Cómic en cine: ‘Watchmen’, de Zack Snyder

Había triunfado en taquilla y una gran parte de la crítica alababa los muchos logros visuales que había conseguido con ‘300’ (id, Zack Snyder, ...
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Había triunfado en taquilla y una gran parte de la crítica alababa los muchos logros visuales que había conseguido con ‘300’ (id, Zack Snyder, 2006), la fidedigna traslación del cómic homónimo de Frank Miller con la que Snyder había puesto la segunda piedra fundacional en una trayectoria que había comenzado dos años antes con esa fascinante revisión de la segunda entrega de la saga zombi de George A.Romero que fue ‘Amanecer de los muertos’ (‘Dawn of the Dead’, Zack Snyder, 2004). Tachado ya de visionario por muchas —y muy enfervorecidas— voces, el cineasta no podía ni imaginar lo que estaba a punto de caerle en el regazo.

Tras años en el limbo de las producciones que nunca terminaban de cuajar —más detalles acerca de ésto después de la sección correspondiente al cómic— Warner había conseguido por fin poner el filme en la buena dirección e, impresionados por el trabajo que el director había hecho con la historia de la guerra de Esparta contra las fuerzas de Jerjes, decidieron que la peculiar visión de Snyder era la más adecuada para plasmar en 24 fotogramas por segundo las nueve viñetas de media por página de aquél cómic que, en 1986, había cambiado el universo del noveno arte para siempre.

¿Qué había antes de ‘Watchmen‘?

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Aunque sea tan sólo en unas breves líneas, creo que a la hora de hablar de Watchmen resulta ineludible hacer referencia escueta al panorama que el mundo del cómic estadounidense mostraba justo antes de que Alan Moore y Dave Gibbons lo pusieran patas arriba con su creación para, de esta manera, poder aprehenderse mejor de la increíble convulsión y brutal ruptura que aquellos doce números publicados entre 1986 y 1987 por DC supusieron para el mundillo de los superhéroes en particular y del tebeo en general.

Ciñendo este breve vistazo por el cómic estadounidense a los superhéroes —dejaremos de lado el surgimiento en la década de los setenta del cómic underground y, también, el golpe de autoridad que había supuesto aquella “primera novela gráfica” que fue el ‘Contrato con Dios’ de Will Eisner— hay que admitir que, más o menos desde que Frank Miller comenzara a manejar a su antojo los hilos de Daredevil a finales de los 70, nuevas fórmulas habían comenzado a alterar lo que hasta entonces se entendía por tebeo de gente con poderes.

Watchmen Antes

Unas fórmulas que no eran más que la evolución lógica de lo que Stan Lee y Jack Kirby habían comenzado a desarrollar a principios de los sesenta con la eclosión del Universo Marvel y que Miller había sabido adaptar a unos tiempos diferentes en modos magistrales. Arquitecto inconsciente del proceso de ruptura que el tebeo de los ochenta realizaría para con el pasado, sería el ‘Dark Knight’ del artista neoyorquino el que, junto a ‘Wacthmen’ y la primera —y huelga decir que mejor— ‘Crisis’ de DC configurarán, en modos diferentes, lo que desde entonces será el tebeo de superhéroes.

Dejando de lado la limpieza y reordenación que supuso la tercera en discordia para la fuerte incoherencia que campaba a sus anchas en el seno de DC —porque, sin poner en duda su espléndida calidad artística, no fue más que eso—, es gracias a los dos primeros, al cinismo de su mirada y a la reinterpretación de unas claves que necesitaban urgentemente de una actualización que el cómic de hoy es lo que es y, por ello, serán siempre considerados como dos de los pináculos más ineludibles de la historia del noveno arte.

Watchmen‘, EL CÓMIC

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Núbil adolescente cuando la magna obra de Moore y Gibbons cayó en mis manos, la carga de mensajes y múltiples capas que ‘Watchmen‘ encerraba para una mente medianamente ágil pero todavía en proceso de formación, provocó poco menos que un cortocircuito sináptico en un primer acercamiento que me dejo boquiabierto: no era capaz de procesar lo que a todas luces era un cómic fuera de lo normal, tanto en calidad como en la forma en la que se apartaba de cualquier tebeo de superhéroes —aunque de esos no había nada que encontrar allí— de los que había consumido hasta ese momento.

Personalmente, creo que ese detalle en particular —unido a otra miríada de circunstancias— es el que hizo grande a ‘Watchmen‘ y sigue provocando que hoy, veintinueve años después, sea un cómic tanto o más vigente que las muchas intentonas de DC o Marvel por vendernos los mega-super-macro-eventos anuales. Atreviéndome a rozar mínimamente la superficie de toda esa multitud de detalles que aglutina la obra de Moore y Gibbons, hay ciertos elementos de la misma que suponen un matiz claramente diferenciador con respecto a las muchas lecturas que antes, durante y después han visto la luz en el universo de los tebeos. De entre ellos, destacaría, sin que el orden implique importancia, los siguientes:

La simetría a tres niveles con la que Moore juega a lo largo del tebeo, asemejando la experiencia a estar contemplando una complejísima mancha de Rorschach y en la que llaman la atención la relación temática de los números pares e impares o el asombroso reflejo, primero estructural, después en muchas viñetas, con el que está montado el número cinco.

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Los constantes devaneos de Moore para con el lector a la hora de adelantar el final. Un detalle imposible de apreciar en una primera lectura y que con las subsiguientes va desvelándose poco a poco, siendo la conversación del Comediante con Moloch en el segundo número, un ejemplo clarísimo de los deseos del guionista de que alguien descubra parte de la impactante conclusión antes de que esta se produzca.

La constante mirada critica con la que el escritor va desmotando pieza a pieza la imagen de héroe impoluto que hasta el momento de su publicación era la tónica reinante —aunque no absoluta— en los cómics. No sólo me refiero al tono realista que caracteriza a la narración, que podemos encontrar incluso cuando esta incide sobre el Dr. Manhattan, sino a las constantes puyas que Moore introduce acerca de la idiosincrasia —muchas veces de carácter sexual— de unas personas que se disfrazan para poder sentirse realizadas.

A este respecto resulta revelador leer con la mentalidad de un adulto toda la secuencia del primer encuentro íntimo entre Dreiberg/Laurie, Búho Nocturno /Espectro de Seda haciendo caso a los comentarios que van surgiendo de la televisión. Simplemente genial.

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El número dedicado al Dr.Manhattan, ya no sólo porque es uno de los más reveladores, sino por el dominio temporal que el guionista demuestra en todas y cada una de sus páginas, haciendo de él una lectura intensa tanto en forma como en contenido.

El ecuador de la narración —el número seis—, dedicado al mejor personaje de la misma, con la secuencia más violenta de toda la historia, y con una frase “No estoy encerrado aquí con vosotros. Sois vosotros los que estáis encerrados conmigo” que lo dice todo sobre Rorschach y la claridad de sus ideas a la hora de impartir su particular justicia.

Los complementos —todos ellos imprescindibles para captar lo que Moore narra— y, sobre todo, el cómic de piratas que sirve de reflejo continuo de la acción, ya sea de forma directa como una suerte de recorrido apócrifo sobre la vida de Veidt y lo que el megalómano pretende hacer, ya sea como metáfora puntual que toca a otros personajes como Rorschach o en menor medida pero no con menos fuerza, al quiosquero, las pandillas, la taxista lesbiana o el niño que lo lee con denodado interés.

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Y podríamos seguir y seguir analizando la práctica totalidad, no ya de las páginas, sino de las viñetas; unos pequeños rectángulos que Gibbons carga de mensajes y contenidos y que convierten Watchmen en uno de esos pocos cómic a los que es estrictamente necesario volver de vez en cuando para afianzar las impresiones que su última lectura dejo e ir creando nuevas que vayan acumulándose en nuestra memoria.

Huelga decir que el trabajo del dibujante británico es la perfecta traslación de lo que Moore pare para cada página y número, y que la reciprocidad entre el guionista y él es la máxima responsable de que hoy y tras incontables zambullidas en todas las ediciones que han ido pasando por mis estanterías —y de las que sin duda me quedo con la Absolute americana— ‘Watchmen‘ consiga seguir sorprendiendo con nuevos hallazgos. Una perfecta definición de por qué este cómic es una Obra Maestra del noveno arte.

Descenso al infierno de “en desarrollo”

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Tan pronto como comenzó a ser la comidilla en los círculos comiqueros y empezó a levantar un revuelo en el mundillo que se terminaría tornando en auténtico huracán, Lawrence Gordon y Joel Silver adquirieron los derechos cinematográficos sobre ‘Watchmen‘ para la 20th Century Fox que, tras el rechazo de Moore de escribir una adaptación de su trabajo, buscó ayuda en Sam Hamm para la redacción del libreto —el que sería encargado, dos años más tarde, de redactar el guión de la primera entrega del Batman de Tim Burton.

Ante la complejidad del trabajo que se le planteaba, Hamm reimaginó el final de la historia a su antojo, simplificándolo sobremanera y solucionando el grueso de la misma con un asesinato y una paradoja temporal. En otras palabras, que con esa conclusión, Watchmen‘ comenzaba a parecerse a su contrapartida impresa lo mismo que un mango a una sardina.

Descartado eventualmente por Fox en 1991, el proyecto fue a parar entonces a manos de Warner, un estudio que depositó plena confianza en Terry Gilliam y el guionista Charles McKeown para levantar la producción que, por circunstancias relacionadas con los despilfarros que habían supuesto los últimos filmes de Silver y Gilliam, sólo iba a contar con unos escuetos 25 millones de dólares —un cuarto de lo necesario.

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Fue por esta época que comenzaron a barajarse nombres para encarnar a los personajes imaginados por Moore y Gibbons. Entre ellos, los de Arnold Schwarzenegger como el Dr. Manhattan —irónicamente, Arnie terminaría encarnando a un personaje azul y calvo en un esperpento comiquero— Robin Williams como Rorschach, Kevin Costner como Búho Nocturno, Gary Busey como el Comediante y tanto Sigourney Weaver como Jamie Lee Curtis como Espectro de Seda. Pero todos ellos se quedaron en nada cuando Gilliam, declarando que ‘Watchmen‘ era infilmable, se bajó del carro.

Warner terminó también desentendiéndose del proyecto, dando comienzo a una década en la que nada se supo de ‘Watchmen‘ hasta que, en 2001 Gordon y Universal contrataron a David Hayter para redactar un guión que el mismo dirigiría pero que comenzaría a incurrir en retrasos continuados dando pie a la productora a dejar de lado una empresa que ya parecía maldita. Con el abandono de Universal, el siguiente estudio en discordia será Paramount que, tras tantear a Darren Aronofosky para la dirección, terminará decantándose por Paul Greengrass y una fecha tentativa de estreno de verano de 2006.

Con buenas perspectivas para que un comienzo inminente de la producción, Paramount reculará en marzo de 2005 tanto con ésta como con otras superproducciones, dejando via libre para que, siete meses después, Warner vuelva a interesarse por ‘Watchmen‘ y, esta vez de forma definitiva, sea la productora capaz de llevar a buen puerto una cinta que, cuando se estrene en 2009 dos años después de la fecha oficial de su puesta en marcha con dirección de Zack Snyder y guión de Alex Tse —y la acreditación correspondiente al trabajo de David Hayter—, habrá estado casi tres décadas dando tumbos por lo más granado de Hollywood. Ahí es nada.

¿Adaptación o traslación?, esa es la cuestión

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Hay cosas de las que hicimos en ‘Watchmen‘ que sólo podrían funcionar en un cómic y que, de hecho, estaban diseñadas para mostrar cosas que otros medios no pueden.

Mucho hay tras estas escuetas palabras del siempre polémico Alan Moore, un guionista que hasta ahora se ha mantenido incólume en su postura de desentendimiento total de los diversos acercamientos que a su obra se han realizado desde el mundo del cine. Una postura que, vale, no dudamos tendrá un poco de pose y algo de marketing pero que, en el fondo, esconde una reflexión que ya he hecho en muchas ocasiones y que alude a la muy distinta naturaleza de dos medios de expresión artística tan separados —y paradójicamente unidos— como son el cómic y el cine.

En el caso que nos ocupa habría que atender además a que, como ya había hecho en ‘300’, Snyder decidiera de forma temprana utilizar las páginas de Gibbons como storyboards a los que intentar seguir de forma fiel conforme fuera avanzando el rodaje del filme. Una idea que le había funcionado a las mil maravillas con la adaptación del tebeo de Miller —de una simpleza argumental ostensible— pero que aquí estaba llamada a plantear no pocos problemas dadas las múltiples capas de significado que, como comentábamos más arriba, atesoran los doce números de ‘Watchmen‘.

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El resultado, si sólo atendemos a la calidad del traspaso y no a valoraciones puramente cinematográficas, es tan válido como exasperante y sirve para plantear el debate de si a la hora de aproximarse desde el cine a un título —sea o no tan emblemático como el que hoy nos ocupa— ser tan literal como termina siendo la cinta de Snyder es la mejor de las opciones o si, por el contrario, hay que tener claras las ideas y saber separar las imágenes en movimiento de la estaticidad de las viñetas.

En mi humilde opinión, y aunque —como veremos a continuación— tengo en bastante estima los esfuerzos de ‘Watchmen‘ y me sitúo más cerca de las voces que la valoran positivamente que de aquellas que arremeten contra ella; considero que el cómic en cine sigue siendo, salvo esos taquillazos excepcionales que todos conocemos, un “género” de minorías y que, visto así, la traslación casi punto por punto no ayuda en nada a que lo reducido del impacto de una película basada en un tebeo —que por muy magistral que sea es eso, un cómic, y no hay que olvidar su limitado rango de partida— logre aludir a la gran masa que, a fin de cuentas, es de lo que va este negocio, ¿no?

Watchmen‘, a cámara lenta

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Dicho esto, pasemos en esta última sección a analizar las virtudes y defectos de Watchmen (id, Zack Snyder, 2009) una cinta que, ya para bien, ya para mal —más de ésta última que de la primera— no deja indiferente a nadie que tenga los redaños para aproximarse a sus 162 minutos de metraje si de lo que estamos hablando es de su versión cinematográfica o a sus tres horas y seis minutos de duración si, como haré en lo que queda de texto, nos acercamos al montaje del director que vió la luz a finales de 2009 y que, en opinión inicial del que esto suscribe, mejora ostensiblemente la opinión con la que salí del cine aquél 6 de marzo de hace seis años.

No fueron muy halagüeños los comentarios que en su momento pude verter sobre un filme que, de partida, me había resultado excesivamente irregular: lastrado sobremanera por el abuso de la cámara lenta que Snyder hacía a lo largo de la proyección —ríanse ustedes de lo que habíamos visto en ‘300’—, lo íntimo de la traslación de las viñetas de Gibbons a imagen real no me había convencido como inicialmente había creído que lo haría tras el visionado de su magnífico trailer. Un avance que no dejaba lugar para el engaño y que, como tantas otras veces, elevaba las expectativas hasta cotas que, insisto, inicialmente, no se iban a cubrir.

Al hundimiento parcial de esas expectativas venía en auxilio tanto lo excesivamente teatral de una gran parte de las actuaciones —resaltando en este aspecto negativo a un desubicado Matthew Goode que, probablemente, era la elección más errónea posible para encarnar a Adrian Veidt— como el hecho de que, de nuevo, la insistencia de Snyder de trasladar hasta la última acotación visual del cómic devenía en una experiencia agotadora que si bien daba lugar al lucimiento de un nivel de diseño de producción brutal en cualquier aspecto, dejaba extenuado a los pocos minutos de proyección.

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Añadiéndose al sinsabor de ‘Watchmen‘ la inane partitura de Tyler Bates, el que esto suscribe sólo era capaz de destacar a la salida del cine varias escenas sueltas entre las que destacaría tres: los magistrales títulos de crédito iniciales —uno de los pocos añadidos que Snyder hace con respecto al cómic y que sirven para acotar el universo imaginario en el que se sitúa la acción—, la secuencia del entierro del comediante y el montaje que se hace de su vida a través de los recuerdos de los que lo conocieron —magnífico aquí el uso del ‘Sound of Silence’ de Simon and Garfunkel— y la correspondiente al origen del Dr. Manhattan, coincidente con el mejor número de los doce que conformaban la serie de cómics.

Más allá de eso, y del enorme acierto que suponía el haber contado con Jackie Earle Haley como Rorschach —que se merienda, junto a Jeffrey Dean Morgan, al resto del reparto—, eran demasiados los momentos que oscilaban entre lo erróneo y lo decididamente vergonzoso, siendo epítome de este último calificativo la infame secuencia del encuentro sexual entre Búho Nocturno y Espectro de Seda a, ¿lo adivininan?, cámara lenta y el ritmo del ‘Hallelujah’ de Leonard Cohen de fondo.

Pero, con todo, algo quedaba de fondo, un poso que no pretendía reactivar negándome a priori a adquirir el filme toda vez fuera editado en Blu-Ray pero que que finalmente terminaría revisitando con la compra del montaje del director —que no el Ultimate Cut que forzaba al límite la duración hasta llevarla a 215 minutos con la versión animada del ‘Tales of the Black Freighter’.

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Un montaje que, con sus veinticuatro minutos más y el obvio distanciamiento a la posición inicial con respecto al filme que había supuesto el paso de los meses me permitió redescubrir una película que, sí, tiene muchos problemas pero que, aceptando sus idiosincrasias más evidentes —aquellas que pasan por el abuso de la cámara lenta y por lo puntualmente letánico del ritmo de la narración—, se alza como un sentido homenaje a las páginas de una historia que cambiaron por completo el noveno arte.

Claro está que mucho habría que analizar acerca de la clara intención de Snyder de establecer su aproximación como un hito similar en el mundo del cine, pero tal debate, a la vista de lo prolongado de éste artículo, queda ya para otra ocasión. En su lugar, cerremos el repaso por ‘Watchmen‘ valorando en lo que cabe a la arriesgada apuesta de un director que, desde entonces, se ha metido en cenagales mucho más insalvables que lo han llevado a ser criticado duramente por su insufrible ‘Sucker Punch’ (id, 2011) o vilipendiado por la falta de criterio con la que se acercó a la figura de Superman en la irregularísima ‘El hombre de acero’ (‘Man of Steel’, 2013).

Resta esperar que con sus tres futuras aproximaciones a los miembros de la Liga de la Justicia Snyder logre recuperar algo del talento pasado y consiga devolver a la contrapartida cinematográfica de las figuras del Universo DC un poco de la gloria que ostentaron, ya con Richard Donner, ya con Christopher Nolan. Es muy probable que sea mucho pedir, pero por soñar que no quede, ¿no?

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