Víctima de su propio éxito, Islandia estudia poner límites al turismo

10.04.2017 – 05:00 H. – Actualizado: 19 H. Hielo y volcanes, géiseres, impresionantes cascadas, auroras boreales, enormes ballenas y, sobre todo, ...
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10.04.201705:00 H. – Actualizado: 19 H.

Hielo y volcanes, géiseres, impresionantes cascadas, auroras boreales, enormes ballenas y, sobre todo, kilómetros y kilómetros de naturaleza virgen, pura, incontaminada. Visitar Islandia es casi como poner pie en otro planeta. Una experiencia única que, hasta no hace mucho, sólo unos pocos podían contar. En estos últimos años, sin embargo, la isla se ha convertido en uno de los destinos más demandados del planeta.

Escenario de películas taquilleras y de series de éxito como Juego de Tronos, Islandia está de moda. Si en 2009, recibía 464.000 turistas, en 2017 se espera que la visiten 2,4 millones. Sólo en los dos primeros meses de este año, ya ha recibido casi un 60% más que en el mismo periodo de 2016, lo que supone una barbaridad numérica para un país de tan solo 331.000 habitantes y, sobre todo, un crecimiento exponencial en un lapso de tiempo demasiado corto.

El sector turístico es ya el principal motor de la economía. Gracias a él, el año pasado, el PIB creció un 7,2%, un ritmo trepidante para un país que hace menos de 10 años sufría una de las peores crisis financieras de su historia. Arruinadas por el desplome bancario, muchas familias han encontrado en el turismo el modo de salir adelante. Los guías que ofrecen rutas personalizadas se han multiplicado como setas, mientras que otros han descubierto un buen negocio alquilando sus viviendas a través de plataformas como Airbnb. Hay, incluso, quien ofrece su lavabo a los apurados turistas por 3 o hasta 4 euros.

Aglomeraciones y degradación de la naturaleza

Pero con el nuevo maná también han llegado los problemas. “El país no estaba preparado y esto ha llevado a las peores situaciones”, lamenta Edward Huijbens, del Centro Islandés de Investigaciones Turísticas, en declaraciones a El Confidencial. Aglomeraciones, suciedad y degradación de la espectacular naturaleza de la isla son algunas de las desagradables consecuencias que está trayendo consigo el boom.

En un país cuyo mayor encanto es contemplar sus impresionantes paisajes de hielo y lava en solitario, sin que nadie interrumpa esos mágicos momentos de unión personal con la naturaleza, ahora es casi imposible sacar una foto con tranquilidad, al menos, en los principales enclaves. No hace tanto que la isla era visitada mayoritariamente por unos pocos aventureros con ganas de perderse en la inmensidad de sus paisajes y explorar a fondo el terreno. Ahora, en cambio, quienes aterrizan son hordas de turistas que, en unos pocos días, se contentan con ir pasando fugazmente de un lugar a otro haciendo selfies.

Turistas se hacen un 'selfie' en Geysir, Islandia (Reuters).Turistas se hacen un ‘selfie’ en Geysir, Islandia (Reuters).

No es país para turismo de masa

“Los verdaderos entusiastas de nuestra salvaje naturaleza, que suelen ser los más comprometidos y respetuosos con el medio ambiente, se han ido o se limitan a visitar las regiones del norte, menos pobladas y conocidas“, señala Huijbens, que no duda en advertir que, si las cosas siguen así, “Islandia acabará convirtiéndose en un destino turístico de masa”.

La propia ministra de Turismo, Thordis Kolbrun Reykfjord Gylfadottir, admitía hace unos días que “el sector y todos nosotros tenemos que cuidar de no convertirnos en víctimas de nuestro propio éxito“. Lo declaraba en una entrevista con la agencia Bloomberg, señalando que la masificación podría arruinar la experiencia de los visitantes, sobre todo en las áreas con ecosistemas más sensibles. “Si permitimos el acceso a más gente en este tipo de parajes, acabaremos perdiendo lo que los hace tan especiales, perlas únicas de la naturaleza que forman parte de nuestra imagen y de lo que estamos vendiendo”.

Huijbens, por su parte, remarca que “la degradación del medio es ya una seria preocupación“. “Tanto tránsito conlleva que la frágil flora sub-ártica sea pisoteada, creando caminos en los paisajes por los que luego corre el agua erosionando todavía más el terreno”. Las formaciones naturales más sensibles son las zonas volcánicas recientes, cuyos cráteres se descomponen fácilmente. Éstos, de hecho, suelen ser uno de los atractivos más lamineros para los visitantes, que a veces se llevan pedazos de roca volcánica a casa, algo que está totalmente prohibido.

La falta de infraestructuras, como basuras y lavabos, hace que también se acumule la suciedad. Papeles, latas, plásticos de todo tipo perturban la vista en parajes que hasta hace nada se habían mantenido impolutos. Hartos del problema, algunos pueblos han decidido poner límites al número de pernoctaciones, como Kirkjubæjarklaustur, cuyos residentes no podrán acoger a más de 10 turistas en su propiedad, además de garantizar plazas de aparcamiento para todos y el buen comportamiento de sus huéspedes.

Gonzalo Toca

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Turistas irresponsables y temerarios

El asunto lleva generando debate desde el verano de 2015, cuando la prensa se hizo eco de la irreverente conducta de algunos turistas, que habían empezado a defecar justo donde se encuentran las tumbas de dos importantes poetas islandeses, en el emblemático Parque Natural de Thingvellir. El episodio fue el punto de partida de un sinfín de denuncias, como la de la irresponsabilidad de un grupo de jóvenes británicos, que tuvieron que ser rescatados por los servicios de emergencia hasta tres veces mientras exploraban el interior del país. Las intervenciones de la Asociación Islandesa de Búsqueda y Rescate se han multiplicado en los últimos cinco años, así como los accidentes de tráfico, la gran mayoría causados por extranjeros. Cuentan, incluso, de un turista chino que falleció tras ser arrollado mientras contemplaba una hermosa aurora boreal en medio de una carretera.

Hay quien ha comparado el actual boom turístico con la burbuja bancaria que acabó sumiendo al país en la ruinaMás allá de la imprudencia de algunos, los expertos subrayan que el Gobierno debería invertir en la mejora de las carreteras y los servicios en los lugares más visitados. Consciente del problema, el Ejecutivo se propone subir los impuestos sobre el turismo para financiar este tipo de medidas y, de paso, reducir el número de llegadas. También se está discutiendo la posibilidad de limitar el acceso a los lugares más sensibles, aunque “todavía no existe un análisis de cuánta es demasiada gente”, detalla Huijbens. De hecho, si se compara con otros destinos, Islandia todavía no alcanza ciertos récords. Este año, por ejemplo, “ha recibido unos siete turistas por habitante, mientras que Mallorca, el año pasado, llegó a 20”.

Repartir mejor el flujo por todo el país

En su opinión, lo que falta es una estrategia nacional que, entre otras cosas, consiga repartir mejor el flujo por toda la isla. “El país es grande y, mientras la demanda se concentra en el suroeste, en la región de Reikiavik, hay otras regiones que sufren una acusada estacionalidad”, destaca. Una solución, por ejemplo, pasaría por admitir vuelos internacionales en otros aeródromos, como el de Egilsstaðir, en el este, o Akureyri, en el norte, un plan que aliviaría la presión sobre la capital y sus alrededores, y ayudaría a promocionar otras zonas menos conocidas.

Sea como sea, la transformación económica llega en un periodo delicado, en el que la isla necesita encontrar un modelo sólido, duradero y suficientemente diversificado para no volver a depender demasiado de un sólo sector, como ya pasó con la pesca y, más recientemente, con las finanzas. De hecho, hay quien ha comparado el actual boom turístico con la burbuja bancaria que acabó sumiendo al país en la ruina hace escasos años. Aunque, escarmentados por este último episodio, parece que los islandeses afrontan la nueva situación con más realismo y ganas de reconducirla a tiempo, antes de que sea demasiado tarde.

Fuente: ElConfidencial.com