Añorando estrenos: ‘El justiciero rojo’ de Antonio Margheriti

Entre las perlas escondidas en el séptimo arte encontramos ‘El justiciero rojo’ (‘La vergine di Norimberga’, Antonio Margheriti, 1963), una de las ...
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Entre las perlas escondidas en el séptimo arte encontramos ‘El justiciero rojo (‘La vergine di Norimberga’, Antonio Margheriti, 1963), una de las películas que el recientemente fallecido Christopher Lee –a quien le dedicamos un oportunista ciclo invisible en Blogdecine− protagonizó alejado de su Inglaterra natal. El alto actor filmó no pocas películas en suelo italiano dentro del glorioso ciclo de horror gótico que precedió al giallo, y éste al slasher, en las que siguió explotando la imagen terrorífica que el gran Terence Fisher ofreció en sus trabajos previos para la mítica Hammer.

Antonio Margheriti, director hoy día desconocido por muchos, menos por Quentin Tarantino, que se encarga de plagiarle por completo aprovechando la poca memoria cinéfila colectiva, realizó dos obras ejemplares, parejas en tema y forma a lo que la citada productora británica hacía, a principios de los sesenta. ‘Danza macabra’ (id, 1964) fue una de ellas, posterior a la que hoy nos ocupa, un delirio que juega constantemente con el espectador, pillándole por sorpresa en más de una ocasión. Toda una delicia que nada tiene que ver con los bodrios que el director realizó en los últimos años de su carrera.

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Si en ‘Danza macabra’, el director mezclaba con ingenio y resultados magníficos todo tipo de elementos de sobra conocidos en el universo del género de terror gótico –léase vampiros, muertos vivientes, fantasmas, etc−, en ‘El justiciero rojo –por cierto título alejado del original, imagino que para no dar pistas sobre el impresionante giro final, aunque tergiversando por completo la esencia de la película, incluso de forma tendenciosa− Margheriti opta por un diabólico juego de complicidad con el espectador experimentado, conocedor de todas las trampas que el cine ofrece, incluido el deus ex machina, herramienta normalmente rechazada que aquí cobra un sentido delirante y fascinante.

El argumento de ‘El justiciero rojo es, en apariencia, el mismo de cientos y cientos de películas de la misma índole. Una mansión enorme, un matrimonio reciente formado por un atormentado hombre llamado Max Hunter –personaje a cargo de un algo inexpresivo Georges Rivière− de pasado oscuro, y una mujer, Mary –la bella Rossana Podestà− que se pasará casi toda la película gritando, siendo uno de los precedentes más claros de lo que años más tarde actrices como Jamie Lee Curtis se encargaron de fomentar. Ruidos nocturnos, pasillos tenebrosos, un sótano que instrumentos de tortura pasadizos ocultos y una misteriosa figura encapuchada vestida de rojo que comete crímenes horrendos.

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Nada es lo que parece

Como nexo de unión entre todos los personajes, un tétrico Christopher Lee, como uno de los criados de la mansión, cuyas apariciones, en los momentos más apropiados, hacen levantar las suspicacias del espectador que tiene en mente a Lee como villano de muchas funciones. El actor, parco en palabras, y curiosamente doblado en la versión inglesa, juega muy inteligentemente con su fama, y su marcado rostro no hace sospechar ni lo más mínimo el secreto que su verdadero amo guarda entre las paredes del castillo/mansión. Erich (Lee) posee un halo de tristeza en los minutos finales muy acorde con su personaje y la relación que le une al villano del film, herencia del país más temido durante la Segunda Guerra Mundial.

Dicho villano, el justiciero del título español, despista con su rostro cubierto al espectador que se pasa toda la película intentando unir las pistas para descubrir la identidad del encapuchado. Absolutamente todos son sospechosos, incluido un agente del FBI que hace acto de presencia en un momento dado y que lía aún más el argumento del film que, en su tramo final llega hasta el intento de asesinato que tuvo Hitler y el “pago” que sus perpetradores tuvieron que hacer el resto de sus vidas.

Un deus ex machina en toda regla que sin embargo arregla de golpe todas las posibles incongruencias que el relato puede sufrir antes de que todo se descubra. No faltan por supuesto, detalles mórbidos que se emparejan con los films de Roger Corman de aquellos años, y por supuesto ‘La máscara del demonio’ (‘La maschera del demonio’, Mario Bava’, 1960), así como una ambientación muy estudiada, sobre todo en su composición cromática, a cargo del inspirado, como siempre, Riccardo Pallottini, con un gusto exquisito por el rojo. Sangre y muerte que en su siguiente película sería sustituido por el negro. A ello hay que sumar la magnígfica y jazzística música del imprescindible Riz Ortolani.