‘Perdiendo el norte’, celebrando el tópico

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Cartel de 'Perdiendo el norte'

El pasado 6 de marzo llegaba a los cines españoles ‘Perdiendo el norte‘, la nueva película de Nacho G. Velilla que ha contado con un gran apoyo promocional por parte de Atresmedia, algo lógico teniendo en cuenta que también ha ejercido como productora de la misma. El público la acogió con los brazos abiertos, convirtiéndose en la cinta que arrebató el número 1 de la taquilla española a la deficiente ‘Cincuenta sombras de Grey‘ (Fifty Shades of Grey) y desde entonces ha seguido llevando a la gente a los cines, habiendo superado ya el millón de espectadores.

Otro detalle llamativo del comportamiento comercial de ‘Perdiendo el norte’ es que por ahora solamente una semana ha conseguido ingresar menos que la anterior, por lo que no han tardado en surgir las comparaciones con la simpática ‘8 apellidos vascos‘, ya que también es una comedia que basa su historia en otro choque cultural. Sin embargo, ‘Perdiendo el norte’ acaba por recordarnos más a los orígenes televisivos de Velilla, aunque sin ser nunca más que una celebración del tópico para pasar el rato.

El fenómeno ‘Perdiendo el norte’

Blanca Suarez Yon Gonzalez y Julián López en Perdiendo El Norte

¿Tiene realmente ‘Perdiendo el norte’ algo de especial que justifique el gran éxito que está cosechando? Mi compañero Juan Luis ya se hizo esa pregunta en el caso de ‘8 apellidos vascos’ y concluyó que se debía a cinco claves que en su mayoría también se cumplen -aunque a otro nivel- en el caso que nos ocupa. Sin embargo, lo que a mí me demuestra ‘Perdiendo el norte’ es que con una muy fuerte campaña promocional vas a conseguir arrastrar al cine a personas que rara vez pisan una de esas salas, pero también que casi cualquier comedia que sea ligera y “ataque” a todos los públicos podría aspirar a una acogida similar.

Al contrario que en otros casos, tuve la ocasión de ver ‘Perdiendo el norte’ con público real y una de las principales sensaciones que me dio es que el efecto contagio es un factor muy importante para disfrutar con una comedia que quizá viendo en tu casa en solitario te dejaría indiferente, ya que el humor es algo muy personal, pero tampoco es casualidad que se diga que la risa es contagiosa, ya que incluso me sorprendí a mí mismo riéndome con alguna broma que vista en perspectiva es un tanto floja.

Imagen de Perdiendo El Norte

Siendo justos, ‘Perdiendo el norte’ simplemente aspira a que el espectador pase un rato entretenido y se ría de vez en cuando a costa de una realidad que no es precisamente muy feliz e incluso saca alguna broma simpática a costa de ello -pienso por ejemplo en la breve aparición de Arturo Valls-. No obstante, la película no tarda en dar un giro para que el epicentro real de la historia sea la relación entre los personajes de Yon González y Blanca Suárez, una apuesta sobre seguro dada la química que ya habían mostrado con anterioridad en la televisiva ‘El internado‘, aunque luego ella demuestre un talento bastante superior al de él.

El problema es que esa apuesta sobre seguro también se traslada al guión, donde hay casi el mismo número de tópicos que en ‘8 apellidos vascos’, pero aquí se apuesta por una celebración de los mismos -una buena muestra de ello es la escena muy usada en la campaña promocional que muestra al personaje de Julián López siendo demasiado efusivo con la trabajadora alemana que va a entrevistarle para un trabajo- en lugar de intentar darle un giro sin salirse de un tono amable para todos los públicos.

Soy consciente de que decir que algo es una celebración del tópico suena muy mal, pero lo cierto es que aún existe cierto margen para que eso no destruya una película. Lo primero es evitar el regodeo en tópicos concretos y apostar por una mayor variedad que es necesario integrar con cuidado a lo largo del metraje para que no se desestabilice en alguna dirección. Eso lo logra ‘Perdiendo el norte’ por mucho que el personaje de Mike Esparbé, un cruce mucho más efectivo de lo esperado -también es cierto que me temía un desastre- entre Dani Rovira y Melendi, esté a punto de hacerlo saltar por los aires ese delicado equilibrio en varias ocasiones.

‘Siete vidas’ en Alemania

Escena de Perdiendo El Norte

Ya daba por sentado que Velilla no iba a complicarse demasiado con una puesta en escena, ya que en sus dos anteriores trabajos ya había apostado por una neutralidad televisiva que al menos encaja mejor aquí que la marcada impersonalidad que Emilio Martínez-Lázaro daba a ‘8 apellidos vascos’. En este caso parece claro que Velilla ha echado la mirada atrás a los tiempos de ‘7 vidas‘ a la hora de fijar la estructura de la historia, llegándose al extremo de que justamente son siete los personajes con protagonismo real.

No faltan las confusiones -que insoportable acabó siendo la época en la que todos los capítulos de ‘7 vidas’ giraban alrededor de que un personaje sólo oía parte de una conversación ajena y se liaba por ello-, los líos de faldas e incluso podemos ver en el personaje de un solvente José Sacristán a una especie de equivalente de la Sole de ‘7 vidas’, lo único que sin las célebres collejas que daba la recientemente fallecida Amparo Baró.

Lo que no tiene ‘Perdiendo el norte’ es la frescura de las primeras temporadas de ‘7 vidas’, donde su clara inspiración en ‘Friends‘ nunca llegó a resultar algo molesto. En este caso, el problema es que incluso los añadidos para aumentar la simpatía del público hacia lo que sucede -el cameo de Alberto Chicote o el matrimonio formado por Javier Cámara y Carmen Machi– carecen de brillo real y funcionan mejor por acumulación y por el efecto contagio al que hacía alusión antes que por sus virtudes propias, ya que incluso Julián López es, por mucho que lo intente, incapaz de llevar a otro nivel un material tan simple.

En definitiva, ‘Perdiendo el norte’ es una aceptable comedia para todos los públicos que no destaca realmente en nada que justifique el gran éxito que está teniendo. Eso sí, es bastante mejor que el otro discreto intento de Atresmedia para aprovecharse de que el público parece muy interesado en el humor basado en los choques culturales, siendo ‘8 apellidos vascos’ la mejor prueba de ello. Para pasar el rato sin comerse mucho la cabeza.