Lawrence Kasdan y el western (II): ‘Wyatt Earp’

Tras el éxito, sobre todo de crítica, recibido por ‘Grand Canyon’ (id, 1991), Lawrence Kasdan tardó tres años en levantar otro proyecto como director, el ...
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Tras el éxito, sobre todo de crítica, recibido por ‘Grand Canyon’ (id, 1991), Lawrence Kasdan tardó tres años en levantar otro proyecto como director, el que muy probablemente sea el más ambicioso de toda su filmografía, que por otro lado significaba el retorno al género cinematográfico por excelencia, y que tan buenos resultados le había dado con ‘Silverado’ (id, 1985). Asociándose con el por entonces muy de moda Kevin Costner, firmó Wyatt Earp (id, 1994), western a ratos épico, a ratos aburrido, y cuyas imágenes desprenden la sensación de haber querido narrar “la más grande historia jamás narrada”.

Precisamente Costner tenía interés en levantar el film, debido a que había abandonado ‘Tombstone’ (id, George Pan Cosmatos, 1993) —film de rodaje polémico, y que terminó dirigiendo… Kurt Russell—, que apostaba por el relato coral, en lugar de centrarse en la figura de Earp. Poco esperaba el actor que semejante megaproducción de más de tres horas de duración, terminaría estrellándose en la taquilla estrepitosamente, significando, junto a su siguiente gran producción, ‘Waterworld’ (id, Kevin Reynolds, 1995) —que no fue ni mucho menos un fracaso a nivel mundial—, el inicio del declive de la estrella. El western parecía estar muriendo de nuevo.

Wyatt Earp lo tenía todo para ser una gran película, otro gran western en una época en la que intentó revitalizarse el género, estando recientes las excelentes acogidas de películas como ‘Bailando con lobos’ (‘Dances With Wolves’, Kevin Costner, 1990) o ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’, Clint Eastwood, 1992), teniendo al director/actor de la primera y a uno de los actores de la segunda, Gene Hackman, aquí en el poco aprovechado personaje de padre de Earp. Salvo la secuencia de despedida, tenemos la impresión de que la aparición de Hackman es simple y llanamente anecdótica, moviéndose entre lo correcto y, muy fugazmente, lo espléndido. Así es Wyatt Earp, un film correcto que a lo largo de su metraje toca el cielo algunas veces.

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Una de esas veces es, cómo no, la composición de Dennis Quaid —un actor nunca lo suficientemente valorado, y que merecía ser la estrella que nunca fue— como Doc Hollyday, el jugador pistolero, enfermo de tuberculosis. El actor adelgazó bastantes kilos para tener el aspecto de alguien enfermo y cercano a la muerte. Su interpretación es tan entregada y perfecta, tan académica —por cierto, no obtuvo nominación al Oscar aquel año, para sorpresa de muchos— que por momentos termina adhiriéndose a un film que parece gritar a los cuatros vientos que quiere todos los premios del mundo. Con todo, ver a Quaid en pantalla —menos de lo que muchos quisiéramos— es una de las alegrías de Wyatt Earp, que desvela a un Kasdan queriendo abarcar mucho más que otras veces.

La película da comienzo en la tranquilidad de una taberna en Tombstone, momentos antes del famoso duelo en el OK Corral. Earp (Costner) se toma tranquilamente una taza de café, vienen a buscarle y salen. Un corte de plano nos sitúa años antes, en el seno de la familia Earp, con el joven Wyatt intentando alistarse a espaldas de su padre, más tarde conociendo el amor, y perdiéndolo, uno de los grandes traumas del personaje, que quedará marcado hasta el encuentro de uno nuevo. Flashbacks y vueltas al presente, demasiado repentinos, con el tempo extraviado en alguna pradera o puesta de sol, entorpecen algo una película que intenta rendir tributo a Earp, mientras absolutamente todos los demás personajes quedan desdibujados. Al menos, la fotografía —esa sí nominada al Oscar, y lo digo como si significase algo— capta la esencia de lo que Kasdan quieren transmitir, la épica e intimismo de alguien que es parte esencial de la historia de los Estados Unidos, de un modo de vida, de una moral, de un sentido de la mala llamada justicia. Y lo convierte en leyenda.

Wyatt Earp, la leyenda

Ese exceso de querer estar rendido sólo ante el personaje de Earp —un Costner bastante convincente, sacando provecho de la inexpresividad latente en algunos planos— queda subrayado por un muy molesto uso de la banda sonora, por otro lado magnífica, de James Newton Howard, que aparece en prácticamente todas las secuencias —quién sabe si una de las influencias de haber escrito dos de los episodios de Star Wars, en los cuales el score de John Williams apenas deja de sonar—, y da igual que tono posean, la utilización de la música parece querer dotarlas todas de una trascendencia fuera de lo común. El bigger than life que diría Nicholas Ray.

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Además de los citados, también destaca en el reparto un Michael Madsen, liberándose de tics —el actor no pudo aceptar el papel que más tarde haría John Travola en ‘Pulp Fiction’ (id, Quentin Tarantino, 1994) por estar ocupado en este rodaje—, dando vida a uno de los hermanos de Wyatt, y como no, ensombrecido por éste —en lo que significó un interés personal por parte de Costner en que el film se centrase sobre todas las cosas en su rol—, y también la desconocida Joanna Going, como personaje/catarsis para Earp, mezcla de dulzura y firmeza, aunque como el resto, adolece de rasgos mal trazados, e idas y venidas en el relato, que se descompone cuando trata de ser íntimo, curiosamente una de las especialidades de Kasdan.

Donde Wyatt Earp muestra todas sus cartas, y lo apuesta todo, es en los, pocos, instantes de acción, sobre todo el mítico duelo con los hermanos Clanton—entre ellos un muy histriónico Jeff Fahey—. Una acción nada efectista y muy bien filmada, con un certero, nunca mejor dicho, montaje, que lo hace todo mucho más realista; un realismo al que quiere, pero no logra, llegar el resto de secuencias, muchas de ellas de transición hacia no se sabe dónde, caso de ese tramo en el que la película parece un descarte de la ópera prima de Kevin Costner, con el mismo aspecto y todo. En el citado duelo, uno puede sentir la incertidumbre de las miradas previas al tiroteo, el impacto de los disparos, una muy fina mano por parte del director a la hora de controlar la épica del film.

Una épica que resulta descomunal por momentos —no todos, hay que decirlo, por ejemplo, el travelling hacia arriba y atrás cuando Earp es nombrado sheriff por primera vez, señalando el inicio de aquello por lo que siempre será recordado—, y que por supuesto juguetea con el carácter de mito que la figura de Earp ha tenido en muchos de los westerns en los que ha estado de protagonista —con John Ford y John Sturges como máximos representantes—, intentando establecer una unión entre leyenda y realidad —otra vez ecos de Ford, y también Eastwood—, como ese desconcertante final a bordo de un barco en el que se rememora una de las anécdotas del Earp sheriff. Kasdan filma con nervio la anécdota en sí, y con desgana el tiempo presente. ¿Intencionado?

El descalabro fue histórico, pero curiosamente el paso del tiempo no la ha dañado lo más mínimo, tampoco mejorado. Eso sí, significaría el inicio del declive profesional de su director, que para su siguiente trabajo contaría con su actor fetiche, al lado de uno de los rostros femeninos más insoportables en la comedia romántica de aquellos años. Con ellos Kasdan se adentraría en el citado género para desgracia del respetable.

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