Animación | Los 70 fueron de Bakshi

Como ya vimos en su momento en el especial de Disney, la década de los setenta no fue especialmente positiva para la compañía. Perdida como estaba de forma ...
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Bakshi Ppal

Como ya vimos en su momento en el especial de Disney, la década de los setenta no fue especialmente positiva para la compañía. Perdida como estaba de forma transitoria en esa búsqueda de una nueva personalidad acorde con los tiempos, el espacio dejado por las pocas producciones que los estudios estrenaron durante aquellos diez años parecía el caldo de cultivo propicio para dar paso a otras propuestas que, alejándose de los estándares infantiles establecidos por la productora, comenzaran a mirar hacia otro tipo de público, uno más adulto al que la animación —siempre en términos generales, claro— le resultaba “cosa de críos”. Y es en esta tesitura en la que hace acto aparición Ralph Bakshi.

De él y sus comienzos ya hablamos de forma extensa cuando tuvimos que repasar en el especial de Cómic en cine su primer largometraje, aquél arriesgado experimento llamado ‘El gato caliente’ (‘Fritz the Cat’, 1972) que fue la primera producción animada en ser calificada X en Estados Unidos y que, debido a su gran éxito —la cinta conseguiría amasar casi cien millones de dólares convirtiéndose en la producción animada independiente más taquillera de la historia del cine—, serviría para establecer los patrones en los que se movería el arranque de la carrera de Bakshi antes de que sus intereses se trasladaran a las historias de corte fantástico por las que es más recordado.

‘Heavy Traffic’ y ‘Coonskin’, éxito y polémica

Heavy Traffic 1

Ideada antes de acometer la elaboración de ‘El gato caliente’ pero filmada después toda vez sintió que podría contar con el respaldo del público, ‘Heavy Traffic’ (id, 1973) sirve a Bakshi como amplio campo de experimentación sobre el que comenzar a indagar con algunas de las características más notables de su cine. Entre ellas, no cabe duda, la mezcla de imagen real con animación, el tono lisérgico que acompaña con mayor o menor intensidad a la totalidad de las nueve producciones que puso en pie en las dos décadas que transcurren entre 1972 y el estreno veinte años más tarde de su último filme hasta la fecha —la irregular ‘Una rubia entre dos mundos’ (‘Cool World’, 1992)— y, por supuesto, una forma de hacer dibujos animados que se apartaba de forma radical del mundo Disney.

Ahora bien, aunque fue ampliamente respaldada por la crítica de la época, no es ‘Heavy Traffic’ un filme asequible en la acepción más estándar del adjetivo. Siguiendo las vivencias de un dibujante en el Nueva York de los años setenta y utilizando la aparición de una máquina de pinball como metáfora de la vida en aquellos tiempos, la cinta es un anárquico ir y venir de personajes y subtramas que da como resultado una cinta alocada y por momentos poco inteligible. A pesar de ello, ‘Heavy Traffic’ sirve como preciso reflejo tanto de la época en la que fue producida como de lo que Bakshi comenzaría a desarrollar a partir de entonces en términos meramente técnicos.

Unos términos que serán ampliados sobremanera por ‘Coonskin’ (id, 1975) su siguiente y polémica película rodada mezclando de manera aún más abundante la imagen real con el metraje animado. Sátira ácida y cínica sobre la segregación racial que bebe de fuentes muy dispares —no es difícil rastrear a lo largo de su metraje la influencia del imaginario del gran George Herriman, el creador de la inolvidable y magistral ‘Krazy Kat’— ‘Coonskin’ sirve a Bakshi para poner en imágenes experiencias propias vividas en la época en la que residió en Foggy Bottom, un barrio de Washington completamente habitado por población afroamericana.

‘Wizards’, salto a la fantasía

Wizards 1

Lejos de llegar a convertirse en el éxito crítico que había sido su predecesora, ‘Coonskin’ convenció a Bakshi de que era el momento de intentar abrir miras y producir una cinta que pudiera llamar la atención de un público de menor edad a la que habían ido dirigidas sus producciones hasta entonces. Amante del género fantástico desde que era un chaval, el cineasta tiró de los muchos dibujos y diseños que había elaborado años atrás y escribió el guión de ‘War Wizards’, una historia del enfrentamiento entre dos brujos, uno “bueno” y el otro “malo” en un planeta Tierra que, arrasado por las guerras nucleares, acogerá dentro de miles de años a hadas y otros seres fantásticos.

Contando con la inestimable ayuda de Ian Miller y el gran Mike Ploog en diseños y fondos —al segundo debemos todas las maravillosas ilustraciones mediante las que se construye el prólogo de la historia— y con el título reducido a ‘Wizards’ (id, 1977) lo cierto es que la pretensión de elaborar un filme más familiar queda por momentos en eso, en una intención que no tiene traducción directa en el metraje. Oscura y de nuevo ininteligible en ciertos instantes, la cinta queda caracterizada por el choque frontal que se produce entre la animación tradicional y el amplio protagonismo que Bakshi da ya aquí al rotoscopio.

Wizards 2

Consistente en “calcar” los movimientos de actores reales ocultándonos tras una pátina animada que puede ser más o menos evidente, el uso del rotoscopio en ‘Wizards’ se une de nuevo a la inclusión de imágenes reales en la cinta, en esta ocasión con la firme intención de que, entre otras cosas, el metraje sirva como alegoría de, en palabras del propio Bakshi: “la creación del estado de Israel y el Holocausto, de los Judíos buscando un hogar y del hecho de que el fascismo volvía a estar en alza”.

Utilizando para ello filmaciones de la maquinaria propagandística nazi, lo mucho que chirrían las apariciones de Hitler y sus tropas desfilando a paso de ganso con el contexto fantástico del filme es uno de los puntos negativos de una producción que en términos generales deja buenas sensaciones en el espectador y que animaría a Bakshi a atreverse con un proyecto de muchísima más envergadura que tardaría dos años en poder completar y que, a día de hoy, sigue siendo su cinta de mayor repercusión entre los aficionados al cine de animación. Me refiero, cómo no, a la ambiciosa adaptación de ‘El señor de los anillos’.

‘El señor de los anillos’, ambiciosa adaptación

Lord Of The Rings 3

Inicialmente en manos de un John Boorman que junto a Rospo Pallenberg había escrito un tratamiento que condensaba en tres horas los tres libros de Tolkien, la idea de filmar una producción en imagen real de la novela sería abandonada por el cineasta británico por no encontrar el apoyo de ningún estudio, momento que Bakshi aprovechó para aproximarse primero a United Artists —la productora que inicialmente había encargado a Boorman la empresa— después a MGM y finalmente a Saul Saentz, el responsable de financiar ‘El gato caliente’ y el nombre que terminaría situándose tras el respaldo económico de ‘El señor de los anillos’ (‘The Lord of the Rings’, 1978).

Con la firme intención de ser lo más fiel posible al texto de Tolkien, Bakshi ni siquiera se planteó acercarse al guión de ¡¡setecientas páginas!! que Boorman y Pallenberg habían redactado, y tras considerar la filmación de una trilogía que respetara al máximo las novelas originales, la United Artist, que se encargaría de distribuir los filmes, redujo a dos las partes en las que se debía narrar la historia de la compañía del anillo. Dos partes de las que, desafortunadamente y por motivos que habría que hacer descansar en la pésima gestión de los citados estudios, sólo llegaría a rodarse una cinta que finaliza después de la batalla del abismo de Helm.

Lord Of The Rings 1

Dejando pues todo ‘El retorno del rey’ fuera de las dos horas y diez de metraje, lo que encontramos en esta condensadísima versión de ‘La compañía del anillo’ y ‘Las dos torres’ es una cinta que avanza imparable por las páginas de los libros, eliminando ciertos pasajes que no hubieran funcionado correctamente en la gran pantalla —curiosamente, el más llamativo de ellos (el de Tom Bombadil) será también dejado de lado por Peter Jackson en su adaptación— y ampliando el protagonismo de algunos personajes como Legolas, que aquí sustituye a Glorfindel, el elfo que lleva a Frodo a caballo hasta Rivendel, de la misma manera que Arwen lo hará en la trilogía de imagen real.

Derivado no cabe duda de esos necesarios cambios llamados a poder permitir resumir tan ingente cantidad de páginas en 133 minutos de duración, lo que llama la atención de ‘El señor de los anillos’, y no precisamente en sentido positivo, es lo que el abrupto ritmo en el suceder de los acontecimientos afecta tanto al nulo desarrollo de personajes como a la percepción que el espectador tiene de un universo, el de la Tierra Media, que no se despliega ante sus ojos con la efectividad que hubiera sido deseable. Sí, hay momentos de acierto incuestionable, pero quedan ahogados por lo desaprovechado de otros —la secuencia de Moria— en los que hubiera sido deseable un mayor sosiego narrativo.

Lord Of The Rings 2

En lo que a animación se refiere, es ‘El señor de los anillos’ junto a ‘Tygra: Hielo y fuego’ (‘Fire and Ice’, 1983) el máximo exponente de las virtudes y defectos del uso del rotoscopio como técnica de animación: rodada primero en imagen real —y en España, para más señas— y trasladada después durante un largo y trabajoso proceso a animación, si es cierto que los movimientos de los personajes se perciben como más naturales gracias a estar directamente tomados de sus contrapartidas de carne y hueso, también lo es que el divorcio que ésto produce con lo que el espectador busca de forma inconsciente en el cine de animación provoca que la percepción hacia la cinta sea extraña.

Una percepción a la que no son ajenas ni esas imágenes “solarizadas” mediante las que se muestran a los Nazgul en el plano espectral, ni las secuencias de masas en las que todos los enemigos son sombras poco definidas; detalles ambos que suman a la parte que pesa de forma negativa en el poso que termina dejando ‘El señor de los anillos’. Para contrarrestarlo está el correcto trabajo que hace Leonard Rosenmann a los pentagramas, el buen pulso que Bakshi mantiene durante lo variado de la acción y el hecho de que, para toda una generación, éste fue el vehículo a través del cual descubrimos el universo imaginado por Tolkien. Y esto último, al margen de la calidad del filme, es algo de incalculable valor.