Cine en el salón: ‘Entre pillos anda el juego’, risas que no envejecen

No es fácil escribir sobre comedia…o al menos así lo ve el que esto firma: si ya la apreciación de cualquier género cinematográfico está ...
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Entre Pillos Anda El Juego Poster

No es fácil escribir sobre comedia…o al menos así lo ve el que esto firma: si ya la apreciación de cualquier género cinematográfico está completamente atado a los gustos del respetable y su inclinación hacia éste o aquél en concreto, en lo que a hacer reír se refiere el abismo entre lo que a un espectador puede parecerle hilarante y a otro carente por completo de gracia es, a todas luces, infranqueable. Un ejemplo muy claro: mientras que mucha gente aplaude con ganas todo lo que Judd Apatow apadrina de forma directa o indirecta, a servidor el cine del estadounidense le hace la misma gracia que un puntapié en las gónadas.

No es fácil escribir sobre comedia y, sin embargo doy hoy comienzo a un breve recorrido que me llevará a revisar cuatro espléndidos exponentes de lo que el complicado género —si es difícil escribir sobre comedia muchísimo más lo es escribir buenas comedias— dio de sí hace tres décadas, cuando todavía en Hollywood tenían más o menos claro lo que era hacer reir y no se dedicaban a vendernos subproductos supuestamente desopilantes que no harían ni sonreir al agradecido público de un jardín de infancia.

Y la primera seleccionada, porque digo yo que por alguna había que empezar, es una de mis comedias favoritas de Eddie Murphy que se sitúa a la altura de las otras dos que considero las mejores de cuantas se ha visto implicado el actor. Un grupo que queda completado por esa genial segunda entrega de las aventuras de Axel Foley que dirigió Tony Scott y aquella producción en la que, entre otras cosas, el actor se afanaba en conseguir que unos monjes tibetanos le otorgaran la posibilidad de conseguir un daga sagrada de enormes poderes.

Una comedia como Dios manda

Entre Pillos Anda El Juego 1

Varios son los factores que, treinta y dos años después, siguen haciendo que Entre pillos anda el juego (‘Trading Places’, John Landis, 1983) funcione tanto o mejor que la primera vez que pude verla, con poco más de una década a mis espaldas: su dirección, su guión y, por supuesto, un reparto que, en ciertos casos, es un golpe de auténtico genio por el que habría que aplaudir sin cesar tanto a John Landis como a Bonnie Timmerman, la directora de cásting a la que también debemos, por poner un ejemplo de la misma década, los aciertos de la primera entrega de ‘Karate Kid’ (‘The Karate Kid’, John G. Advilsen, 1984).

Si bien el estilo “Landis” queda mucho mejor enmarcado en el puñado de títulos de terror que el cineasta ha dirigido a lo largo de su carrera —un grupo que tiene como mejor exponente ‘Un hombre lobo americano en Londres’ (‘An American Werewolf in London’, John Landis, 1981)— no deja de ser cierto tanto que la pericia narrativa del autor de ‘Granujas a todo ritmo’ (‘The Blues Brothers’, 1980) se deja notar en el preciso fluir de la acción imparable de ‘Entre pillos anda el juego como el que, en manos de cualquier coetáneo, lo muy efectivo del guión firmado a dos manos por Timothy Harris y Herschel Weingrod habría resultado mermado.

Entre Pillos Anda El Juego 3

Éste, que bebe de las dos claras fuentes que constituyen ‘El principe y el mendigo’ de Mark Twain y ‘Las bodas de Fígaro’ de Mozart —tanto es así, que la primera pieza musical del filme no es una original de Elmer Bernstein sino la obertura de la citada ópera del compositor vienés— narra con gran inspiración y enormes dosis de crítica social el experimento que dos multimillonarios hermanos llevan a cabo: intercambiar las vidas de Dan Aykroyd, que interpreta de forma genial a un ejecutivo de alto nivel de la empresa de bolsa que ambos gestionan, por la del indigente caradura que encarna Eddie Murphy .

Es evidente que, a resultas de dicho cambio es donde la cinta encuentra gran parte de sus mejores momentos de humor, sobre todo en lo que se refiere a las diversas exposiciones de cómo las existencias de ambos quedan puestas patas arriba, con el pijo redomado que es Louis Winthorpe III recurriendo al crimen para que se le devuelva lo que es suyo y ese hombre criado en la calle que es Billy Ray Valentine adaptándose a la perfección a la vida acomodada y llena de lujos que los hermanos Duke —IMPRESIONANTES tanto Don Ameche como Ralph Bellamy— le sirven en bandeja.

Entre pillos anda el juego‘, hija de su década

Entre Pillos Anda El Juego 4

Completado el reparto con unos Denholm Elliot y Jamie Lee Curtis —y no hace falta que diga lo mucho que los/las amantes del género femenino deberíamos estar agradecidos a éste filme, ¿no?— cuyo espléndido trabajo les hizo acreedores de sendos BAFTAs, que ‘Entre pillos anda el juegoes una de esas cintas que sólo se entiende en la década en la que se produjo es una obviedad tan evidente como que, de querer acometerse un remake hoy en día, no habría pareja de actores cuyos estilos se acoplaran tan bien como los de Aykroyd y Murphy.

Salidos ambos de la cantera del SNL, lo afectado del primero se contrapone a la perfección con la frescura de tintes callejeros del segundo para, unido a lo que el resto del reparto pone en juego —que es mucho y muy variado—, terminar provocando esa risa que es tan ajena a la comedia actual: momentos como la primera aparición de Billy Ray, la secuencia en la que los Duke le explican de qué va su nuevo estatus, la incursión de Winthorpe en la fiesta de Navidad de la empresa ataviado de Papá Noel o por supuesto, la secuencia del tren, son muestras más que suficientes del genial funcionamiento de esta gran comedia.

Una comedia que, curiosamente, trascendía hace pocos años su carácter cinematográfico para ser parte de la inspiración que llevaría en 2010 al establecimiento de nuevas regulaciones en los mercados financieros en lo que ya se conoce como “La regla Eddie Murphy”, llamada a impedir el uso indebido de información sobre productos como la que se veía en la cinta de Landis. Un legado curioso y sorprendente para una cinta que nunca nos cansaremos de revisar y que, en última instancia, es exponente preciso de la grandeza del cine de esa inimitable década de los ochenta.