Cine en el salón: ‘El diablo sobre ruedas’, David contra Goliat

Cuando uno ha de acometer la escritura de un artículo en torno a un filme de la relevancia incuestionable que ostenta ‘El diablo sobre ruedas‘ ...
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Cuando uno ha de acometer la escritura de un artículo en torno a un filme de la relevancia incuestionable que ostenta ‘El diablo sobre ruedas (‘Duel’, Steven Spielberg, 1971) es tan obvio como inevitable que los recuerdos se disparen de la misma manera que lo han hecho tantas otras veces en las aproximaciones a las muy diversas películas que han ido desfilando hasta el momento en este rincón de Blogdecine que es Cine en el salón.

Porque, qué diantres, el cine es algo que forma parte íntima de nuestras vidas —al menos de las vidas de los cinéfilos, claro—, hasta tal punto que casi podríamos afirmar que alimenta nuestra existencia y hablar de él haciendo referencia a nosotros es algo que, según el caso, sirve a mi entender para enriquecer el discurso de lo que aquí se recoge —quizás no sobremanera, pero enriquecer a fin de cuentas— .

Un encuentro (personal) muy anhelado

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Es por ello que, tirando de memoria cinéfila, he de confesar que no tuve acceso a la ópera prima de Steven Spielberg hasta las postrimerías de la década de los ochenta, cuando ya había consumido —con voracidad, qué duda cabe— la trilogía completa de cierto arqueólogo, había viajado a las estrellas de manos de un simpático extraterrestre de inmensos ojos o a bordo de un enorme platillo volante, me había sumergido en una jaula junto a Richard Dreyfuss, sufrido con Christian Bale las penurias de la Segunda Guerra Mundial o lamentado la incursión del mago del séptimo arte en ñoños cenagales.

¿El motivo? Si mal no recuerdo, que ni era una película de esas que solían pasar por televisión año sí, año también, ni hasta entonces había estado disponible en VHS para su alquiler —ya digo que lo mismo en todo lo anterior no estoy siendo certero—. Sea como fuere, cuando un día cualquiera de 1990 servidor se encontraba escarbando en las estanterías del videoclub, el propietario del mismo —que sabía mejor que yo aquello que me iba a terminar encandilando— dirigió mi mirada a una de las incorporaciones que había habido aquella semana.

Creo que la memoria no me falla —y no exagero al afirmar— que aquellos dos días y medio que transcurrieron desde el viernes a primera hora de la tarde hasta el domingo a última de la noche, mi familia terminó algo agotada de que servidor insistiera en ver hasta en cinco o seis ocasiones aquella cinta endemoniada que entabló un curioso cruce de impresiones entre ellos —tres— y servidor. Algo así como: (ellos) “¡pero si sólo es una persecución de hora y media!”; (yo) “SÍ, ¡¡¡pero qué persecución!!!”.

Los comienzos de un “grande”

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Historia más que conocida por todo aquél que se haya acercado alguna vez a cualquier biografía de Spielberg —y si no lo has hecho, poco os interesa el séptimo arte XD —, que la trayectoria del cineasta no habría sido la misma de no haber leído su secretaria aquél relato corto firmado por Richard Matheson que apareció en las páginas de Playboy es algo que sólo podemos suponer. Una suposición, eso sí, que no estaría exenta de fuertes visos de realidad.

A fin de cuentas, hasta que puso en pie esta producción originalmente concebida para televisión —de hecho, su duración original era de 74 minutos— el cineasta sólo había firmado diversos capítulos de series de televisión, entre los que se contaban su mítico inicio en el ‘Night Gallery’ —una serie al estilo del ‘Twilight Zone’ de Rod Serling que, curiosamente, años después llevaría el director a la gran pantalla— o aquél que abrió la primera temporada de ‘Colombo’.

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Aún constreñido a los patrones televisivos, Spielberg había llamado lo suficiente la atención de los ejecutivos de la ABC como para que, cuando solicitó los 450.000 dólares que iban a servir para adaptar el relato de Matheson, éstos pusieran pocas pegas. Se iniciaba entonces un breve proceso de pre-producción al que seguían trece intensos días de rodaje —tres más de los inicialmente previstos— y otros diez de post-producción antes de que la película fuera emitida por la cadena un 13 de noviembre de hace cuarenta y cuatro años.

El éxito de ‘El diablo sobre ruedas‘ en su emisión televisiva provocó que la Universal se hiciera con los derechos para su proyección en cines allende los mares, ampliando el metraje de la cinta hasta los noventa minutos que hoy pueden encontrarse en —por ejemplo— la reciente edición en Blu-Ray y dando así comienzo internacional a la carrera de un director que, cuatro años más tarde, pondría patas arriba al séptimo arte gracias a un gigantesco escualo blanco.

‘El diablo sobre ruedas‘, inventiva narrativa

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Antes de comenzar a abundar sobre lo que considero es el mejor y mas explotado valor de ‘El diablo sobre ruedas‘ creo de recibo dejar claros dos puntos. El primero es que, considerando la globalidad de su trayectoria, este thriller imparable no llega a situarse ni entre las tres mejores ni incluso en las cinco mejores películas de su máximo responsable. Un demérito que, en otro caso vendría a resaltar la poca o nula valía de la cinta pero que, con una filmografía como la de Spielberg, se queda lejos de querer afirmar tal cosa.

Asociado a ello, y en segundo lugar —de hecho es directo responsable de que la cinta no de más de sí y se quede en un brillante ejercicio de estilo—, tenemos un guión que, adaptado por el propio Matheson a partir de aquél relato que a su vez se había basado en una experiencia personal similar, como mucho podría ser calificado de raquítico y que, en no pocos momentos, y dependiendo de quien sea el que tiene que juzgarlo, se antoja excesivamente estirado para lo que tiene que narrar.

Como quiera que el que lo está juzgando es servidor, habrá que aclarar aquí que no soy de los que siente que a la cinta le sobra metraje —aunque es verdad que su libreto habría funcionado mejor como un segmento de ‘En los límites de la realidad’—. No cuando lo que Spielberg pone en juego es un ejercicio de brillante virtuosismo narrativo que se reinventa una, otra, otra y otra vez para que los muchos minutos que pasamos contemplando el acoso del Plymouth rojo conducido por Dennis Weaver por parte de ese monstruoso goliat con ruedas que es el camión Peterbilt se nos hagan insuficientes.

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Es tal el ingenio que demuestra el joven cineasta, que viendo tan temprana muestra de talento se comprende que Spielberg llegara a dónde llegó en tan poco tiempo y aún contando con los pequeños deslices que se iban alternando con sus grandes filmes: haciendo caso omiso al tramo inicial de metraje, que ya dice mucho acerca del talante de la cinta, cualquiera de las muchas aproximaciones que he hecho a ‘El diablo sobre ruedasha dejado siempre la clara impresión de que el director no repite encuadre ni posición de la cámara en ningún momento.

Una afirmación que carece de base sólida por cuanto no me he parado nunca a analizar fotograma a fotograma los noventa minutos de duración, pero que creo habla con elocuencia de la extrema variedad de lo que podemos ver en una cinta que, con más o menos un 70% de su acción sobre el asfalto, nunca aburre ni resulta reiterativa. Antes bien, los momentos en que el Plymouth y el Peterbilt se “enfrentan” son, sin lugar a dudas, lo mejor de la película y el contrapunto perfecto a las escenas que dibujan con singular maestría a ese acobardado hombre de negocios que termina por echarle reaños al gigante sobre ruedas.

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Ahí hay que agradecerle a Spielberg que contara con un actor como Dennnis Weaver, un hombre ordinario en una situación extraordinaria que provoca una empatía inmediata con cualquier espectador y que convierte en plausibles todas las actitudes por las que va transitando un personaje a cuya némesis, ese conductor de camión de instintos criminales, nunca llegamos a ver; otro punto más a favor de esta pequeña GRAN producción: al anular al “malo” —del que sólo se ve un brazo y las botas— el director nos obliga de forma sutil a situarnos, sí o sí, en la piel de David Mann.

Y en esa piel, sufriendo la tensión de no saber si saldrá con vida de la persecución del maníaco al volante de Peterbilt, es donde nos damos cuenta de la precisión con la que Spielberg mide un filme casi redondo, que no necesita de las típicas explicaciones para memos —miedo me daría si alguien decidiera hacer un remake de esta cinta— y que, casi cuatro décadas y media después, no ha envejecido NADA.