‘Infiltrados en la Universidad’, pequeños momentos de genialidad

‘Infiltrados en clase’ (’21 Jump Street’, Phil Lord y Chris Miller, 2012) apenas me hizo gracia. La adaptación al cine de la exitosa serie de televisión en ...
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‘Infiltrados en clase’ (’21 Jump Street’, Phil Lord y Chris Miller, 2012) apenas me hizo gracia. La adaptación al cine de la exitosa serie de televisión en la que se dio a conocer Johnny Depp, ‘Nuevos policías’ (’21 Jump Street’, 1987-1991) desembarcó en pantalla grande de la mano de dos directores que demuestran estar muy bien compenetrados, al menos en lo que respecta al cine de animación, donde se les ve más seguros que en el cine de imagen real. Así lo deja claro la que probablemente sea su mejor película con diferencia, ‘La LEGO película’ (‘The Lego Movie’, 2013), desternillante e ingeniosa traslación de un juguete al cine.

‘Infiltrados en la Universidad’ (’22 Jump Street’, 2014) ya me hizo un poco más de gracia que el primer título. No llego a los niveles de Mikel, y estoy bastante de acuerdo con Pablo en el hecho de que esta secuela parte de una autoconciencia por resultar efectivamente innecesaria, pero comprender muy bien su condición de juguete explotador de la gallina de los huevos de oro para seguir rompiendo taquilla allá donde se estrene. No estamos ante una buena película si quiera, pero posee momentos verdaderamente hilarantes y con un broche de oro final en el que reírse de sí misma y de la moda de secuelas.

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El guión simplemente no existe, o está reducido a la mínima expresión, con apenas variaciones al respecto de la primera entrega. Si allí iban a la escuela, a pesar de la edad de los protagonistas, aquí realizan una operación en cubierto en la Universidad en la que una chica ha aparecido muerta por un tema relacionado con el tráfico de drogas. Y se acabó. Rodeando ese esqueleto argumental, ‘Infiltrados en la Universidad’ se despacha a gusto con un sinfín de gags en los que Jonah Hill —nadie va a sacarle más provecho a este actor que Martin Scorsese— y Channing Tatum muestren una vez más su compenetración en pantalla.

Autoreferencias y metalenguaje hilarante

El problema, una vez más, en esta secuela totalmente exagerada es que muchos de los gags parecen basados en la improvisación y están demasiado alargados. Sin embargo en otros reina el equilibrio y la inspiración incluso cuando juguetean con la mencionada exageración latente en cada plano. Por ejemplo, determinado chiste sobre la hija del jefe —Ice Cube aún más pasado de rosca que en la primera entrega— y Schmidt (Hill), o la presencia de Seth Rogen en determinado momento, curiosamente el más brillante de todos, la escena de los créditos finales, en la que se permiten el lujo de parodiar al respecto del futuro de la saga. Metalenguaje puro y duro.

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También demuestran Lord y Miller algo más de mano en la puesta en escena, dando como resultado que las mejores sean aquellas planteadas como si de un film de animación se tratase, por ejemplo, la mayor parte de las secuencias de acción, destacando por encima de todas una persecución automovilística —siempre y cuando si a un casco grande con ruedas se le pueda llamar automóvil— filmada en plano cenital y con evidentes trucos digitales. Momentos dispares que, junto a los más logrados en el aspecto cómico, hacen más soportable el visionado de una película cuyo mayor defecto es su escandalosa simpleza. Muy básica.

Con todo, supone una mejoría aunque repitan elementos más que sobados —darse a conocer en el nuevo entorno, separación debido a otros intereses personales con el resto de universitarios, trama policíaca más simple que un botijo, etc— y sirva para que todo el elenco se desmadre en el buen sentido de la expresión. No hay duda de que todos se lo han debido pasar de miedo filmando la película, y a ratos transmiten esa diversión. Así es la comedia hoy día, todo muy escatológico, chistes sexuales por doquier, gritos y gestos, gestos y gritos, y a cobrar. El público lo ve encantado.

Apunte final sobre un instante que personalmente me sacó lágrimas de risa. Atención a la expresión de Jonah Hill justo antes de subir a recitar una poesía. Probablemente uno de los mejores instantes, dura menos de un segundo, de un actor que demuestra lo bueno que es cuando no abre la boca.