Un refugiado se quema a lo 'bonzo' en Idomeni para pedir que abran las fronteras

22.03.2016 – 13:55 H. Llevaban desde ayer protestando para que abrieran las fronteras, eran 50 hombres  que habían tomado las vías y la situación se había ...

22.03.201613:55 H.

Llevaban desde ayer protestando para que abrieran las fronteras, eran 50 hombres  que habían tomado las vías y la situación se había vuelto desesperada. Hoy uno de ellos se ha prendido fuego para que sus quejas fueran oídas y sus compañeros han podido sofocar las llamas, según ha explicado a Efe la policía de Macedonia Central. El incidente ha enervado los ánimos; los refugiados dicen estar determinados a continuar ocupando la línea férrea hasta que logren su objetivo y hoy muchos se concentran en el lugar donde ha ocurrido el suceso y se unen a la protesta, relatan testigos en las redes sociales. 

En las últimas semanas las protestas de refugiados y migrantes se han multiplicado, no solo en Idomeni, sino también en el puerto del Pireo, donde cerca de 5.000 personas se agolpan en los pabellones habilitados como centros de acogida y en tiendas de campaña.

El purgatorio de Europa

Un paisaje de tiendas de campaña de fina tela hasta donde alcanza la vista. Y, tras ellas, muchas más. Alguna instalación un poco más sólida de las ONG. Y después, más tiendas. Muchos de esos pequeños bultos verdes y azules con niños correteando a su alrededor ajenos al drama que viven. El ‘campo’ de refugiados de Idomeni es, además de un espejo de los peores defectos de la Europa nacionalista, un lugar que parece poder desaparecer por una de las numerosas ráfagas de viento que descienden desde las rudas montañas balcánicas sobre la llanura fronteriza.

Los refugiados pueden ver muy cerca Macedonia, el país que hasta hace pocas semanas atravesaban sin dificultades y que era mero trámite en su camino hacia el norte de Europa. Nadie se lo impedía. Después, ya se sabe: llegó la doble valla y las patrullas con refuerzos -esta vez sí, solidaridad- de países de la UE.

Tras el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, los refugiados de Idomeni solo pueden esperar que su situación empeore. La frontera con Macedonia cerrada, el Estado griego ni está ni se le espera y dependen para su día a día de las ONG. Hombres y mujeres deambulan sin nada que hacer por la grava de la pequeña carretera que atraviesa lo que antes eran solamente tierras de labranza o por el barro -por fin- seco estos últimos días, después de que la lluvia haya dado una tregua y el sol ha pegado fuerte apaciguando el cortante frío.

Grecia acoge ahora mismo con más de 48.000 refugiados y 12.000 solamente en el campo de refugiados de Idomeni, donde el ambiente es cada vez más irrespirable. Surgen disputas, como las de los sirios -considerados en Europa como migrantes ‘de primera’- y los afganos, de los que muchos de los propios sirios dicen que no tienen un verdadero motivo para estar allÌ. Al caer el sol, tal y como sucede en el puerto ateniense del Pireo, en el otro extremo del país, hay peleas nocturnas en algunas tiendas. No terminan con heridos, pero aumentan el resentimiento. Cada día que Bruselas no ofrece una solución al campo, se eleva el riesgo de que el polvorín explote. Muchas personas se ven sin propósito y sin futuro.

Un refugiado sirio y su familia en torno a una fogata cerca de la frontera entre Grecia y Macedonia, en Idomeni (Reuters).Un refugiado sirio y su familia en torno a una fogata cerca de la frontera entre Grecia y Macedonia, en Idomeni (Reuters).

Por otro lado, las manifestaciones en la vía del tren -una cicatriz que parte Idomeni por la mitad- pidiendo que se abran las fronteras han disminuido, quizás porque su letanía solo era escuchada por un muro de agentes de policía griegos, que se limitan a repartir folletos en los que se lee “las fronteras están cerradas” en griego, árabe y farsi y se explica que el Gobierno heleno quiere reubicar a los migrantes en otros campos.

Pero la reubicación entra en la cabeza de pocos. Un sirio que desertó del Ejército de Bashar al Asad cuenta que su familia lleva cinco años viviendo en un campo de refugiados en el Líbano y que no piensa en volver a Turquía. Su único objetivo es reunirse con un amigo que vive en Alemania para que éste le consiga un trabajo y escapar del tortuoso camino que ha terminado en Idomeni: varado en una tienda de campaña barata con apenas una pocas pertenencias, un poco de tabaco, unas mantas y su inseparable teléfono móvil. No hay joven en Idomeni que no tenga un teléfono inteligente, porque para los refugiados la información es poder: nunca se sabe cuándo van a abrir la frontera inesperadamente, piensan muchos.

Esto lleva en muchos caso a que crezca la rumorología -alimentada por otro lado por la ausencia de información oficial– que hace subir y caer el ánimo de los refugiados como una montaña rusa. Un día parece, y ellos lo cuentan entusiasmados, que van a trasladar a los sirios a cuatro paÌses europeos (entre ellos los soñados Alemania y Suecia) y, al siguiente, esa esperanza se desvanece y aparece otra nueva, que normalmente lleva a la frustración.

Los más jóvenes son adictos a encontrar esa ‘esperanza’: ‘roban’ wifi de las casetas de las ONG y se conectan a los medios árabes o a la BBC para enterarse de qué está pasando, de qué será de ellos. También está la opción de preguntar a las decenas de periodistas que hay cada día en el campo. Aunque muchas veces la respuesta es decepcionante: los medios tampoco saben qué sucederá a continuación.

Y hay una razón para ello. Incluso desde la comodidad del hotel, la actitud de Bruselas es confusa. Un acuerdo en vigor entre los países miembros impele a los países europeos a acoger a 160.000 refugiados de los llegados a Europa, una cifra exigua comparada con el número total de los que han cruzado el Mediterráneo (solo en Alemania hay un millón). Sin embargo, nadie lo cumple. Los socios europeos solo han sido capaces de ‘acomodar’ a apenas 700 de ellos. El sistema de cuotas no está funcionando a pesar del llamamiento del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, para que los 28 muestren por fin su cara más solidaria, una petición que ha caído en saco roto.

Un migrante que espera para cruzar la frontera entre Grecia y Macedonia espera en el campamento de Idomeni, el 9 de marzo de 2016 (Reuters).Un migrante que espera para cruzar la frontera entre Grecia y Macedonia espera en el campamento de Idomeni, el 9 de marzo de 2016 (Reuters).

La noche en Idomeni no es solo para dormir: conforme el sol se oculta pandillas de jóvenes se organizan para tratar de saltar la doble valla que les separa de la brutal policÌa de Macedonia y de, esperan, el norte de Europa. Aprovechan la oscuridad, cuando la concertina no brilla amenazadoramente. Las ONG reciben en sus clínicas a algunos de quienes han tentado a la suerte; regresan golpeados, con huesos rotos, moratones… tras haber sido capturados por los macedonios y devueltos a Grecia. Sin juicio o posibilidad de pedir asilo. No se conocen las cifras de los que consiguen burlar a las autoridades vecinas, pero sean muchos o pocos la esperanza de cruzar es más fuerte que el miedo a recibir una paliza. Muchos se apuntan cada noche a esta lotería.

Hay un pequeño atisbo de normalidad, de vida cotidiana, en los puestos improvisados que los propios migrantes montan con unas cuantas cajas de cartón. En ellos venden productos -¿procedentes de repartos? ¿Comprados y revendidos?– de primera necesidad, como pasta o conservas, aunque también los hay de baterÌas de móvil y material electrónico. Los ‘comerciantes’ realizan su actividad discretamente, sin anunciarse, salvo en el caso de los vendedores de tabaco. Esos publicitan a voz en grito su mercancía, buscando clientes entre refugiados, voluntarios y periodistas.

También florecen los servicios más variopintos en medio del aparente caos. Por ejemplo, los peluqueros, que cortan el pelo con apenas una silla de mimbre como mobiliario y en medio del campo abierto. Siempre tienen clientes esperando. O los puestos para cargar de móvil con decenas de enchufes alimentados por un generador de gasoil. Estos son los pasatiempos de Idomeni, donde la vida pasa lenta, desocupada, y al mismo tiempo con la tensión de que, en cualquier momento, la situación pueda cambiar. En cualquier momento habrá que coger los bártulos y salir corriendo en un hueco en la frontera, o alguien perderá la esperanza y se marchará con los traficantes. Siempre hacia el norte.

Fuente: ElConfidencial.com