Pueblos abandonados que renacen de sus escombros

(almomento360.com – 13/11/2015) Escribía Teresa de Lisieux, a finales del siglo XIX, que el abandono es el fruto delicioso del amor. Y lo escribía porque ...
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(almomento360.com – 13/11/2015) Escribía Teresa de Lisieux, a finales del siglo XIX, que el abandono es el fruto delicioso del amor. Y lo escribía porque probablemente desconocía las truculentas historias que marcarían para siempre las vidas de aquellos que se vieron obligados a huir de lamiseria dejando atrás la tierra que los vio nacer.

En cualquier caso, no todos los pueblos y aldeas que se quedaron sin gente corrieron la misma suerte. Si bien en un principio fueron presas fáciles para el vandalismo, la inmundicia y la especulación, en los últimos años algunos han resultado agraciados por la fortuna y han conseguido renacer, no de sus cenizas como el Ave Fénix, pero sí de sus propios escombros para convertirse en destinos turísticos muy particulares.

Turruncún, o el irresistible encanto de la decadencia

Este pueblo riojabajeño se despedía del siglo XIX con un censo aproximado de 300 almas. Ubicado en un entorno privilegiado, sobre un collado de la sierra de Préjano, logró salir airoso de los destrozos provocados por un terremoto que situó su epicentro bajo su subsuelo en 1929. También logró sobrevivir estoicamente a los envites de la Guerra Civil Española solo unos años más tarde. Sin embargo, los habitantes de Turruncún, dedicados en su mayor parte a las labores del campo, no pudieron resistirse a la llamada de la pujante industria del calzado del municipio vecino de Arnedo y en 1975 todos ellos habían desertado en busca de una vida mejor.

Aspecto actual de Turruncún (La Rioja). Foto: AM/Efetur

Cuatro décadas después, aquella población no es más que un espejismo en el horizonte. Apenas nada queda allí que recuerde a sus tiempos de gloria, salvo una iglesia que, imitando en su diseño al estilo mudéjar, desafía como puede a la gravedad con su torre tambaleante mientras en su interior expoliado se multiplican los grafitis de quienes consideran que el mundo no puede seguir girando sin conocer su impronta.

Recorrer hoy sus calles solitarias es toda una experiencia, especialmente en primavera, cuando la hierba aún no está seca y permite el acceso más fácilmente. No resulta complicado abstraerse frente a los ventanucos que aún dejan ver el interior de algunas de sus construcciones, como las escuelas, que se construyeron en 1965 y nunca llegaron a estrenarse. Igual de evocador es su frontón, del que solo se conserva su pared principal y que invita a fantasear con los torneos locales que antaño le dieron vida. O las bodegas que, enterradas en cuevas, todavía conservan parte de su antiguo atractivo.

Antes de planear su expedición, el turista ha de tener en cuenta que este enclave no está considerado oficialmente como un recurso turístico, por lo que no encontraremos allí paneles informativos o rutas prediseñadas. Por el contrario, el estado ruinoso del lugar sugiere extremar las precauciones ante posibles riesgos de derrumbe.

Os Teixois, o el tributo a la ingeniería hidráulica

No es la única aldea asturiana deshabitada, pero el patrimonio preindustrial de Os Teixois bien merece una visita. Envidiada desde el siglo XVIII por sus avanzadossistemas de aprovechamiento hidráulico, era prácticamente autosuficiente hasta bien entrado el siglo XX. De hecho, en 1936 contaba incluso con su propia central eléctrica, que le permitía abastecer de energía a todas sus casas en unas fechas en las que lailuminación eléctrica en muchas otras localidades era todavía una quimera.

Molino en el Conjunto Etnográfico de Os Teixois (Taramundi). Foto: Sociedad Pública de Gestión y Promoción turística y Cultural del Principado de Asturias, SAU.

Conscientes del valor de todos estos prodigios, las autoridades locales decidieron frenar su deterioro en 1989, mediante un ambicioso plan de recuperación que en 2005 concluyó con la declaración de todo el conjunto etnográfico que representa como Bien de Interés Cultural.

Abierto todos los días de 11:00 a 20:00 horas, el complejo alberga un mazo, en el que se estiraba el hierro; varios batanes, donde se suavizaban los paños de los telares, una rueda de afilar, un molino y una presa. A todo ello se suman sus hórreos tradicionalesy sus típicas casas.

Ochate, o la puerta del más allá

A mediados del siglo XIX, Ochate presumía de ser el municipio más poblado de todo el enclave de Treviño, un reducto burgalés que se sitúa geográficamente en la provincia de Álava. Sin saberlo, ese sería también el siglo de su declive, pues en 1860 fue sometido al azote de la viruela, una enfermedad que solo dejó una decena de supervivientes.

Torre abandonada en Ochate (Burgos). Foto: Ayto. Condado de Treviño.

Repoblado enseguida, la localidad sucumbió en 1864 a una nueva enfermedad, en esta ocasión el tifus, que volvió a diezmar el censo. A la localidad le fue concedida una tercera oportunidad y otra vez acogió a un nuevo grupo de repobladores que, contra todo pronóstico, perecieron en 1870 víctimas del cólera. Tres epidemias en apenas diez años, además de algún que otro incendio inexplicable y diversas desapariciones misteriosas bastaron para forjar en torno a Ochate unaleyenda negra que a día de hoy atrae a cientos de amantes de losfenómenos paranormales. Seducidos por la supuesta maldición, aseguran en algunos casos haber sido testigos de la aparición de luces extrañas, ovnis y seres espectrales que se comunican a través de psicofonías.

Y eso que lo único que allí queda en pie es la torre de la iglesia de San Miguel, las fachadas de un par de casas, una ermita bastante deteriorada y los restos de sunecrópolis medieval. Suficiente para que muchas noches, grupos de curiosos crucen las parameras colindantes para tratar de vivir en primera persona una experiencia de ultratumba.

Aunque está abandonado, no hay que olvidar que todavía conserva variaspropiedades privadas, algunas de ellas utilizadas para guardar ganado. También conviene saber que, a pesar de que hay quien decide montar sus tiendas de campaña y pasar la noche junto a sus ruinas, la acampada no está permitida.

Granadilla, o la restauración de la dignidad

Este municipio del norte de la provincia de Cáceres fue abandonado en 1965, cuando sus viviendas fueron expropiadas y sus tierras de cultivo acabaron sumergidas bajo las aguas de la entonces recién construida presa de Gabriel y Galán.

Edificio restaurado en Granadilla (Cáceres). Foto: Ayto. Zarza de Granadilla.

La gente se fue, pero tras ellos dejaron docenas de maravillas arquitectónicas. Entre ellas destaca, por sus dimensiones, una muralla de origen almohade, construida en mampostería y de forma circular. También es digna de mención su torre-castillo, edificada en el siglo XV por el primer Gran Duque de Alba o la iglesia tardogótica y renacentista de la Asunción que, rescatada de sus propias ruinas, luce hoy completamente restaurada. Sin olvidarnos, claro está, de sus calles remozadas o de la bella estampa que ofrece desde el pantano, en el que se adentra formando una curiosa península.

Son tantas las joyas arquitectónicas que aún se conservan que, en 1980, Granadilla fue declarada Conjunto Histórico Artístico y, cuatro años después, fue incluida en el Programa Interministerial de Pueblos Abandonados. Desde entonces, el lugar ha estado sometido a labores de renovación por parte de diferentes grupos de estudiantes, principalmente de arquitectura. A pesar de que su aspecto actual dista mucho del que tuvo originalmente, al menos se ha conseguido frenar su deterioro.

Por las particularidades ya mencionadas, el pueblo admite visitas de martes a domingo, de 10:00 a 13:00 horas y de 16:00 a 18:00 horas.

La Vereda, o la vuelta a los orígenes

Pese a su imagen de cuento, el municipio alcarreño de La Vereda no ponía la vida fácil a sus habitantes. Enclavado en un terreno abrupto, mal comunicado y con un clima muy severo, la agricultura era prácticamente inexistente y entre las opciones ganaderas, la cabra era la más viable.

Casa restaurada en La Vereda (Guadalajara). Foto: Comisión de Comunicación de la Asociación Cultural La Vereda.

Considerada actualmente como uno de los máximos exponentes de la denominada arquitectura negra de Guadalajara, La Vereda recibió su estocada mortal en 1954, cuando la construcción del pantano de El Vado la dejó aislada del resto del mundo. Pese a los esfuerzos de los vecinos por construir un nuevo acceso, el núcleo urbano más próximo quedó a 4 horas de camino, por lo que la mayoría de sus gentes decidieron marcharse. Solo resistieron un par de familias, que finalmente fueron expulsadas tras la expropiación de sus terrenos.

Actualmente, la conservación del pueblo corre a cargo de la Asociación Cultural Hijos de la Vereda, que organiza talleres vinculados con el adobe, el barro, la pizarra, la madera o el hierro y recibe con los brazos abiertos a todos aquellos que decidan pasar un fin de semana o unas vacaciones diferentes.

Con informacion de: EFE