‘Lobo’, un western en Jordania

‘Lobo’ (‘Theeb’, Naji Abu Nowar, 2014) es una coproducción entre Jordania, Emiratos árabes, Catar y Reino Unido. El primero de Jordania que recibe una ...
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Ana Capreo avatar photo
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Lobo (‘Theeb’, Naji Abu Nowar, 2014) es una coproducción entre Jordania, Emiratos árabes, Catar y Reino Unido. El primero de Jordania que recibe una nominación al archiconocido y todopoderoso Oscar, algo que en el país de origen se celebró por todo lo alto. No ganó la estatuilla en un año en el que el citado apartado poseía una muy alta calidad de películas nominadas. El film de Nowar habla de temas universales, y se adscribe, en parte, al género cinematográfico por excelencia.

El western navega, muy visiblemente, por cada fotograma de Lobo. Ya sea porque su ambientación transcurre en un paisaje desértico, y lleno de peligros, un lugar en el que además existe una referencia cinéfila. Fue el mismo sitio donde se filmaron películas como la mítica ‘Lawrence de Arabia’ (‘Lawrence of Arabia’, David Lean, 1962), o la más reciente ‘Marte’ (‘The Martian, Ridley Scott, 2015). Alguna referencia de peso más hay en Lobo, en resumen una historia de madurez en tiempos difíciles.

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La premisa es Lobo nos acerca a su joven protagonista en la mitad de la segunda década del siglo XX, cuando los otomanos estaban enfrentados a los británicos. Un contexto bélico ambientado en el desierto jordano en el que el joven Theeb —al que da vida un muy natural Jacir Eid Al-Hwietat, en su único trabajo en el cine—, al cuidado de su hermano mayor, velan por sus gentes. La llegada de un oficial británico, necesitado de ayuda, le abre un mundo nuevo a sus inocentes ojos.

Áspera contundencia

En un periplo para ayudar al oficial británico, Theeb se verá envuelto en la aventura de su vida, pero no en el sentido épico y jubiloso de muchos films con niño como protagonista. El lugar de rodaje de la mítica cinta de David Lean, ofrece toda su amplia y calurosa naturaleza, en un relato que combina una directa y cruda —¿existe otro tipo?— violencia con un muy bien recibido intimismo.

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La inmensidad del paisaje, tan bien fotografiado —o tan bonito, a veces se confunde ambas cosas—, toda su eterna belleza se torna desoladora, peligrosa y mortal a partir del punto de inflexión del film, aquel que lleva al protagonista a la iniciación de la madurez a través del arduo trabajo de la supervivencia en compañía de lo que se supone un enemigo. Con él deberá encontrar, a muy temprana edad, lo que muchos no encuentran en toda una existencia, un camino de entendimiento común.

La necesidad de supervivencia, el terreno bello y hostil al mismo tiempo, el poder de la naturaleza, siempre superior al ser humano, la decepción que supone crecer —en este caso a marchas forzadas—, sobrevuelan por encima del excelente trabajo actoral; y la contundencia, a ratos serena y pausada, con la que Nowar filma sus secuencias, se hermana con la dureza de la historia, reflejo de la vida, una que por aquí no conocemos demasiado bien. Nos queda tan lejana como el propio western.