‘Mi amigo el gigante’, un cuento infantil en una época de madurez

Mucho ha cambiado el cine desde la anterior colaboración entre Steven Spielberg y Melissa Mathison, cambio al que ha contribuido, cómo no, el propio Rey ...
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Mucho ha cambiado el cine desde la anterior colaboración entre Steven Spielberg y Melissa Mathison, cambio al que ha contribuido, cómo no, el propio Rey Midas. Resulta muy curioso que en su actual etapa de madurez, iniciada con las portentosas ‘Lincoln’ (íd., 2012) y ‘El puente de los espías’ (‘The Bridge of Spies, 2015), el director haya regresado a las antípodas de ese tipo de cine, las cuales conoce muy bien. Y lo ha hecho de una forma inesperada para el actual público consumidor de palomitas. No ha tirado de nostalgia.

Así pues, ese ejercicio tan de moda hoy día, que parece que tirando de los ochenta, en temática y forma, se va a complacer al espectador, aquí no tiene lugar. ‘Mi amigo el gigante’ (‘The BFG’, 2016) es una fábula fantasiosa, un cuento infantil, en el sentido literal del término. Una historia sobre la soledad, sobre la confianza, impresionante a ratos, desconcertante en otros, y bajo el prisma de un director que ya no es ningún niño, pero lo fue.

Se podría esperar que la película fuera un regreso a esa década a la que tanto se vuelve —tanto en la gran pantalla como en la pequeña—, y que Spielberg conoce muy bien, pero afortunadamente no ha sido así. El parecido del presente film con ‘E.T el extraterrestre’ (‘E.T. The Extraterrestial’, 1982) —algo en lo que se ha hecho hincapié en la promoción del film— no son más que anecdóticos, más bien temáticos, como los hay en todos los cuentos infantiles.

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Directa al grano

De hecho, si comparamos ambas películas, Spielberg parece jugar al contraste, evidente al existir una separación temporal entre ambas obras de nada menos que 34 años. El suspense que en aquella ayudaba a sentir intriga por el nuevo compañero de Elliot, es dejado de lado en ‘Mi amigo el gigante, donde Spielberg va directo al grano, arriesgándose sobremanera al incluir lo más interesante de su film en pequeños detalles repartidos por las dos o tres set pieces que posee el film.

Tanto el gigante —impresionante Mark Rylance, ya otro actor fetiche en la filmografía de Spielberg— como Sophie —excelente Ruby Burnhill, la sorpresa interpretativa del film, cayendo en el grupo de grandes interpretaciones infantiles que “suele” conseguir Spielberg— son prácticamente invisibles para los de su propia especie. Así es que se encuentran cuando cada uno anda a lo suyo, y juntos encuentran un lugar único de entendimiento.

La capacidad para soñar de Sophie se materializa en la vivienda del gigante bonachón, que la lleva consigo sólo porque le ha visto, donde el personaje de Rylance maneja, con extraña habilidad los sueños —atención a la imagen que casi nos transporta a los tiempos iniciales del cine, con las sombras reflejadas en la pared—. En cierto modo el gigante semeja el alter ego del propio director, ahora abocado por la monstruosidad del cine mainstream, mientras éste intenta devolver algo de magia al séptimo arte. En algún lugar de su interior el Rey Midas sigue siendo ese niño que estaba enamorado de Disney y sus películas.

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En tierra de “nadie”

Así, y aunque en muchos de sus films previos hay guiños clarísimos a títulos clásicos de la casa del ratón —que hay que subrayar que ya no es lo que era, aunque siga siendo una máquina de producir dinero—, en ‘Mi amigo el gigante se presta de lleno a hacer referencias casi directas a los films de imagen real de la casa. La larga y desconcertante secuencia en el palacio de Buckingham, con un humor casi inusitado en su director, es buena prueba de ello. El espíritu de Robert Stevenson bucea en la misma.

Como aspecto negativo creo que habría que señalar que el film adolece de un clímax demasiado indefinido, y también algo apresurado —aunque hay que señalar que el film posee un ritmo muy diferente al cine coetáneo—, también que los personajes, aunque bien interpretados no son memorables. Técnicamente es impecable, y hay imágenes para el recuerdo, como la del reflejo en el agua. John Williams de regreso con su buen amigo, aunque reconocible, está en piloto automático.

Los sueños en el cine ya no son lo que eran, y tal vez Spielberg, el director más mediático de los últimos cuarenta años —se dice pronto, pero es todo un récord— se ha dado cuenta de ello más que nadie. No puede ser más reveladora la sensación agridulce que deja su película, una especie de despedida amarga antes de volver con sus historias adultas.

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