Cine en el salón: ‘Drácula’, “in memoriam”

Ahora que ya no está entre nosotros, la memoria cinéfila se dispara y tiende a trasladarse a aquella primera vez en la que se encontró con Christopher ...
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Dracula Poster

Ahora que ya no está entre nosotros, la memoria cinéfila se dispara y tiende a trasladarse a aquella primera vez en la que se encontró con Christopher Lee. Para las nuevas generaciones que lo conocieron a través de las manos y el objetivo de Peter Jackson o George Lucas, supongo que el fallecido actor británico siempre será el mejor Saruman que podía haber deseado la Tierra Media o un terrible Conde Dooku que —y es una opinión personal— aventajaba en carisma a lo que Ian McDiarmid ponía en juego como Palpatine en la nueva trilogía galáctica.

Pero para servidor, y supongo que para muchísimos amantes del séptimo arte de mi quinta —y de quintas anteriores— Christopher Lee siempre ha sido, y siempre será, el primer Drácula con el que tuvimos contacto y el rasero por el que, de alguna manera, nos obstinamos en medir durante mucho tiempo las diversas y numerosísimas aproximaciones que el séptimo arte ha hecho durante su centuria y una década —lustro arriba, lustro abajo— de historia al mítico vampiro creado por la pluma de Bram Stoker allá por finales del s.XIX.

En lo que al que esto suscribe se refiere, ‘Drácula’ (‘Dracula’, Terence Fisher, 1958) antecedió, aunque no por mucha distancia, al descubrimiento de lo que nombres como Max Schreck o Boris Karloff Bela Lugosi habían hecho con el personaje antes que Lee y, por supuesto, a lo que algunos años más tarde de aquél primer acercamiento a la cinta producida por la mítica Hammer, vendría de mano de Francis Ford Coppola y Gary Oldman, un chupasangres éste mucho más aterrador de lo que Fisher había rodado treinta y cuatro años antes y que terminaría formando parte junto a Lee del modelo al que comparar a todos los señores de la noche habidos y por venir.

Sanguis vita est

Dracula 1

Pero, al margen de la presencia de un Lee que tiene muy pocas líneas de diálogo —sólo cruza palabras con Jonathan Harker— y que impone por esa mirada que, inyectada en sangre o no, tanto caracterizó a su encarnación del vampiro transilvariano, y de otros valores interpretativos que después pasaremos a revisar, si hay algo que llama poderosamente la atención de ‘Drácula’ es la forma en la que se reinterpretan las claves del relato urdido por Stoker para ofrecer una visión diferente que, alterando aquí y allá el discurrir de la historia, resultó tremendamente osada para la época y mentalidad británica.

Mucho se dio a valer Coppola en su momento cuando, en las infinitas entrevistas que concedió hace veintitrés años con motivo del estreno de su versión de la novela, insistió una y otra vez en la relevancia que en el texto original subyacía en la íntima comunión entre sangre y sexo y, por supuesto, en el claro talante erótico que dimana de la figura del vampiro. Pero el cineasta no estaba inventando nada que, como él bien afirmaba, no estuviera presente, ya en las líneas de Stoker, ya en la mutilada puesta en escena que Fisher llevaba a cabo apoyándose en el espléndido libreto de Jimmy Sangster.

Dracula 2

En esa reordenación de los mecanismos que articulan ‘Drácula’, Sangster introduce el primer cambio relevante nada más comenzar la proyección: Jonathan Harker, aquí un bibliotecario que va a hacerse cargo de catalogar la extensa librería del Conde, llega al castillo con la intención —y esto es algo que descubrimos a los pocos minutos de metraje— de acabar con el reinado del terror impuesto por el otrora Vlad Tepes. Un personaje éste que, en un gesto muy esclarecedor al respecto de lo sexual en el filme, no es el primer vampiro que vemos en pantalla.

Ese momento queda reservado a una voluptuosa vampiresa que se acerca desvalida a Jonathan solicitando que la ayude a escapar de las garras del Conde y que, entre otras cosas, entronca con esa “sutil” explotación que de la mujer se hacía en los títulos de la productora británica, en la que aquí se seguirá incidiendo con la posterior inclusión de las dos hembras en celo que resultan ser las aparentemente recatadas Lucy Holmwood y Mina Holmwood, hermana y mujer de Arthur Holmwood, un espléndido Michael Cough muy lejos aún de encarnar al mayordomo de cierto hombre murciélago.

‘Drácula’, ¿el mejor Fisher?

Dracula 3

Aunque soy de los que opinan que su ‘El perro de Baskervilles’ (‘The Hound of the Baskervilles’, Terence Fisher, 1959) es una de las mejores adaptaciones que se han hecho de los relatos escritos por Sir Arthur Conan Doyle, al tener que valorar qué es lo mejor que Terence Fisher supo levantar a lo largo de su carrera como cineasta, me quedo sin lugar a dudas con la sutileza, contención, suma elegancia y precisión con la que el director rodó un ‘Drácula’ que ya desde sus primeros minutos, da muestras del buen hacer del realizador con esa cámara acercándose al ataúd del vampiro.

Plasmando con virtuosismo lo que el guión de Sangster va destilando —un libreto que deja incluso sitio para el humor de la mano del empleado de la frontera—, de las muchas muestras de talento que Fisher va dejando durante la escueta hora y veinte de metraje me quedo sin duda con la escena cumbre del filme, aquella que enfrenta al Conde con el Van Helsing encarnado a la perfección por Peter Cushing: rodada con un pulso asombroso, y haciendo un uso espléndido del reducido entorno en el que tiene lugar, la escena me sigue asombrando hoy en día por la intensidad con la que se vive y por la forma en la que el director termina visualizando la muerte del vampiro por efecto del sol.

Dracula 4

Una muerte que durante muchos años no pudo verse en su totalidad —de ahí lo de “mutilada” de más arriba— debido a la calificación X que la BBFC —la British Board of Film Calification— le otorgó a la cinta (sic). Afortunadamente, el tiempo, la casualidad y la tecnología ha terminado permitiendo que hoy podamos asistir en toda su gloria a la espléndida escena tal y cómo la concibió Fisher en su momento, pudiendo así dar cuenta de un clímax que, quizás en lo emocional carezca por ejemplo de la trascendencia que sí tendría años después el de la cinta de Coppola, pero que resulta tanto o más satisfactorio que aquél.

Apuntando a la exagerada composición de James Bernard —que juega de forma imperdonable en firme contraposición a la sutileza de las imágenes— como quizás lo único que siempre me ha chocado del filme, revisar hace unos días ‘Drácula’ como personal forma de homenajear a Christopher Lee ha supuesto volver a dar cuenta de un filme al que el paso de los años sólo ha conseguido poner en su sitio como uno de los mejores títulos de terror de todos los tiempos. Uno que no necesita de infantiles golpes de efecto para funcionar y que debería ser asignatura obligada de estudio para cualquiera que desee hacerse un nombre en tan maltratado género.

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