algunos voluntarios de varias ONG los que les llevaban mantas y algo de comida caliente. Pero los peores momentos, insiste Despin, era cuando recibían la visita de la policía. “A veces eran educados”, apunta y se acuerda del día anterior a la boda real de Felipe y Letizia en la Basílica de la Almudena. “El jefe de la policía vino a pedirnos que nos fuéramos del puente, pero luego nos dijo que podíamos volver cuando pasara la boda”.

Otras veces, sin embargo, no eran tan respetuosos. “Muchas noches llegaban y nos echaban a la fuerza. Rompían nuestras cosas y las tiraban a la basura. A veces nos llevaban a comisaría porque la mayoría no teníamos papeles. Tengo compañeros que acabaron internados en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) o que fueron deportados”.

Aún con todo, su actitud se mantenía imperturbable. “Aprendí que hay que adaptarse a lo bueno y a lo malo. Hay momentos malos que a la larga son buenos porque te hacen crecer. Yo intentaba animar a mis amigos, trataba de darles esperanza. Había muchos que estaban muy mal”. Precisamente por eso, Despin Tchoumke decidió dar el siguiente paso: montar su propia ONG desde la calle.

Una invitación para la Moncloa

“Tenía una fe tremenda”, reconoce el propio Despin trece años después. Lo cierto es que en aquel momento se creía capaz de todo. “Un fraile me preguntó ¿cómo vas a crear una ONG sin tener un techo?, ¿cómo vas a ayudar a la gente? Yo le respondí: moralmente”. Su intención era asesorar a inmigrantes recién llegados a España, enseñarles qué pasos debían dar, darles sus primeros consejos como la importancia de empadronarse o de estudiar español. Lecciones que él tuvo que aprender sobre la marcha.

Aún recuerda, por ejemplo, cómo en la calle se ponía a escuchar con atención las conversaciones y luego repetía los sonidos fonéticamente. Más adelante, un cura le enseñó a leer y escribir. “Necesitaba aprender a escribir porque quería mandarle una carta a Aznar”, afirma con rotundidad y no habla en broma.

Despin escribió una carta al entonces presidente del Gobierno, José María Aznar. En ella le pedía ayuda con el proyecto de la ONG. “Yo no quería dinero, solo pedía un local para poder atender a la gente”. Contra todo pronóstico la carta llegó a su destinatario. Despin se la entregó en mano. “Me acerqué a él durante un acto en Valencia, creo que le pareció algo extraño pero se rió. Le dijo a los guardaespaldas que me dejaran pasar, cogió la carta y me dijo que con mucho gusto me contestaría”.

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Pero no lo hizo. Así que Despin volvió a insistir y escribió un segundo mensaje. Ahora, con una dirección clara en el sobre: “Avenida Puerta de Hierro, sin número. Palacio de la Moncloa”. Esta vez, sí recibió respuesta. “Me invitaron a ir allí, a la Moncloa”, rememora aún sorprendido. Fue entonces cuando aquel día de principios de marzo pidió un traje prestado y se dirigió a la casa del presidente del Gobierno. No tenía quien le llevara, así que caminó durante casi una hora desde la Puerta del Sol hasta solo unos metros antes del Palacio. Una vez allí, cogió un taxi para recorrer el escaso trecho que faltaba. Le costó tres euros pero quería causar una buena impresión.

“Al final no me atendió Aznar, pero sí me recibió el Secretario de Presidencia. Le conté mi proyecto y me prometió que me ayudarían”. El local no llegó nunca, pero él aún guarda la satisfacción de haber pisado la Moncloa cuando vivía en la calle. “Si lo hubieran sabido…”, ríe.

La estrategia del camaleón

Fue durante aquellos años, aún bajo el Viaducto, cuando empezó a usar hojas sueltas para escribir sus reflexiones e historias. Nada le hacía imaginar que acabarían convirtiéndose en un libro, pero cambió su suerte. Gracias a su facilidad para los idiomas consiguió un trabajo en el Aeropuerto de Barajas. Debía atender en la sala VIP a los pasajeros de primera clase, personas muy diferentes a aquel Despin que se bajó del avión en 2004. Con un contrato fijo en la mano, era el momento de que el camaleón volviera a mudar la piel y abandonara la calle.

“La naturaleza nos reserva muchas sorpresas. Por eso, cuando me fui del puente tampoco me alegré demasiado, simplemente lo acepté. Siempre estoy preparado para que ocurra cualquier cosa, ya sea bueno o malo. Ahora mismo sé que en cualquier momento podría volver a la calle y estoy preparado”, explica Despin y añade “el problema de la abundancia es que nos olvidamos de que también existe la escasez”. Una lección que le habría venido muy bien a España en estos últimos años.

Sobre esto también habla Despin en su libro. Asegura haber sido un testigo privilegiado de dos Españas muy distintas: la boyante y la crispada por la crisis. Desde su mirada extranjera analiza en “Camaleón” qué hemos hecho mal. “Los españoles se han acostumbrado demasiado a lo bueno. Lo que deben hacer ahora es aprender de esta etapa. Yo hablo en mi libro de la felicidad porque yo siempre he sido feliz, también en la calle. La clave está en saber aceptar y valorar qué es lo importante”.

La seguridad, para este escritor, es solamente una ilusión. Por eso recuerda que, si bien varios de sus compañeros del Viaducto encontraron una vida mejor, algunos nunca llegaron a salir y otros muchos recayeron. “He aprendido que en la vida cualquier persona, ya sea pobre o millonario, se puede llegar a encontrar en la calle. Por eso hay que adaptarse a lo que la naturaleza nos depara”. Es la estrategia del camaleón y, según él, es válida para todo tipo de pieles.

Fuente: ElConfidencial.com