Yo sobreviví al infierno de las cárceles del Estado Islámico

“Psicológicamente es un infierno. Estás aislado. Sólo tienes contacto cuando tus carceleros te llevan la comida. Estás solo y tu cabeza da vueltas y ...

“Psicológicamente es un infierno. Estás aislado. Sólo tienes contacto cuando tus carceleros te llevan la comida. Estás solo y tu cabeza da vueltas y vueltas. Te pasas las horas preguntándote cuándo llegará tu turno. Cuándo entrarán por esa puerta y te pegarán un tiro en la cabeza. Pero pasa un día y piensas que te soltarán; pero al día siguiente vuelves a escuchar cómo torturan a los prisioneros que están dos celdas más allá de la tuya. Escuchas sus alaridos. Y en ese momento vuelves a pensar que no vas a salir con vida de ese agujero”, recuerda Yosef Abobaker mientras apura un té en una cafetería de la capital de Turquía que ofrece unas magníficas vistas a la Mezquita Azul. “Es una tortura psicológica contra la que ningún ser humano puede enfrentarse. Acabas por volverte completamente loco”.

Yosef vive desde hace más de medio año como refugiado en Turquía, aunque no tiene dicho estatus. Huyó de Siria junto con Ghada, su mujer, y Baker, su hijo, que está a punto de cumplir un año. No se arrepiente de haber dejado su país. “Hace tiempo que soy consciente de que la revolución fracasó. Estoy decepcionado. Ya no leo lo que ocurre allí. No quiero saber nada de nada”, se sincera mientras enciende un cigarrillo. Da una larga chupada al pitillo y suelta una espesa bocanada de humo. “La guerra me ha robado mis mejores años. La guerra me ha quitado amigos. La guerra me ha dejado sin futuro. La guerra ha convertido a mi hijo en un apátrida. No… no quiero saber nada de Siria ni de la guerra, ni de la revolución. Todo eso pertenece ya al pasado”, confirma mientras se atusa el cabello y mira hacia la Mezquita Azul.

Tiene 28 años recién cumplidos pero unas profundas arrugas enmarcan la comisura de sus ojos. El pelo hace tiempo que se le está volviendo blanco. Su mirada ya no transmite alegría, aunque trata de disimularlo refugiándose detrás de una sonrisa falsa. Yosef ha vivido más que muchas personas que le doblan la edad: “La guerra me ha hecho madurar a marchas forzadas. He visto lo peor del ser humano… y también lo mejor”.

Combatientes rebeldes descansan en una habitación en la Ciudad Vieja de Alepo (Reuters).Combatientes rebeldes descansan en una habitación en la Ciudad Vieja de Alepo (Reuters).

“Querían a Steven. Querían al americano”

Este joven sirio de Alepo era un simple estudiante de Administración y Dirección de Empresas cuando la guerra llegó a su ciudad el 19 de julio de 2012. En los primeros compases, decidió unirse a los rebeldes para liberar su ciudad del régimen. Pasó más de medio año en los frentes de combate que estaban repartidos por la capital económica de Siria. “Aquello no era para mí. Para matar hay que valer y yo no valía”, recuerda. Así que el joven Yosef fue ‘reclutado’ por su amigo Abdallah (asesinado en febrero de 2013) par que trabajase como fixer para los periodistas internacionales que estaban en Alepo cubriendo la guerra. “Era uno de los pocos que hablaba un inglés fluido. Tenía contactos en las unidades militares. Y los periodistas querían venir conmigo porque tenían acceso a todos los frentes de combate de la ciudad”, afirma.

Tras dos años como fixer, después de haber trabajado con periodistas de medio mundo y tras el asesinato de su amigo, Yosef decide abrirse camino como empresario y se convierte en referente para todos los periodistas internacionales que continúan documentando la guerra. “Uno de esos periodistas que querían trabajar conmigo era Steven Sotloff. Contactó a través de Facebook y me pidió que fuera a recogerlo a la frontera con Turquía”, recuerda Abobaker.

La presencia del Estado Islámico ya era una realidad. Meses antes cuatro periodistas franceses habían sido secuestrados en Siria. Aquel 4 de agosto de 2013 Yosef se desplazó junto con una pequeña escolta armada hasta Bab Al-Salam, donde recogió a Sotloff para llevarlo hasta Alepo. “Dejamos atrás la ciudad de Azaz –próxima a la frontera– y tres vehículos se nos aproximaron a toda velocidad. Dos nos adelantaron cortándonos el paso y el tercero nos cerró una posible huida. Hombres armados se bajaron de los coches apuntándonos. Querían a Steven. Querían al americano… Alguien le había vendido”, confiesa.

Desde mi celda escuchaba cómo interrogaban a Steven. Le acusaban de ser agente de la CIA

Yosef, junto con Steven Sotloff y sus escoltas, fue conducido al norte de la provincia de Alepo, al interior de una fábrica que los islamistas habían reconvertido en cárcel. “Me metieron en una celda. Desde allí podía escuchar cómo interrogaban a Steven. La preguntaron por las contraseñas del ordenador, de su correo electrónico… Le acusaban de ser agente de la CIA. No lo volví a ver con vida”, afirma con un deje de pena en el rostro. “Me sorprendió la calma de Steven durante el interrogatorio: era como si supiese de antemano lo que le iba a pasar. Yo estaba muerto de miedo pero él… él parecía de hielo”.

La prisión y las torturas

“Lo peor era escuchar las torturas. Se torturaba por las mañanas. Por las tardes. Por las noches. Escuchabas como gritaban. Los gritos rotos. El dolor. Y luego, finalmente, el tiro. Sabías que se había acabado y tenías un par de horas para poder dormir tranquilo hasta que torturasen al siguiente preso”, recuerda. En aquella prisión las peores torturas recaían sobre los kurdos. “Los machacaban. Hacían turnos para pegarles. Uno, y otro, y otro, hasta que los conseguían matar a golpes…”. Yosef hace una larga pausa y respira profundamente. Sabe lo afortunado que es por estar con vida después de haber vivido aquel infierno durante dos semanas.

“En esa prisión los carceleros eran libios, marroquíes, tunecinos… y sirios. Pero, sin lugar a dudas, los más sádicos y los más hijos de puta eran los sirios. Parecían que disfrutaban haciendo sufrir a los prisioneros. Nos insultaban. Nos pegaban patadas. Nos escupían en la comida. Nos miraban con odio. Si hubiese sido por ellos ahora estaría metido en alguna fosa común”, se sincera Abobaker. “Las paredes de mi celda tenían restos de sangre de los presos. Se apoyaban en la pared para descansar después de las palizas. Algunos, incluso, escribieron sus nombres o el de sus hijos para recordarlos, para tratar de sobrellevar aquel infierno con alguna esperanza…”.

Yosef fue interrogado en varias ocasiones por diferentes miembros del Estado Islámico. “Querían saber si Steven trabajaba para la CIA. Afirmaban que yo le pasaba información a cambio de 500 dólares. Me preguntaron si trabajaba con mujeres. Si era un buen musulmán. Y cuando no les gustaban mis respuestas me golpeaban. Me volvían a preguntar lo mismo y les volvía a contestar lo mismo, así que volvían a pegarme”.

Después de 14 días secuestrado, los carceleros sacaron a Yosef y al resto de la escolta de Sotloff –el hermano de Yosef y dos de sus primos– al exterior. “Nos pusieron en el suelo. Nos obligaron a arrodillarnos. Pensé que ese era mi final. Que allí mismo nos iban a pegar un tiro en la cabeza”, comenta, recordando a su amigo Sultan, quien fue ejecutado por el Estado Islámico en una de sus cárceles. “Pero tuve suerte. Uno de los carceleros me reconoció. Había combatido conmigo en Alepo. Sabía que tenía contactos en la (katiba) Liwad Tawhid (hoy Frente Islámico) y no querían iniciar una guerra porque aún no tenían el poder que tienen en la actualidad”, comenta.

Así que los dejaron marchar. Los abandonaron en mitad de la nada. Sin zapatos. Sin comida. Sin agua. Y con una promesa que debían de cumplir. “Me hicieron jurar que jamás volvería a trabajar para periodistas extranjeros porque la próxima vez no iba a tener tanta suerte”.

Yosef en el gran bazar de Estambul, donde vive en la actualidad (J.M. López).Yosef en el gran bazar de Estambul, donde vive en la actualidad (J.M. López).

Durante horas estuvieron vagando por los campos de cultivo próximos a la ciudad de Alepo. “Hasta que paramos un coche que nos llevó a la ciudad. Cuando entré en casa recuerdo qué abracé a mi mujer… y me puse a llorar”, se sincera el joven sirio. “Conseguí salvar mi vida… pero siempre me quedará grabada aquella imagen de Steven siendo interrogado por los yihadistas. Si la CIA o el Gobierno de Estados Unidos hubiesen contactado conmigo, es posible que Steven estuviese vivo. Yo sabía dónde estaba. Quién lo tenía… pero nadie, nunca, me hizo caso”, se lamenta.

Yosef mira al pasado con distancia. Sabe que jamás podrá volver a Alepo. “El Frente Al Nusra (la marca de Al Qaeda en Siria) ha puesto precio a mi cabeza. Meses después del secuestro volví a trabajar con periodistas extranjeros porque creo que eran los únicos capaces de transmitir al mundo lo que pasa en mi país y volví a ser acusado de trabajar para los servicios de inteligencia de medio mundo. Todos esos ignorantes que piensan que los periodistas son espías han matado a la revolución y han conseguido que el mundo nos dé la espalda”, asevera.

“Todos los sirios tenemos un pequeño Bachar dentro… Ese ha sido el verdadero problema de la revolución. Nosotros hemos acabado con ella”, finaliza este joven sirio que se llegó a plantear subirse en un barco –junto con su mujer y su hijo recién nacido– para llegar a Europa en busca de un futuro que parece que la vida le niega. Ahora, trata de sobrevivir en Estambul haciendo trabajos esporádicos. Yosef es un buscavidas. Le irá bien…

Fuente: ElConfidencial.com

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