Ciencia-ficción: ‘Memorias de un hombre invisible’, de John Carpenter

Si es muy cierto, porque lo es, que la cantidad de tiempo que los amantes del séptimo arte solemos invertir en sentarnos delante de la pantalla de cine o ...
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Si es muy cierto, porque lo es, que la cantidad de tiempo que los amantes del séptimo arte solemos invertir en sentarnos delante de la pantalla de cine o de nuestro televisor supera con mucho lo que la media de nuestra especie dedica a tales menesteres —bueno, al segundo quizá no, pero me atrevería a afirmar que lo que más se suele ver en la “caja tonta” no son precisamente películas—; no es menor verdad que de ese tiempo que destinamos al inagotable mundo del celuloide, un muy alto porcentaje recae sobre las constantes revisiones que hacemos de aquellos títulos que tras incontables aproximaciones nos siguen cautivando incluso más que el primer día.

Es por ello, que resulta un muy buen indicador de la calidad de un filme el que, después de haberlo visto por primera vez en la gran pantalla, no volvamos a acercarnos a él ni una sola vez por más que, como es el caso que hoy nos ocupa, la cinta en cuestión venga firmada por un director que es favorito del que esto suscribe. Poco ha importado tal circunstancia en los veintitres largos años que han transcurrido desde que aguantara aquél viernes de agosto —año y medio después de su estreno en Estados Unidos, ahí es nada— el que probablemente sea el peor trabajo que ha firmado John Carpenter junto a la horrenda ‘Fantasmas de Marte’ (‘Ghosts of Mars’, 2001).

Memorias de un hombre invisible‘, ni rastro

Memorias De Un Hombre Invisible 2

Memorias De Un Hombre Invisible 2

Y si lo es —el peor, quiero decir— es porque a lo largo de los casi cien minutos sobre los que se prolonga el metraje que sea Carpenter el que pone en escena el guión firmado a seis manos por Robert Collector, Dana Olsen y William Goldman carece por completo de relevancia, y ningún rastro se puede encontrar aquí de la personalidad que el cineasta había demostrado durante los ochenta en ‘La cosa’ (‘The Thing’, 1982) o ‘Golpe en la Pequeña China’ (‘Big Trouble in Little China’, 1986) o la que demostraría en esa perturbadora mirada a la idiosincrasia lovecraftiana que será la magnífica ‘En la boca del miedo’ (‘In the Mouth of Madness’, 1994).

Antes bien, a Carpenter no le queda más remedio que rendirse aquí a la operación comercial puesta en pie por la Warner para adaptar una novela original que no es más que una mera reinvención mal cosida de la original de H.G.Wells y, claro está, de ese clásico de la Universal que es ‘El hombre invisible (‘The Invisible Man’, James Whale, 1933): al hacerlo, el realizador no evita los muchos y estridentes problemas que arrastra un libreto que avanza porque sí, a golpe de incontables “esto tiene que pasar, va a pasar y da igual que esté sustentado en el aire” y que está plagado de personajes definidos de forma paupérrima.

Al frente de ellos, qué duda cabe, ese yuppie encarnado por Chevy Chase con el que resulta de todo punto imposible sentir empatía. Una cualidad ésta que, veneno para un filme, comparte la anodina Daryl Hanna —aquí una mujer florero en toda regla— y el villano completamente desdibujado que es Sam Neill, con una presentación que se mete con calzador, y cuya presencia sólo podemos agradecer por ser la que posibilitará, dos años más tarde, que el actor australiano se meta en la piel de John Trent, ese detective que será testigo del fin del mundo.

Memorias De Un Hombre Invisible 1

Memorias De Un Hombre Invisible 1

Sin nada a lo que asirse ni en dirección, ni en guión, ni en actores, lo único positivo que puede sacarse del visionado de ‘Memorias de un hombre invisible‘ queda reducido a dos ámbitos: la más que correcta partitura de Shirley Walker, habitual orquestadora de Danny Elfman a la que se le notan, y mucho, las lecciones impartidas por el compositor fetiche de Tim Burton y, por supuesto, los espectaculares efectos visuales obra y gracia de una ILM que consigue que nos creamos —y nos sigamos creyendo tantos años después— que podían hacer desaparecer a Chase.

Más allá de esos dos apuntes técnicos, como digo, la cinta no es capaz de escapar a la paradójica dicotomía que de forma tan elocuente apuntaba Roger Ebert en su momento, definiendo a la producción no como una película, sino como una “crisis de identidad…si ‘Memorias…’ es una comedia, ¿por qué la dirige Carpenter?…y si es un filme serio, ¿por qué lo protagoniza Chevy Chase?”. No se puede decir más sobre la película con menos palabras. Por algo Ebert era un grande de la crítica de cine.