Volver a casa por Ramadán… aunque esté en la 'capital' del Estado Islámico

Omar apura ansioso el último cigarrillo junto a la ventana de la habitación, dentro de un hotel deslucido frente a la antigua ciudadela de Erbil. Describe ...

Omar apura ansioso el último cigarrillo junto a la ventana de la habitación, dentro de un hotel deslucido frente a la antigua ciudadela de Erbil. Describe este último año como quien narra un delirio: pesadillas, soledad, indigencia… Las canas han cubierto su cabellera, las arrugas han endurecido su rostro y su mirada ha perdido el brillo propio de un joven de 28 años. Hace un año que Omar huyó de Mosul tras la invasión de los yihadistas, un año que ha pasado lejos de su hogar y de su familia. Tras dos meses sumido en una profunda depresión, dice que no aguanta más: “Es hora de volver a casa por Ramadán”.

El mes sagrado del ramadán son fechas de “recuerdos con la familia”, en las que Omar pasaba cálidas jornadas en el lago de la presa de Mosul, donde ahora está el frente contra los yihadistas. “Puedo hablar con ellos cada dos semanas”, explica, “conducen hasta las afueras para buscar cobertura y evitar las escuchas de Daesh (acrónimo árabe de ISIS)”. Su padre sigue al frente del mismo puesto de fruta, su madre mantiene buen estado de salud. Pero sabe que la vida en Mosul ya no es como antes: sus cuatro hermanas han tenido que acostumbrarse a los guantes y al niqab (manto que cubre íntegramente el cuerpo y deja los ojos a la vista). “Cualquier desliz, como fumar un cigarrillo”, dice, “puede llevarte directo al patíbulo”.

El joven viste pantalones cortos y luce un tatuaje en la muñeca. Con nostalgia, recuerda su vida “liberal” en los días previos al Califato. Dice que bebía alcohol con los amigos hasta altas horas de la madrugada y que se relacionaba con las chicas jóvenes de su edad. Su padre temió la rebeldía del muchacho y le ordenó que huyera en coche al Kurdistán. Desde entonces, ha ido alternando distintos trabajos en Erbil, en restaurantes, hoteles e incluso como cantante en un musical. Pero la depresión le impide cumplir sus horarios y por eso ha decidido emprender un viaje de vuelta a su ciudad.

Un combatiente kurdo observa posiciones del ISIS cercanas a Mosul desde la línea del frente (Reuters).Un combatiente kurdo observa posiciones del ISIS cercanas a Mosul desde la línea del frente (Reuters).

“Intentaremos esquivar los controles de Daesh”

A las cinco de la mañana, Omar espera en el garaje público de Erbil. En un taxi compartido, viajará durante ocho horas rumbo Bagdad. Solo 90 kilómetros separan a la ciudad kurda de Mosul, pero los soldados peshmerga tienen bloqueados los accesos, cercanos al frente de batalla. Así, el joven debe iniciar su camino de regreso al hogar desde el sur. “Lo que antes era un viaje de 40 minutos, ahora se hace en tres o cuatro días dando toda la vuelta al país”, comenta.

Pero Omar es consciente de los riesgos que implica su plan. En el trayecto hacia la capital, algunas de las localidades están bajo el control de las milicias chiíes. “Si me piden mi identificación y ven que soy de Mosul y suní, creerán que soy de Daesh y pueden detenerme…”, asegura. Una vez en Bagdad, su primo le prestará los 300 o 400 dólares que exige el traficante que le llevará hasta su ciudad. “Después, caminaré a pie hasta la entrada de Ramadi, donde me he citado con mi contacto”, asegura. En coche, se introducirán en el territorio que dominan los yihadistas del Estado Islámico.

Tengo miedo. Si descubren que escapé en junio me someterán a torturas e interrogatorios. Si no me sueltan en tres días, me ejecutarán en el mercado

“Recorreremos el desierto hacia el norte”, intentando esquivar los controles de Daesh. El viaje a través del desierto supone la fase clave del trayecto. Los cazas de la Coalición Internacional bombardean diariamente esa zona, “especialmente a los vehículos en movimiento”, revela Omar. Una vez en el área de Mosul, “el hombre sobornará a los milicianos (yihadistas) del checkpoint de la entrada”. Afirma que los traficantes son hombres que conocen el mapa, generalmente de Mosul, quienes han establecido una red de negocio con los combatientes del ISIS. “Meten y sacan a gente (de la ciudad) todos los días”, cuenta.

Pero éste podría ser un viaje sin retorno. “Es casi imposible salir del Califato”, dice Omar, “el único modo es volver a recurrir a las mafias. Ellos me llevarían hasta Raqqa (Siria) y, desde allí, sería infiltrado en Turquía”. “Tengo miedo”, confiesa Omar, “no sé si llegaré vivo a Mosul. (…) Si el muyahidín del acceso comprueba que escapé en junio, podrían acusarme de traidor. Seguramente me detendrán, me someterán a torturas e interrogatorios hasta descubrir por qué razón abandoné Mosul. Si no me sueltan en tres días, me ejecutarán en el mercado”, sentencia.

Tiendas cerradas en una calle de Mosul poco después de la entrada del ISIS en la ciudad (Reuters).Tiendas cerradas en una calle de Mosul poco después de la entrada del ISIS en la ciudad (Reuters).

Mosul, un año bajo la tiranía yihadista

Pero, ¿por qué la familia de Omar no ha escapado a una ciudad más segura? “Si quieres salir de Mosul, Daesh te da un permiso de 10 días, pero tienes que ofrecer el nombre de otro vecino como garantía. Si no has vuelto al cabo de esos 10 días, le ejecutan en la calle”, revela. Y así, los cerca del millón de residentes que hay actualmente en Mosul están sometidos a una estricta administración en la que la vida pública está regulada por la sharia (Ley Islámica). Parte de la población es afín a su ideario, pero la mayoría actúa bajo la coacción del miedo.

En los mensajes de WhatsApp que Omar se escribe diariamente con su hermana, ella relata las ejecuciones que se producen en el mercado de Bab al Tob, donde milicianos matan a quienes acusan de haber desafiado las leyes del Califato. En varios de sus mensajes, habla de “las guardianas de la moralidad”, quienes “muerden a las mujeres que no van acompañadas de un hombre o que no llevan correctamente puesto el niqab”. Además, también dice que está prohibido tomar fotografías o vídeos, ya que podrían acusarla de espionaje.

“No sé cuanto voy a durar ahí, la mayor parte de mis amigos han muerto o han escapado”, dice Omar. “Apenas hay trabajo, no hay vida social, todo está prohibido”, cuenta. Desde dentro, multitud de testimonios relatan los sucesivos cortes en la red de telefonía móvil, los apagones de electricidad (solo cuentan con cuatro horas de electricidad pública, sin generador), y que las existencias se agotan en el supermercado. “Una bolsa de 50 kg. de arroz antes costaba 20.000 dinares (15 euros), y ahora cuesta 80.000 (60 euros)”, sentencia.

* El nombre del entrevistado es ficticio por motivos de seguridad.

Fuente: ElConfidencial.com