Añorando estrenos: ‘El sabor del miedo’ de Seth Holt

En mi opinión es el mejor film jamás hecho en la Hammer. Son palabras del propio Christopher Lee al referirse a la vasta producción de la mítica productora ...
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En mi opinión es el mejor film jamás hecho en la Hammer.

Son palabras del propio Christopher Lee al referirse a la vasta producción de la mítica productora británica Hammer Films, sin duda uno de los gérmenes del llamado cine de terror moderno. El intérprete, que participó en numerosos films de la compañía, sobre todo a las órdenes de Terence Fisher, no dudó al referirse a su film preferido entre tantos. No me parece el mejor jamás hecho, pero sí nos encontramos ante uno de los más arriesgados.

A principios de los años sesenta hubo una película —creo que dos— que cambiaron por completo la percepción sobre el cine de terror, creando una nueva especie de subgénero, o vertiente, bastante explotada en años posteriores, el thriller psicológico. Sir Alfred Hitchcock impactó a todo el mundo con una de sus obras maestras, ‘Psicosis’ (‘Psycho’, 1960), y un año más tarde el también británico Jack Clayton con su adaptación de ‘Otra vuelta de tuerca’ de Henry James. Ambas abrieron todo un camino.

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Una historia muy retorcida

La Hammer presentó en el mismo año, con un mes de diferencia en sus estrenos, el presente film de Holt —director británico de cierto prestigio que firmó uno de los títulos más célebres de la casa, ‘A merced del odio’ (‘The Nanny’, 1965)— y ‘The Shadow of the Cat’ (John Gilling, 1961), que abrieron todo un sendero en la casa, explorado al máximo por Freddie Francis en su famosa trilogía. Con todo, ‘El sabor del miedo es el caso más popular y prestigioso.

Un retorcido guión de Jimmy Sangster, impecablemente traducido por el director, es una de las bazas de un film que continuamente juega con el espectador y la información que le va dosificando poco a poco. De esta forma la primera secuencia, en la que ya asistimos a una muerte, queda como una incógnita que se desvela con el curso de los acontecimientos, y más aún cuando, en el tramo final lo giros se suceden uno tras otro, dando una vuelta de tuerca más a la solución.

Teniendo en cuenta que ocultar detalles al espectador suele ser una muy fácil forma de crear misterio, la labor de guionista y director logra marcar una considerable diferencia. El magistral uso del punto de vista. Susan Strasberg, en una composición inolvidable por lo complejo del personaje, da vida a Penny Aplebey, una muchacha confinada a una silla de ruedas, que se presenta en la casa de su padre, que no está en el hogar debido a un viaje de negocios. Allí la reciben tres personajes de muy diferente índole, la madrastra, el médico de la familia y el chófer.

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Locura y fantasmas

El médico está interpretado precisamente por Christopher Lee, a esas alturas famoso por haber dado vida al vampiro más famoso de todos los tiempos. Probablemente el personaje más emblemático de una función que pretende única y exclusivamente entretener al público que se entregue al juego sin condiciones. En una turbia intriga donde todo apunta a que quieren volver loca a la protagonista —lo cual empareja al film con conocidas obras de Thorold Dickinson y Alfred Hitchcock— el personaje de Lee posee una muy bien recibida ambigüedad.

En el primer tercio, ese que aproxima el film a la ghost story, con apariciones del padre fallecido incluidas, sobresale por la narración de Holt, manejando con decisión el uso de espacios y profundidad de campo, también la siniestra iluminación. Más tarde, el juego cambia al thriller, donde todos son sospechosos, el montaje es más dinámico, y la fotografía —obra del mítico Douglas Slocombe— se va haciendo más luminosa.

Es muy envidiable lo que ha realizado Holt a la hora de juagar a provocar terror, miedo en pura esencia, con el más que sencillo manejo de lugares familiares en el interior de una casa, con los espacios vacíos. Algo que James Wan, alabado exageradamente por su última película, procura repetir en sus dos entregas de The Conjuring, sobre todo la segunda, de un modo mucho más mecánico.

Los fantasmas de Wan provienen del otro mundo. Los de Holt del interior de la mente, y el juego que propone al espectador, al que lleva por donde le da la gana, es mucho más honesto y disfrutable. Con trampas incluidas.