Especial Frankenstein (X): ‘Frankenstein’ de Bernard Rose

La distribución de una película nada tiene que ver con la calidad de la misma, es alago que corresponde simplemente a publicitar un producto con el ...
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La distribución de una película nada tiene que ver con la calidad de la misma, es alago que corresponde simplemente a publicitar un producto con el objetivo de que llegue al mayor número de espectadores. Es una pena que productos de gran presupuesto tengan anuncio hasta en la sopa —en nuestro caso será Tele 5 y su bombardeo habitual—, y otros, de menor economía, apenas obtengan distribución más allá de los consabidos festivales. La muy interesante Frankenstein (íd., Bernard Rose, 2015) pertenece al segundo grupo.

Recientemente se ha vuelto sobre la creación de Mary Shelley con demasiada asiduidad —nunca es demasiado para los ávidos productores que desean llenar sus arcas—, un par de producciones cinematográficas, con rostros conocidos, y un par de series de televisión, una de ellas, ‘Penny Dreadful’ (2014- ), en su mejor momento con la recién estrenada tercera temporada. ¿Qué podría aportar Bernard Rose a tanto tratamiento diferente? Pues aunque cueste creerlo, originalidad.

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El primer hombre

(From here to the end, Spoilers) Lo cierto es que el título de esta nueva versión, escrita también por Bernard Rose —de cierto prestigio en la década de los noventa— es realmente engañoso. El científico loco y obsesionado por crear vida no tiene aquí más que quince minutos, aproximadamente, de aparición en escena. El Frankenstein de Rose pasa del científico y se centra en su creación, el mil veces llamado monstruo, aquí un experimento fallido al que bautizan como Adán. Lógico.

La frialdad del laboratorio —hay que anotar que Frankenstein se desarrolla en la época actual— va acorde con los sentimientos de los padres, sobre todo el padre —un Danny Huston que no se esfuerza demasiado—, para con su creación. Dicha frialdad marca el tono del relato en el que un recién nacido comprueba cómo es el mundo, realmente un vertedero lleno de gente que sólo quiere engañarte, robarte, violarte, y como dice Robe en su último disco “no sentir nada”.

Curiosamente el Adán —Xavier Samuel en un papel realmente difícil— de este film parece sentir más que nadie de los que le rodean, al menos la voz en off, con un uso inteligente, así lo demuestra. Reflexiones existenciales en medio de la aventura de vivir, con una muy tractiva media hora inicial de Adán en el laboratorio, abriendo y cerrando los ojos, mientras procura aprender. Las iniciales tomas subjetivas indican que lo que veremos es la versión de la criatura desde su punto de vista.

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Cambio de enfoque

Así pues Frankenstein se desmarca de la mayoría de las versiones sobre la obra de Shelley por apartar de la historia al propio Victor Frankenstein y centrarse en el proceso de descubrimiento vital por parte de Adán, quien debe esconderse para sobrevivir en el mundo, tapar su cada vez más deteriorado cuerpo —clave es la secuencia en la que una mujer intenta hacerle favores sexuales—, mientras poco a poco aprende, sobre todo de un mendigo músico y ciego, personaje a cargo de un actor importante en la carrera de Rose: Tony Todd.

Frankenstein no habla sobre la obsesión y la locura de enfrentarse a los misterios de la vida, no muestra los peligros que encierra el jugar a ser Dios, si se quiere expresar así. Lo que cuenta el film de Rose, por duro que suene, es que no merece la pena nacer, ni venir a un mundo en el que el amor no existe por ser malinterpretado, y la amistad se rompe por ceguera no sólo física. Rose lo deja claro, nacer es peligroso, existir aún más.

Y sirve como ejemplo esa portentosa secuencia final en la que Adán se inmola junto a su “madre” —Carrie-Anne Moos, tan bella como siempre— mientras grita su nombre, el del primer hombre. Frankenstein cae a veces en subrayados —la historia de los policías—, y abusa del típico temblequeo en la cámara de las cintas indies. Pero su uso de gore, su rabia argumental y su originalidad la sitúan por encima de la media, preferible al millonario ejercicio de Paul McGuigan, con el que culminaré este breve especial.