‘Cincuenta sombras de Grey’, una moderada defensa

Es sabido que ‘Cincuenta Sombras de Grey‘, la trilogía que se ocupa del romance entre el millonario y enigmático Christian Grey y la joven e ...
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Es sabido que ‘Cincuenta Sombras de Grey‘, la trilogía que se ocupa del romance entre el millonario y enigmático Christian Grey y la joven e inocente Anastastia Steele nació como fan fiction de Crepúsculo. Es decir, tras el éxito de una novela juvenil, esta historia se pensó como explotación sensacionalista de la misma.

Es una historia sencilla. El casto vampiro de los libros de Stephanie Meyer pasa a ser un rico capitalista, aficionado a cierta heterodoxia sexual. Más concretamente, dar azotes y demás practicas sadomaso en el dormitorio.

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La adolescente tímida es ahora la estudiante de último curso de grado. No me atreviría a llamar a James una escritora imaginativa, pero admito que lo de una universitaria virgen sin mayor escándalo me parece estupendo.

Bien. El caso es que se conocen. Viven aventuras, alborotos, líos entre sábanas y vaivenes emocionales. Al final, claro, se resuelven los problemas – no demasiado graves – y ella, sacerdotisa de la normalidad, le redime a él, magnético pero en el fondo desnortado, de sus manías sexuales.

Un clásico camp

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La adaptación de ’50 Sombras de Grey (Fifty Shades of Grey) es, de entrada, una película tan buena como la primera de ‘Crepúsculo’. Como aquella, y aún teniendo alguna secuencia más claramente amena, es camp. Camp es, atendiendo a la definición que diera Susan Sontag, es la seriedad que fracasa. Escrita por Kelly Marcel y dirigida por Sam Taylor-Johnson hay algo que también es esta película comercial.: un clásico camp post-femninista.

Comentaba Laura Mulvey, audaz crítica de cine y teórica feminista, que el cine nos ha acostumbrado a representar y mirar a las mujeres de un modo masculino. Es lo mayoritario y habitual en las películas.

La mujer aparece siempre hiper-erotizada, joven, perfecta. Una cosa sorprendente de este Grey es que él – un modelo de Calvin Klein, Jamie Dornan – aparece tan erotizado desde la primera secuencia, como ella – una Dakota Johnson construyendo su personaje a base de suspiros y morderse el labio.

Los labios, los cuerpos, incluso el grado de desnudez se comparte. Esto crea una sensación extraña: por un lado, la película renuncia a las estéticas habituales de los videoclips de hace dos décadas; por el otro, contemplamos el mismo festival de objetualización y estetización.

Por otra parte, lejos del discurso que advertía de un posible machismo, en esta película la heroína negocia un contrato en igualdad de condiciones con el hombre. Una vez descubierto el sexo, se empodera.: no se deja arrastrar en pos de él.

Y el único regalo material que acepta, lo termina rechazando y devolviendo. Lejos de ser un film predecible, es sorprendente su feminismo ¡incluso la palabra consentimiento se repite varias veces!

La película es, esencialmente, esto.: una versión para todos los públicos de un material escandaloso. Un cuento de hadas contractualista donde la princesa exige posturas y decide perversiones a cambio de mimitos. Y, por supuesto, una versión sentimental de los juegos eróticos de la edad adulta: ¡el protagonista los tiene porque tiene un pasado tormentoso, incluyendo madre prostituta!

Pegadiza y pop

Lo más sorprendente de Cincuenta sombras es lo entretenida y ligera que es, vaciando de cualquier ofensa su relato y, por supuesto, ofreciendo descanso, diversión sencilla y una gran banda sonora.

La elección de Crazy in love a I put spell on you, ambas convenientemente revisitados, revela que Taylor-Johnson es también más audaz que muchos compañeros hombres.: no renuncia a la canción pop de turno (Love me like you do canta Ellie Goudling) pero tampoco al tesoro de orfebrería sensual funky (ese Earned It de The Weeknd, irresistible).

Así es ‘Cincuenta Sombras de Grey‘: una película camp, de meticulosos paisajes metálicos, de cuerpos hermosos y el sexo entendido como un negocio tan importante como los demás. En este sentido es, a diferencia de otras, un gran reflejo de nuestros tiempos.

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Rodarla de un modo irónico hubiera sido cobarde, una vulgar cesión. Dislocarla de su material original, por interesante que fuera el resultado, hubiera sido íntimamente oportunista. Pero hacerla respetando su condición camp es lo que la distingue y lo que la hace un escapismo tan recomendable.