Ciencia-ficción: ‘Mad Max, más allá de la cúpula del trueno’ de G. Miller y G. Ogilvie

Respondiendo a su limitado presupuesto de 4,5 millones de dólares —australianos— con una recaudación a nivel mundial que casi alcanzaba los 35 millones de ...
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Mad Max Iii 1

Respondiendo a su limitado presupuesto de 4,5 millones de dólares —australianos— con una recaudación a nivel mundial que casi alcanzaba los 35 millones de dólares —estadounidenses— quedaba más o menos claro que ‘Mad Max 2, el guerrero de la carretera’ (‘Mad Max 2’, George Miller, 1981) no iba a ser la última vez que el cineasta australiano se asomara ni al desierto post-apocalíptico en que se había convertido la Tierra ni a ese antihéroe tan singular llamado Max Rockatanski que Mel Gibson encarnaba derrochando carisma.

Dicho y hecho, y dejando pasar en esta ocasión cuatro años entre una y otra —de la primera a la segunda sólo habían transcurrido dos— Miller volvía a sentarse al frente de la tercera entrega de la trilogía —aunque ya más bien habría que tildarla de tetralogía, ¿no creéis?— que iniciara en 1979 con el que personalmente considero el título de más baja entidad del grupo, ‘Mad Max, más allá de la cúpula del trueno (‘Mad Max Beyond Thunderdome’, George Miller y George Ogilvie, 1985).

Max, 20 años después

Mad Max Iii 3

Situada en la cronología interna de la atípica saga —ya decíamos ayer que las cintas no son continuación directa la una de la otra— dos décadas más tarde de que Max acabara con la amenaza de Humungus, ‘La cúpula del trueno‘, como comúnmente se la conoce, evita seguir abundando en la definición de su personaje central para, en esta ocasión, aumentar la cuota de diálogos del resto de personajes e incidir con más intensidad en la descripción de los mismos y de la sociedad futura que habita tan desolado mundo.

Una “sociedad” que, por mor de la inclusión de esos niños perdidos que encuentran a Max en la segunda mitad del filme, queda expuesta en dos formas muy diferentes: la que resulta de la herencia directa del pasado y ha ido involucionando hacia la violencia extrema y lo ditactorial de la tía Entity —una convincente Tina Turner en un papel que, curiosamente, Miller y Terry Hayes escribieron pensando en ella—, y la renovada opción que suponen los chavales que se ocultan en ese oasis al que el protagonista es llevado al borde de la muerte.

El choque de ambos mundos y el papel que juega Max entre uno y otro acerca, y mucho, los postulados de esta tercera parte a lo que veíamos en la segunda siendo la única diferencia ostensible entre el argumento de una y otra el que aquí el personaje de Mel Gibson conozca al enemigo de primera mano y no sentado tras un volante mientras intenta a toda velocidad salvar su vida y, por supuesto, acabar con la de aquellos que lo persiguen.

Mad Max, más allá de la cúpula del trueno‘, bajo octanaje

Mad Max Iii 2

Y ahí reside, para empezar, uno de los males que acompaña a esta producción a lo largo de sus 107 minutos, el que la única escena de acción sobre ruedas que luzca el metraje sea un clímax de quince minutos que, por muy bien que pueda estar rodado —que lo está, cuidado— palidece en su comparación con las dos películas que lo precedieron: es de agradecer la voluntad de Miller y Hayes de alejarse de lo que tan bien caracterizó a la primera y segunda entregas de la trilogía, pero no tanto el que, al hacerlo, terminen por distanciarse de tal manera que equivoquen el camino.

Así, si pocos peros pueden interponerse a lo que se desarrolla en Bartertown, la comunidad llena de maldad y vileza —que diría Obi Wan— que regenta con mano férrea “la Turner” y es allí donde tiene lugar el mejor momento de toda la acción —el duelo entre Max y Master Blaster es bestial—, no se puede decir lo mismo de los lugares a los que la trama nos lleva trascendido ese punto medio en el que aparecen los citados “niños perdidos”, una inclusión que se antoja forzada y que disminuye ostensiblemente la efectividad de todo lo que viene después.

Mad Max Iii

Forzado maridaje que termina en abrupto divorcio, ambos sesgos del filme no ayudan a que la impresión última sobre la cinta sea la de un conjunto cohesionado en el que todo funciona sin estridencias. De nuevo, hay momentos brillantes, la dirección de Miller —que sólo se dedicó a las escenas de acción debido a la muerte en 1983 de Byron Kennedy— es potente y la de Ogilvie no tiene la personalidad suficiente como para molestar; Mel Gibson está mejor que nunca y Turner más correcta de lo que cabría esperar pero, en términos generales, la cinta se antoja como un quiero y no puedo.

Un esfuerzo a medias que no se vió recompensado como sí lo había hecho su predecesora, triplicando a nivel mundial sus 12 millones de coste pero recaudando en su Australia de origen tan sólo una tercera parte de una inversión que, irónicamente, multiplicaba por tres aquello con lo que se había puesto en pie la segunda entrega de la franquicia. Veinte años después y con un presupuesto de 150 millones es normal que lo que mañana se espera deMad Max: Furia en la carretera’ (‘Mad Max: Fury Road’, George Miller, 2015) sea, como poco, ESPECTACULAR.

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