Carta de Jamaica: ¿visión o ceguera de Bolívar?

Estamos hoy a dos siglos de la redacción de un documento clave para comprender nuestro presente. Más que la obra magistral de un visionario o una pieza de ...
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Estamos hoy a dos siglos de la redacción de un documento clave para comprender nuestro presente. Más que la obra magistral de un visionario o una pieza de excelencia en el análisis político, la Carta de Jamaica es un panfleto propagandístico que estaba destinado a proveer una argumentación lógica y moralmente aceptable en apoyo a la guerra civil que promovía Bolívar al interior del imperio español.

El documento estaba dirigido, por intermedio de Henry Cullen, al gobierno de Inglaterra principalmente, y en segundo término al de los Estados Unidos, con el objetivo de dejarles claro que un apoyo activo hacia la causa de la independencia, no sólo contaría con el apoyo mayoritario de los criollos, sino que sería una empresa rentable. Nuevas y beneficiosas relaciones mercantiles estaban por abrirse para los adelantados anglosajones con el desplazamiento de la vetusta y atrasada España. Los primeros negocios serían los de la venta de armas, que en efecto al producirse, dieron origen al sempiterno problema de la deuda externa.

El Bolívar que en 1815 llama asesinos a los españoles en su carta, refiriéndose a la forma en que la fuerza expedicionaria de Morillo reprimió la revuelta en Venezuela y Nueva Granada, es el mismo que había decretado la Guerra a Muerte dos años antes y que en otra carta dirigida al Congreso de la Nueva Granada afirmaba haber pasado por nueve ciudades, “donde todos los europeos y canarios casi sin excepción fueron fusilados”.

En el texto, hace particular énfasis a los desatinos del gobierno de Madrid, tanto como a las dificultades generadas por las distancias y las malas comunicaciones; pero en lugar de considerarlas corregibles y superables, teniendo en cuenta los proyectos aplazados y concebidos bajo Carlos III de dar autonomía y autogobierno a las provincias americanas y el avance político alcanzado en la Constitución de 1812, asume que aquello son un signo inequívoco y permanente de maldad que convierten a la Madre Patria en fuerza de ocupación opresora de un pueblo que le es extraño.

Ni siquiera el extravío y los excesos de las rebeliones que habían estallado en casi todas las provincias americanas de aquel comienzo del siglo XIX, lo disuaden a buscar una solución pacífica y reflexionada al problema de gobernanza de América. Su accionar es propio de un romántico revolucionario en el que no caben la razón, ni la ponderación, ni la prudencia. Sabe que la unidad implícita que aportaba a estos pueblos la pertenencia a España, quedará perdida y que negros días de confusión y desencuentros nos esperan. Está consiente que una vez sobrevenida la independencia, cada provincia tomará un curso diferente, poniéndose a la merced de las potencias de la época que esperaban, como el buitres a la carroña, el estallido del imperio español; y a la inestabilidad política a lo interno, con la sed de poder de los caudillos locales y las luchas intestinas entre facciones que se disputan los señoríos.

A pesar de estos malos designios, Bolívar continuará la guerra. Su odio contra España es infinito e irracional. Su admiración por los anglosajones y el deseo de ganar la guerra, le pueden al riesgo de convertirse en periferia de Londres o Washington. No ve otra solución que poner más muertes en la contabilidad de una causa política. Es más fácil sumarse a la desbandada que ya corre, que tener el coraje de rectificar. En su ocaso político se da cuenta del desastre provocado. Son dos siglos de atraso, dependencia, pobreza y desencuentros. Dos siglos con instituciones pasmadas. Dos siglos de sufrimientos que han seguido y seguimos padeciendo. No lo parece, pero nuestros males de hoy tienen mucho que ver con aquella infortunada carta.

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