Una historia de fe

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Salimos del trabajo con la bufanda en el bolsillo, nerviosos como un niño con un secreto. Por un lado disimulando (porque nos íbamos antes) pero a la vez muriéndonos de ganas de que alguien nos preguntara algo.

Nos pusimos la misma chaqueta que llevábamos cuando eliminamos al Barça en cuartos de la Champions hace dos años. Bajamos por Pontones y observamos que la gente estaba más seria que de costumbre en las terrazas. Paramos en el Mercadito a comprar el bocata, con ese charcutero que te pregunta cuántos les vamos a meter. “Con uno vale, joder, con uno vale”. Vimos a las peñas bajar de los autobuses, y al llegar al instituto público Gran Capitán nos preguntamos por qué no había una foto de Gabi colgando de la fachada.

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Fueron llegando todos. Fede, que se fue a vivir a Canarias pero viajó para el partido. La chica que grita cada vez que fallamos un pase. El tipo que se fuma un cigarrillo por minuto en las segundas partes. Ese tío que iba a nuestro colegio y que se sienta diez filas más atrás. También estaba en la grada Fernando, el rubio de Fuenlabrada que vio la liga del Doblete sentado en la escalera porque no habia sitio.

Los señores de pelo blanco, con la camiseta de Gárate comprada en la tienda oficial. Las chavalas con la camiseta de Koke comprada en AliExpress. Los abuelos, las madres, y una niña con la bufanda subida hasta la nariz, “que por la noche sube humedad del río”. A las nueve menos cuarto estaban todos en su sitio.

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Tardamos un poco en saber quién era quién porque ni el Atleti iba de rojiblanco ni el Barça iba de azulgrana. Pero enseguida reconocimos a los nuestros: eran los que jugaban a ritmo de Leño. Corre, corre, corre, que te van a echar el guante… Remate de Gabi con la zurda que se va alto. Hiciste en los billares la primera comunión (corre, corre)… La pone Filipe y Griezmann remata a las manos del portero. Eres un fugitivo y nada vale tu opinión (corre, corre)… Carrasco se cruza el campo entero y parada de Stegen. Estamos en el juego, somos su preocupación… ¡GOL!

Sí, “GOL”, con tres letras, porque en el estadio la gente no está para perderse en filigranas de locutor de radio derrochando óes. El gol de grada no se canta, se grita en seco. Es un desahogo, un petardazo que deja olor a goma quemada. ¡GOL!

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Después llegó el descanso. Papel de plata y AC/DC por megafonía. Ahí pensamos en mandar un whatsapp a nuestro amigo alemán de la Erasmus, hincha del Bayern, para decirle que iríamos a visitarle en semifinales. Alto. Hicimos justamente eso la semana pasada antes de entrar al Camp Nou y pasó lo que pasó. Guardamos el móvil.

La segunda parte, con el Barça atacando, se prolongó durante un periodo de tiempo estimado en 23 años. Para cuando empezamos a atisbar que quedaba poco partido, la niña de la bufanda subida hasta la nariz ya se había licenciado en ingeniería industrial y el ministro Soria había dado diecinueve ruedas de prensa con versiones distintas sobre los Papeles de Panamá.

En esas estábamos cuando Sergi Roberto encaró a Filipe Luis en el lateral del área del Atleti. Lo que pasó a partir de ahí no está claro. Cuentan que se vio al brasileño robar el balón limpiamente y echar a correr por la banda convertido en un fogonazo que crecía y crecía, hasta que todo a nuestro alrededor fue una cegadora luz blanca.

Mientras nos agachábamos protegiéndonos los ojos en lo que parecía una explosión nuclear, comenzó a correr el rumor de que la jugada había acabado en penalti a favor del Atleti. Nos abrazamos. Vibraba la electricidad en el aire. En los mástiles de las banderas brotó el fuego de San Telmo. Se lanzó el penalti. Y ahí fue cuando petaron los plomos.

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Los cronistas madrileños lo llamaron “el gran apagón del sur”. La sobrecarga de energía eléctrica generada por la afición atlética en ese segundo dejó sin suministro al Calderón y a los barrios de Arganzuela, Carabanchel y gran parte de Usera. Se fundieron a negro las teles de los bares, se calentaron las cervezas en las tiendas de los chinos y una vecina de la calle General Ricardos tuvo que meterse en la cama sin poder secarse el pelo.

Los cinco minutos que faltaban se jugaron, pues, a oscuras. El Barcelona sólo podía atacar a bulto, tanteando cuerpos, dando palos de ciego. Quizá por eso no le vieron.

En la penumbra, pocos se dieron cuenta de que Arteche había saltado al campo para colocarse entre Godín y Lucas, y que era él quien despejaba los balones aéreos. Y antes de que Neymar pudiese entender por qué sus centros no encontraban rematador, Griffa ya estaba en el punto de penalti sujetando a Piqué. El Barça insistía, un gol les bastaba para la prórroga, así que Luis nos pegó un grito y bajamos todos: primero Manolo Briñas y Margarita Luengo, y después los demás. Los que viajaron a Heysel en el 74, los que vieron a Hasselbaink fallar el penalti en Oviedo, los que siempre están ahí. 50.000 atléticos metidos en el área achicando balones hasta que el árbitro pitó el final.

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Fuente: ElConfidencial – Deportes