‘Con todas nuestras fuerzas’, con todos los que nos quieren

‘Con todas nuestras fuerzas’ (‘De toutes nos forces’, Nils Tavernier, 2013) llega con dos años de retraso a nuestras salas. Como si de una competición se ...
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Con todas nuestras fuerzas (‘De toutes nos forces’, Nils Tavernier, 2013) llega con dos años de retraso a nuestras salas. Como si de una competición se tratase, en la que participan blockbusters, películas menores, independientes, españolas… el film de Tavernier hijo ha logrado su estreno entre nosotros, aunque le haya tocado competir con filigranas sobre terremotos o dinosaurios. Una película pequeña que es nada del otro mundo, aunque maneja con habilidad algunas de sus cartas en un contexto algo manido en el cine −¿cuál no lo está?−.

Se trata de la segunda película de ficción, y fuera del documental, por parte del hijo del excelente Bertrand Tavernier, para quien ha trabajado varias veces como actor, y del que, sin duda, ha podido aprender mucho dada la filmografía del director de joyas tan impactantes como ‘Alrededor de la medianoche’ (‘Round Midnight’, 1986), ‘Hoy empieza todo’ (‘Ça commence aujourd’hui’, 1999) o la muestra de vitalidad humorística expuesta en ‘Crónicas diplomáticas’ (‘‘Quai D’Orsay’, 2013).

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Con todas nuestras fuerzas narra la historia de Paul (Jacques Gamblin), un hombre al que han echado de su trabajo, técnico de teleféricos alpinos, y que al volver a casa se encuentra con el lidiar diario de tener un hijo discapacitado al que nunca le ha hecho mucho caso. Julien (Fabien Héraud), que siempre ha intentado comunicarse con su padre, lo intentará de nuevo al proponerle participar juntos en el triatlón conocido como ‘Iron Man’, y para el que se requiere una gran capacidad física, teniendo en cuenta que hay que recorrer una gran cantidad de distancia a nado, en bicicleta y corriendo, en menos de 16 horas.

Sencillez

Lo más interesante de la película no es la historia en sí, que navega por todos los lugares trillados de este tipo de películas. Esto es, una historia de superación personal, de las relaciones paterno filiales cuando existe el obstáculo de la discapacidad del hijo, y en la que cualquier espectador experimentado sabe de sobra cómo se van a desarrollar los acontecimientos en un film que a veces hace gala de cierto esquematismo, sobre todo en la definición de personajes, y que realmente no depara muchas sorpresas, de hecho ninguna, en su ya breve relato. Menos de hora y media.

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Lo más interesante de Con todas nuestras fuerzas –por cierto, un título muy acorde en estos tiempos que corren− reside primero en su sencillez, lo que le lleva a ser directa, y no tirar de maniqueos absurdos con los que el espectador débil enseguida puede enternecerse. Tavernier, con una cámara que acierta en sus encuadres simulando ser Julien en la bicicleta, narra sin más unos hechos sobre los que no escarba tal vez lo suficiente dejando por completo esa labor en una cámara inquieta a ratos, determinante en otros. La fragilidad de Julien ante un mundo que avanza a marchas forzadas y al que hay que seguirle el ritmo. O superarlo.

También la segunda lectura del film, aquella que hace hincapié en el personaje del padre, sin ningún tipo de discapacidad, pero que ni encuentra el valor suficiente para enfrentarse al día a día, huyendo como puede de su realidad, un retrato de muchos de los extrabajadores de hoy día, sobre todo a cierta edad. Hay un escena prodigiosa en el film (Spoilers), aquella en la que Paul se rinde debido a un esfuerzo físico casi sobrehumano, y es su propio hijo quien, en silla de ruedas, tira de él. Sólo por ese momento y por lo que encierra dicha secuencia, merece la pena el visionado del film.

Por aquellas inesperadas manos que nos ayudan a levantarnos y seguir. Es lo único que queda.