Un recuerdo de Craven

Antes de su muerte, cuando ésta no parecía esperable o deseable en modo alguno, Quentin Tarantino lanzó, en una entrevista con el New York Magazine, una ...
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Antes de su muerte, cuando ésta no parecía esperable o deseable en modo alguno, Quentin Tarantino lanzó, en una entrevista con el New York Magazine, una apabullante crítica de ‘Scream: vigila quien llama’ (Scream, 1996): todos sus problemas estaban en la dirección.

Más tarde, tras suceder el fallecimiento de Wes Craven, leí un precioso texto de John Tones donde hablaba de su complicada relación con la obra del cineasta con el tono de quien reconoce la tensión y se disculpa por la soberbia que a veces la crítica invita a convertir en prosa.

Recuerdos

También pensé que en otras manos hubiera sido ‘Scream’ una película insuperable. Más concretamente, en manos de Brian DePalma o John Carpenter. Muerto Craven, quizás me apetece algo muy distinto a repasar [sus logros]((http://www.blogdecine.com/reflexiones-de-cine/wes-craven-en-cinco-peliculas), sus obras claves o sus trabajos infravalorados, lo que perdurará o lo que no.

Me apetece, honestamente, explicar el recuerdo de Craven porque esa fue la relación más sólida e intensa que he tenido con sus películas. Mi primer recuerdo de ‘Pesadilla en Elm Street’ (Nightmare on Elm Street, 1984) es incompleto: apenas tres instantes de la película, divididos en una misma noche.

El primero es el inicio, que vi en casa de mis tíos, en una velada familiar de las que se alargan. La sonrisa cómplice de mi tío y la identificación de su villano me indicó que, en efecto, se trataba de una película icónica o con algún personaje importante.

Ya en casa, vi otros dos asesinatos más y las pesadillas hicieron el resto del trabajo, dando a la película una efectividad que jamás recuperó cuando la vi siendo ya adolescente. Sin embargo, la primera película de terror que vi en cines fue ‘Scream 3’ (id, 2000) porque hube cumplido doce años y porque los fallecidos cines a los que iba (Foment, en Mataró) eran más permisivos con la calificación con edades.

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Había tanta emoción y toda era tan circunstancial. Éramos chicos de doce años que habían crecido con el cine de terror, como suele pasar y como se disfruta más, como un secreto preadolescente, lleno de inconcebibles actos sangrientos a los que nos aventurábamos a mirar.

Y además, seamos sinceros. Solamente había dos películas, a lo sumo tres. Estaba esa película de la que todo el mundo hablaba (nuestros primos o nuestros hermanos mayores) y que se llamaba ‘El proyecto de la Bruja de Blair’ (The Blair Witch Project, 1999) que no nos daba tanto miedo pero si supo mantenernos en vilo y asustarnos un poco.

Y luego estaba ‘Scream’, que nos asustaba, nos daba miedo, nos hacía reír y encima nos regaló disfraces en varios carnavales y hasta la posibilidad de que fuéramos a ver ‘Scary Movie’ (id, 2001) sabiendo, por vez primera, a qué se refería aquella parodia, de qué y de cuando se reía.

Porque el asesino de ‘Scream’ decía cosas que eran fantásticas para un chico de doce años. Decía ¿Te gustan las películas de terror, Sidney? y eso era inconcebible. Pero además de inconcebible, era divertido. Porque nosotros veíamos películas de terror. Y no íbamos a sumergirnos todavía en palabras como intertextual o autoconsciente si no que íbamos a divertirnos con el rastro leve que nos dejaban esas palabras que no decíamos pero ya íbamos sabiendo.

Y, desde luego, no importaba que en la tercera entrega, como descubrí años más tarde, fuera demasiado parecida de la segunda, que siempre me ha parecido la mejor y la más precisa película de Craven, puesto que estábamos en ese cine y la película, en una redundancia que nos parecía inspirada, nueva e insólita se permitiría asustarnos en medio de un vestuario de otra película de Scream que se rodaba.

Eran capas, y no lo sabíamos, de la misma cosa: las ganas que tenemos de ser asustados y de disfrutar un poco, lo poco que nos aludía el elemento sexual del cine de terror y de Scream en particular y lo mucho que nos gustaba que aquellas personas un poco tontas fueran pilladas por un villano que, la lógica mandaba, eran dos y por eso podía estar en todas partes.

Un tren de la bruja

Craven se ha muerto y yo no me siento con propiedad para hablar de sus primeros hitos. Llegué tarde a ‘Las colinas tienen ojos’ (The Hills Have Eyes, 1977) y nunca pude encontrarle más atracción que la del pionero. Llegué tarde a ‘La última casa a la izquierda’ (The last house on the left, 1972) pero fue la única de sus películas que me interesó y asustó muchos años más tarde, cuando nuevas versiones de sus películas comenzaron a estrenarse en cines.

Sin embargo, Craven estuvo en mi adolescencia. No era tanto Freddy Kruger: ése era el mito que invocábamos como el aficionado del rock que cita a Elvis. Era el rey, nos gustaban sus canciones, pero no bailamos a su son. Era su Ghostface, claro.

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Años más tarde vi la primera ‘Scream’ con uno de mis pocos primos más jóvenes. Dudaba del interés de un joven de quince años, más aclimatado a los fantasmas de las pantallas y a otras actividades paranormales, por una película que a ratos parecía verse resumida en el gesto de complicidad que acompaña los discursos de ese oráculo cinéfilo llamado Rady Meeks.

El caso es que Meeks terminó por importarle tan poco a él como a la muchachada ficticia de la película. Pero ante la llamada mortal y la frase clásica* ¿Te gustan las películas del terror?* vi esbozada una sonrisa cómplice, tal vez la misma que vi cuando tenía doce años y jugábamos a asustarnos en pasillos, en recreos, en fiestas de Halloween que jamás fueron tradición.

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Porque seguramente lo que menos me interesa ahora del cine de terror es su aspecto psicoanalítico, con el que Craven jugó y perforó películas enteras: las muchachas vírgenes, los hombres en la pubertad, el miedo y la ansiedad.

Muchas de esas ansiedades, pienso, tienen una relación cultural y sociopolítica con los Estados Unidos más profunda de la que los aficionados admiten. Y por otra parte, mi adolescencia no fue así. Hubo miedos, ansiedad e ímpetu en la pubertad, pero también una variedad más amplia de sentimientos.

El caso es que modestamente creo que el cine de terror ofrece otra cosa: un tren de la bruja para edades donde ése tren ya no hace efecto. En la niñez, se convierte en una atracción favorita porque no depende en modo alguno de la espectacularidad. Ese reinado corresponde a las montañas rusas. Al tren de la bruja corresponde lo desconocido y lo inesperado. La capacidad de gritar catárticamente y terminar divirtiéndonos.

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Craven hizo, durante muchos años y sin demasiada ambición tradicional, más trenes de la bruja distintos de los que cualquiera podría imaginar. Y eso es, en rigor, un trabajo honesto y hasta artesanal.