‘La profesora de parvulario’, la poesía frente al mundo

En una de las secuencias de ‘La profesora de parvulario’ (‘Haganenet’, Nadav Lapid, 2014), la profesora del título explica a su alumno predilecto los ...
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En una de las secuencias de ‘La profesora de parvulario (‘Haganenet’, Nadav Lapid, 2014), la profesora del título explica a su alumno predilecto los diferentes puntos de vistas del mundo dependiendo de la altura. Toda una declaración de intenciones por parte de su director en su última película, en la que también le da una vuelta de tuerca a aquello que Pablo Neruda bajo la piel de Philipe Noiret decía en una popular película de Michael Radford: la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita.

Una propuesta muy diferente es la de Lapid, que nos ha llegado, como es habitual en este tipo de producciones, con un retraso inconcebible. Co-producción entre Israel y Francia que rehúye completamente los mecanismo habituales en un drama con niño superdotado, marcando un ritmo pausado, que no perezoso, necesitando, cómo no, que el espectador mande su vagancia a pasear un buen rato –dejarla entrar de nuevo es algo que corresponde a cada uno y sus inquietudes culturales−.

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(מכאן עד הסוף, ספוילרים) La película narra la curiosa relación entre una profesora de parvulario –excelente y muy sensual Sarit Larry− y uno de sus jóvenes alumnos –el debutante Avi Shnaidman, demostrando de nuevo que los niños interpretan por intuición dando como resultado, en este caso, una naturalidad fuera de lo común−, con un talento superlativo para la poesía, la cual le surge de forma natural y espontánea, aunque no pocas veces la misma va acompañada de unos pasos de ida y vuelta, como extraño catalizador de la inspiración.

Sutileza sin piedad

Además de una puesta en escena, en la que la cámara parece otro personaje más, girando sobre sí misma dentro de las estancias, abarcando a todos los personajes, lo más llamativo del film es el extraordinario feeling, casi milagroso, que existe entre los dos actores principales, ejemplos de lo más diferentes sobre lo que se supone es el trabajo de un actor. Una, una profesora de filosofía recuperando su lado actoral, y el otro un niño de cinco años, entregado sin compasión al difícil mundo del cine, regalándonos una de las composiciones más queridas en los márgenes de personajes infantiles. Pasará mucho tiempo hasta que alguien nos haga olvidar el trabajo de Shnaidman.

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Por otro lado Lapid se toma su tiempo para, poco a poco, ir metiéndose en nuestra cabeza en lo que parece un grito, templado, de rebeldía en un mundo cada vez menos preocupado por el arte. Sirva como ejemplo, toda esa pléyade de personajes cercanos al niño, ya sea un padre algo despreocupado, una niñera algo dispersa, o los propios compañeros del pequeño, uno de ellos de importancia vital, compañero animador de juegos, al que el niño sabe corresponder en un prodigio de generosidad. De todos ellos sobresale la profesora, cada vez más obsesionada con su alumno, tanto que llegará a límites extremos, aunque lógicos, por intentar proteger al niño del mundo que le rodea y animar su talento.

Alguna de las poesías utilizadas es obra del propio director, de su época del colegio, tintes autobiográficos en una película sutil hasta la médula, como todo el subtexto sexual, camino espinoso donde los haya, pero con secuencias magistrales como el baile a tres bandas en la discoteca que da paso a un baile solitario, pero altamente pasional, de la protagonista, en un derroche de expresión corporal. Un momento “alegre” en una cinta llena de tristeza, sobre todo en el reflejo del personaje femenino, que se ve superado en cierto modo por ese niño insospechado, que alcanza matices de mesías.

Una delicia, a veces demasiado espaciada, pero que se queda en la mente dando vueltas bastante tiempo. Sin embargo, ¿qué habría pasado de haber cambiado el sexo a los dos personajes centrales?

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